Un boleto a la nostalgia.

Los trayectos en micro siempre dieron tela para cortar. Desde canciones hasta telenovelas, muchas historias se contaron con ese ámbito como escenario. “Un mundo de veinte asientos” es el título de una telenovela de hace muchos años, cuando los colectivos eran más chicos y no tenían sectores destinados a personas con movilidad reducida, ni aire acondicionado ni escalones dentro del vehículo, más allá de la escalerita para subir o bajar. En esa época nadie necesitaba averiguar cuánto era el “bajo cero” permitido por la tarjeta SUBE, ni preguntaba si se podía acreditar la carga en el lector del micro. Eran tiempos en que los boletos eran de colores distintos, según la distancia que el pasajero tuviera que recorrer. Se desplegaban en una “boletera” donde se colocaban los rollos que, prolijamente, el chofer iba cortando de a uno. Lo más interesante era que traían un número de cinco cifras que servían para pasar los primeros minutos del viaje entretenido. Lo primero era ver si te había tocado capicúa, eso ya era signo de que iba a ser un día de suerte. Si subían dos o tres personas juntas y uno había sacado el boleto para todos, era importante saber el orden en que habían ingresado para identificar de quién era efectivamente el boleto capicúa. Además, significaba cosas diferentes según quien fuera el que viajaba. Para alguien podía ser una señal para jugar el número a la quiniela, al derecho y al revés; para otra persona, podía usarse para sumar las cifras y, luego ver a cuál de las veintiocho letras del abecedario correspondía ese número. Ésa, era la inicial del chico que estaba pensando en vos en ese momento. Por ejemplo si sumaba 7 y te gustaba un chico que se llamaba Fabián, decías el abecedario contando la letra CH, así te salía la F, si en cambio, te morías por un Gustavo, la CH ya se podía considerar obsoleta y seguías el resto del viaje con una sonrisa esperando cruzarte con ese chico que te pensaba al entrar al colegio.

Llegar a la parada y que venga el colectivo enseguida es una gloria atemporal, te ponía de buen humor antes y te sigue haciendo feliz ahora. La diferencia es que ahora podemos hacer trampa y consultar el MendoTran o el Tu Bondi o el Cuándo subo o la aplicación que se use en el sitio donde vivimos y viajamos.

Hace unos pocos días, un compañero de trabajo llegó contento porque había descubierto que si pagaba el viaje con una billetera virtual, le reintegraban el valor, en definitiva, podía viajar gratis unas cuantas veces:

-¡Es facilísimo! Te muestro en mi teléfono, vos ponés “pagar viaje con QR”, le avisás al colectivero y listo, te reintegran inmediatamente. Estaba emocionado, sobre todo, de poder manejar esa tecnología. Y siguió diciendo:

-Además, justo que estoy subiendo, veo que una señora se pegó un porrazo en un escalón que no vio, y eso que estaba el cartel “cuidado escalón”. Lo que me ahorré del boleto lo voy a jugar al 56, la caída. ¡A lo mejor termino ganando más!