“El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”, decía Cervantes. En Mendoza, hay mucho por andar y por leer. Excelentes cuentos, poemas, novelas, ensayos y crónicas han surgido en esta tierra. Magníficos autores, algunos reconocidos en todo el país y en el mundo. Antonio Di Benedetto, Rodolfo Braceli, Liliana Bodoc, Armando Tejada GómezJuan Draghi LuceroAlfonso Solá GonzálezPatricia Rodón, Jorge E. RamponiAlfredo Bufano, Cecilia Pavón –entre otros tantos– han edificado un sólido camino literario en esta región.

Como lectores, tenemos muchos mundos por descubrir. Autores todavía inéditos y desconocidos tienen quizás pocos espacios de difusión para sus textos. Sus historias están allí, esperando encontrarse con los lectores. Por eso, invitamos a leer algunos de los relatos escritos por nuestra gente, escritos que son espejo de nuestra realidad cotidiana y nuestra particular identidad.

En este cuento mendocino, la ficción provee la justicia que, como lectores, tanto esperamos y, de ese modo, nos alienta a no bajar los brazos ni permanecer indiferentes frente a la brutal realidad de la trata y la explotación sexual.

El relato se publicó en el volumen Los niños rotos, segundo premio en el concurso San Juan Escribe (2018), para escritores de todo Cuyo.

Sobre la autora

Fernanda Rodríguez Briz nació en Buenos Aires. Es egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes y bibliotecaria universitaria. Vive en Mendoza desde el 2012. Escribe ficción (cuentos, microrrelatos, poesía, dramaturgia, literatura infantil y juvenil). Ha coordinado talleres de escritura para adultos y niños. Sus cuentos han obtenido premios en el ámbito local y nacional y forman parte de diferentes antologías. Su libro “De las cosas que pasan” obtuvo el Primer Premio en el Certamen Literario Vendimia, (2017) . En el 2018 publicó “Adán, Eva, la serpiente y el jefe” y, ese mismo año, su libro “Los niños rotos” obtuvo el segundo premio en el concurso Jorge Leonidas Escudero, de San Juan, para escritores de las tres provincias de Cuyo.

No dejes de leer

Ciclo Pan: noche de aniversarios literarios y lecturas en la Alianza

Un nuevo encuentro del ciclo mensual Pan se concretará este viernes, a las 19, en el teatro de la Alianza Francesa (Chile 1754, Ciudad), con entrada libre y gratuita y micrófono abierto. En esta ocasión, leerán Daniel Boromei, Sabrina Vallone, Lucas Simó, Daniela Bastías,…

“Yegua rubia”

El Bar del pueblo tenía de Bar el cartelito nomás. El Maestro entró y enfiló hacia el fondo. Desde las mesas lo saludaron sorprendidos dos que jugaban a las cartas; él apenas los miró. Estaba fuera de lugar y disimulaba sacando pecho, la frente en alto.

Llegó hasta la mesa de billar, la puertita gris con la palabra “Banio” escrita en marcador verde y la escalerita por donde se llegaba hasta las chicas. En la mesa de billar encontró lo que buscaba: el tipo de jogging y pantuflas estaba inclinado, un brazo acompañando el taco y tres bolas todavía por jugar. Alguien lo codeó y le susurró algo, él levantó la vista y lo repitió con acento agardelado:

―Ah, pero mirá quién vino.

Los que estaban cerca se fueron. El Maestro tomó uno de los tacos que había quedado sobre la mesa y lo mantuvo sobre su pecho.

―No, si no le voy a hacer nada, no sea desconfiado. ¿Quiere una chica? ¡Gloria, atendé al Maestro que parece que hoy quiere monta! ―gritó y rió un buen rato.

Gloria se asomó pero apenas verlo volvió a cerrar, ¡si el Maestro nunca había subido con las chicas!

―Sí, usted sabe que sí, que quiero una, por eso vengo.

―Ah ―se rió el del billar― o sea que usted es normal.

―Creo que no me he hecho entender, quiero que me liberes a la que te llevaste el lunes.

―¿Liberar? Pero por favor, si acá nadie está preso, Maestro ―lo miró fijo―. ¿A cuál?

―Vos ya sabes a cuál. A la familia te la cargaste, te tienen miedo. ¿No te da vergüenza, amenazar a dos viejas y al retardado del hermano?

―Ah, la Yegua rubia, justo esa querés, la que más me factura. No te andás con chiquitas, vos, Maestro.

― Tiene 12 años, hijo de puta. 12 años, es alumna mía. Daniela, se llama.

―Acá nadie se llama si yo no la llamo, acá es la Yegua rubia. Y si la familia no la reclama, qué te metés vos.

―Para eso me tienen a mí, para que la reclame. Dame a la Daniela y quedamos a mano.

―¿A mano, le parece, usted qué me da? ¿Clases? Ja, me hace reír.

―Si me la das… mmm… te doy las gracias.

―Ja ja, que generoso. ¿Y si no se la doy?

―Un tiro acá donde se juntan los ojitos.

―Uhhh, ¿ah, sí?, qué miedo. No me haga reír, Maestro, si usted es medio amariconado, disculpe que le hable así, ¡qué me va a pegar un tiro!

―No, yo no, válgame Dios, yo no me animaría. ¡No, yo no, ni loco!

―¿Entonces?

―Tal vez me expresé mal: quise decir, un tiro donde se le juntan los ojitos… al nene tuyo, al más chiquito. Dale, mandale a Gloria a que me haga bajar ya a la piba.

―¿Qué, mi nene, cómo? ¿Cómo que a mi nene? ¿Dón…?

―Tranquilo, está con el hermano de la Daniela, el descerebradito, el Palito que le dicen, ese te lo está cuidando ahora mismo. El chico ese nunca puede ir preso, te das cuenta, pobrecito, si no sabe lo que hace. Por eso lo elegí.

―No, este, a ver… pare la mano, Maestro, ¿cómo…?

―El Palito no entiende lo que se le habla, por eso tuve que explicárselo muchas veces, si por algo soy maestro, porque me sobra la paciencia. Desde el lunes que se lo estoy explicando, lo estuvimos ensayando mucho: le puse una alarma en el despertador, cuando él la escuche sabe que tiene que agarrar la pistola y pegarle un tiro justo acá al nene tuyo. Si a las siete no vuelvo con la Daniela, ahí suena la alarma y bang, justito acá, pobre Franquito.

―¡Gloria, Gloria! Bajame ya a la rubia.

―¡Epa, qué tanto apuro, vos! ―se asomó la vieja.

―Uy, siete menos cuarto, no sé si llego, perdiste mucho tiempo.

―¡Ya, Gloria, ya, que baje la rubia!

―… o tal vez yo fui el que perdió mucho tiempo explicando, perdóname Rubén.

―No me entendés, pelotuda, que baje ya la ru…

―¡Ahí la tenés, carajo!

―Gracias, Rubén, un gusto hacer tratos con vos. Te dije que te iba a dar las gracias, ¿o no? Quedate acá que ya te hago el cambiazo y te traigo a tu nene. Si te movés, bueno, no… no te lo traigo nada, haceme caso.

El Maestro sonreía de costado ya con Daniela del brazo. Sabía que sus días estaban
contados, pero hoy, al menos, había ganado una batalla. Caminaron despacio, cuando llegaron a la casa el hermano descerebrado dormía, como siempre. Y el bebé de Rubén, quién sabe, estaría de lo más bien, como cualquier otro bebé, en su cuna, tapadito, allá en su casa.