La literatura mendocina se nutre de nuestra historia, nuestras costumbres y nuestra memoria como comunidad. Conocerla y recorrerla es emprender un proceso de revelación sorprendente, que lleva a profundizar en la propia identidad cultural.

Periódicamente los relatos compartidos tienen el objetivo de divulgar la labor de los autores locales y, simultáneamente, fortalecer a través de la lectura nuestros lazos comunitarios.

En esta ocasión, este cuento mendocino acerca una historia legendaria. El relato de Bettina Ballarini, como ella misma apunta en una nota que lo acompaña, es una adaptación de una tradición oral de Lavalle, uno de los sitios del pueblo originario de los huarpes, quienes desaparecieron como grupo étnico distintivo a mediados del siglo XVIII. Entre las causas de su desaparición, se cuenta su falta de inmunidad contra las enfermedades traídas de Europa por los colonizadores de América y el sistema de encomiendas impuesto por ellos, que consistía en enviarlos de Mendoza y San Juan (Cuyo) a trabajar a Chile. Allí sufrieron malos tratos que causaron una importante mortandad.

Las Lagunas del Huanacache, humedal en torno del que habitaba el grupo más importante de los huarpes, sufrió la desertización por distintos factores ambientales y de depredación humana.

“La Teresa Gonzáles” es un relato inédito, cuyo núcleo narrativo fue recopilado por la autora junto con otras tradiciones orales en el secano lavallino. Varias de ellas fueron publicadas en su libro Los ojos del desierto.

Sobre la autora

Bettina Ballarini nació en Godoy Cruz. Es profesora y licenciada en Letras. Se especializó en Buenos Aires, Argentina, y en Valencia, España, en Guion y Producción Audiovisual. Desde 1984 es docente e investigadora de la Universidad Nacional de Cuyo en la Facultad de Filosofía y Letras. En 1990 fue una de las fundadoras de la Escuela Regional Cuyo de Cine y Video (Provincia de Mendoza, Argentina), donde también ejerció como docente de Guión y Directora, desde 1990 y hasta 1997 inclusive. También desde 1990 y hasta 2018, ejerció en la docencia y en la gestión del Nivel Superior de la Provincia de Mendoza. Fundó y dirige en la Facultad de Filosofía y Letras (UNCuyo) la Cátedra Libre “María Luisa Bemberg”.

Creó y dirige el sello Jagüel Editores de Mendoza, dedicado a la divulgación de autores locales en todas sus vertientes (ficción y no ficción) y en diversos soportes.

Ha publicado entre el 2000 y el 2024 los libros de poemas Espacios que los pájaros pierden, Sin fundación mítica, La cantina del alba, Bananaspleen, Lejos de Lisboa y unas canciones más, El libro de Juana, En casa; variaciones sobre la misma pandemia y Mi pie posible. Su obra forma parte de varias antologías.

Para niños y jóvenes publicó las ficciones El príncipe Narancho y el misterio de las nueces; El Conde Polán, la anciana Meli y el roble; De dónde vino la Sol Pol; El tiempo de la chicharra y Los ojos del desierto (colección de relatos sobre tradiciones orales mendocinas).

La Teresa Gonzáles

En aquel cuerpo vasto, de brazos largos, nervudos, y manos anchas, en esa tez oscura acentuada de color a tierra y manchas de arena, en esa pollera de percal atada como chiripá para poder montar a horcajadas, era difícil reconocer a una mujer, aun cuando pudiera llegar a vestirse con brocato de seda traído del mismísimo Bizancio. Aun cuando era muy diestra en el bordado de flores sobre las mantas de telar y en preparar sabrosos guisados.

Del origen se conocía que su madre murió en el parto y que la habían acogido dos tías solteronas que asistieron el alumbramiento; quienes, de inmediato la vistieron y por indicación del cura que frecuentaba esos arenales “alejados de la mano de Dios”, la hicieron bautizar a los tres días, en cuanto consiguieron dos padrinos cristianos. La llamaron Teresa, como la Santa, para ahuyentar de su sangre huarpe cualquier mala influencia del demonio, que tan dado era a poseer con perversidades los cuerpos de los indios. Y así quedaron tranquilas, porque le destinaron un alma.

Las viejas dijeron que del padre no tenían noticia, por lo que el apellido vino a ser el del que hacía como más de dos centenas de años había recibido la Merced Real de administrar la encomienda y los indíos de allí adentro, don Sebastián Sepúlveda y Gonzáles.

Iá hace vario tiempo que nos ha quedao el Gonzáles –glosaron las tías.

Sin embargo, más de uno sospechaba la identidad del padre aunque la guardaban en el silencio del anonimato o de los cuchicheos. Es que generación tras generación venían acarreando el miedo de ser indios con nombres y apellidos laguneros reclutados a la fuerza para trabajos inhumanos en las minas de cobre de Chile o de vanguardia para el libertador Cruce de los Andes.

Vivían las tres mujeres en una quincha levantada en el medio de unos bordos próximos a la Estación de “El Alpero”. Ni siquiera el silbato del tren a San Juan, que se oía vigoroso, las tentaba a ir más allá. Llevaban una vida bastante solitaria, interrumpida por algún comprador de chivos o de cueros o de tejidos de telar que se los permutaba por harina o por yerba. De tanto en tanto participaban de la Fiesta a la Virgen del Rosario en las Lagunas. Sacaban muy poco a la niña, casi nada; muy de vez en cuando si iban a un encuentro social o religioso, que por aquellos lugares, desde antaño y sobre todo a partir del arribo de “los padrecitos”, eran lo mismo.

Algunas noches, embozado por la oscuridad, y con la compañía de otros dos jinetes, llegaba hasta el puesto un hombre enjuto pero fuerte y de barba desprolija, larga, en forma casi de triángulo invertido desde el mentón. Se iba apenas clareaba, no sin antes haberle dado una vuelta sobre la cruz del caballo a la Teresita y enseñarle una y otra vez el manejo de las riendas y el freno, aunque aún no alcanzara los estribos.

Una de esas veces, le llevó de regalo una chuna de las que se usaban para segar el trigo en las Lagunas, y con las que, muy afiladas y empuñadas con fuerza, se podía abrir picadas entre los arbustos bajos, achaparrados y de espinas agudas, que crecen en el desierto. O defenderse.

La niña, de unos diez años entonces, se volvió habilosa en cortar en el aire las vainas de algarroba que sus viejas tías molían y amasaban para el patay. Ella solía cargar algunas tortas en su morral, cuando pasaba más de un día rastreando los chivos que a la oración no habían vuelto a guardarse. En la faja de telar con que ceñía el vestido de percal descolorido por el sol y la fregada del lavado con cenizas de jume, colgaba cruzada la chuna.

Su condición natural de rastreadora pronto empezó a exceder el hallazgo de los chivos perdidos. Los bordos que rodeaban la quincha eran tan áridos como flexibles. El viento rasante y tesonero borraba cualquier huella en cuestión de segundos. Las cascabeles andaban por ahí y se comían hábilmente por dentro los huevos de las gallinas que abundantes y sueltas y cloqueando pululaban entre el caserío. Incluso, una muchacha recién parida, de un puesto vecino unos tres kilómetros al este, juraba –después de haber hecho tres veces consecutivas la señal de la cruz para indicar que no mentía y espantar cualquier amenaza del demonio-, que en la madrugada despertó sobresaltada por el llanto del niño y que una víbora de ésas le chupaba del pezón la leche materna, mientras ponía la punta de su cola en la boca del recién nacido.

Las cascabeles, lampalaguas y alguna víbora cruz dejaban su huella ondulante en la pendiente de los bordos o en los ramblones, pero el viento al fin siempre limpiaba el rastro. Y ellas se ocultaban entre el monte o en las cuevas de los cuises que eran su alimento favorito. Uno las veía de sorpresa y, a menudo, tarde.

Teresina, como tomaron la costumbre de llamarla las tías por remedo de un cura misionero italiano que se instaló por allí, ocasionalmente escuchaba silente las historias de los eventuales compradores en el puesto. Así supo lo de la víbora y la madre primeriza.

Tendría unos trece años entonces. No mucho más tarde de enterarse del episodio, estuvo tres días sin volver a la casa. De alguna manera, las viejas sabían que regularmente volvía; sin embargo, empezaron a preocuparse la tercera noche, que coincidió con una de las visitas del jinete enjuto y sus dos guardianes. Ni bien arribados, les dieron la novedad. Montaron a campo traviesa hasta que la encontraron dormida bajo un chañar sobre el jergón que usaba en el recado. Una pequeña fogata encendida le hacía resplandor en el rostro donde ya empezaba a crecer incipiente el vello debajo del poncho desliado que se había enroscado como rebozo. Por allí mismo descansaban el caballo tomado sin permiso del puesto y su perro flaco y largo como un galgo. Clavadas en las espinas del chañar, cinco serpientes descabezadas con la chuna.

Fue también por esos días que las viejas la comenzaron a ver más inquieta que de costumbre. La aguaitaban mientras daba vueltas el corral de las pocas ovejas que conservaban para la lana del telar. La vieron conducir hacia el campo a una de las pacas. Y hasta allá la siguió la mayor de las viejas arrastrando sus pies en desgracia por la avanzada artritis. Portaba el chicote de ramal más duro. La descubrió en un bosquecito de algarrobos espesos. Forzaba al inocente animal. La tía hizo chasquear el chicote sobre su miembro y todo su cuerpo con tanta furia y angustia que la sangre le fluyó en hilos más y más profusos. La Teresa no lloró ni la miró.

–¿Acaso no ti himo dicho que hai de escuender lo qui tení entre lah pierna? Te han de ievar loh cristiano o el demonio. ¡Pa’ eso tení lah mano!

Entre la una y las dos de la madrugada, cuando “anda la Madre de Dios” las tías la tendieron de espaldas y sin ropa contra el piso de la ramada. A la luz de la luna llena, trataron de sacarle el demonio del cuerpo. Mientras una le frotaba ramas de olivo bendito por toda la piel y decía frases en una lengua que no era español, la otra le jalaba el pelo hacia atrás y a la par del grito de su nombre de Teresa, le gritaba al Innombrable que se fuera de ese alma.

Con los años se convirtió en una rastreadora de fama trascendente. Le pedían que buscara tanto animales como personas. Encontró un semental perdido que se había tragado una chupadera del arenal. Después, un mentado bandido y caudillo de indios, que desde hacía mucho tiempo rastreaba la policía por aquellos eriales sin encontrarlo. Cuando reconoció bajo la mugre de las heridas y la sed al jinete enjuto de las madrugadas, le dio agua de su bota, le lavó un poco las heridas, le hizo emplastos con yuyos que restañaran la sangre, le señaló el camino por donde escabullirse de otros rastreadores y le entregó su chuna. Sin palabras de ninguno de los dos. Al cabo de unos días vino a enterarse de que aquél era Santos Guallama.

Aprendió a domar potros, pialar, trenzar con finos tientos cortados a cuchillo lazos, pretales, bozales, maneas… pero nunca supo escribir o leer ni su nombre ni hablar de corrido más de dos o tres frases. Cada vez más parca, sombría. La charla afable y la educación con institutrices se había reservado para las señoritas de sociedad de allá arriba, de donde se cultivan los viñedos en Mendoza. Solo le enseñaron a memorizar el catecismo y las oraciones. Y lo que mejor aprendió, lo aprendió observando el detalle de la naturaleza ríspida, montaraz, que la había visto crecer y de la que nunca salió. Aunque cierto es que el arte del caballo se lo había enseñado el mismo Santos Guallama.

Cuando la muerte vino a buscar a la última de sus tías, la menor y más retraída, la vieja la llamó junto a su camastro de mantas apiladas sobre el piso pelado y arenoso. Las palabras se le caían chiflando susurros entre los huecos de los dientes ausentes. Le dijo lo que no le había dicho durante sus veinticinco años de vida.

Tenís qui sabé qui has de seguí ocultando lo qui llevá entre lah pierna, sempre. Iá se perdieron mucho hombre en la ferocidad de loh que iegaron de ajuera. Noh dejaron el guadal seco y noh cambiaron lo que creíamo por su cruz y su palabra. Pero su Dios también noh perdonó a nohotro. Eioh no. Su Dios loh perdone y te cuide de ser hombre nacido de la simiente perseguida de Guallama. El Santo Guallama, tu padre, ha sido muerto acribillao hace día por la polecía de San Juan.

Mientras murmuraba el Padre Nuestro, Teresa Gonzáles colgó botellas con agua en la cruz de la tumba de su tía, que había cavado a punta de pala en la arena. Era la costumbre para que los muertos del desierto no sufrieran de más sed. Las botellas sonaron armónicas como xilofón del tesonero viento que borra todas las huellas. Luego, dejó unos claveles tramados con papel crepé en un florero improvisado con otro botellón. Cada Día de los Muertos volvió a cambiarlos, porque el sol tajante desangraba su color. Pero la había sepultado cara arriba y con la cabeza hacia el oeste, hacia la montaña, donde habita Hunuc Huar, el dios de los huarpes, que le daría una mano y guiaría en el otro lado.

Tomó para la crianza un guacho que alguna joven madre de familia de la ciudad había abandonado en los guadales.

Nunca dejó de vestirse de mujer.

Glosario

  • La encomienda fue una institución española en la colonización de Hispanoamérica. Consistía en la entrega de un grupo de indígenas a un español, para que éste los protegiera, educara y evangelizara; si bien, en la realidad, la encomienda sirvió para la explotación del trabajo indígena.
  • La quincha es una vivienda construida con arbustos autóctonos en el secano cuyano.
  • En el interior de Cuyo, el bordo o “alto” es una elevación de arena que habitualmente se denomina como duna.
  • La Estación de “El Alpero” es una antigua estación de trenes del Ferrocarril Belgrano, que cruzaba el territorio desertizado del noreste y unía Mendoza con San Juan. Aún puede verse, cercana al pueblo de San José, Lavalle, Mendoza.
  • Las nombradas Lagunas son las Lagunas del Rosario, pertenecientes a lo que fue el humedal de las Lagunas de Huanacache, ubicado entre el noreste de Mendoza, sur de San Juan y noroeste de San Luis. Fue uno de los asentamientos primigenios de la cultura huarpe. Hoy territorio desertizado. A sus habitantes se los llamaba y se los llama “los laguneros”, en su mayoría huarpes del grupo milcayac. Hasta los primeros años del siglo XX, y a partir de la influencia del colonizador español, en las Lagunas de Huanacache se sembraba trigo. La siembra y siega finalizaron, entre otras causas, por la desertización de la zona, provocada por factores climáticos y depredación ambiental humana.
  • El puesto es una unidad productiva, generalmente de ganado menor, caprino o bovino, en el secano cuyano. Allí se instala la vivienda o quincha.
  • La chuna es una hoz en Cuyo, quizás por similitud en su forma con el pico curvo de la chuña, ave.
  • La picada es el tránsito o camino entre la vegetación autóctona abierto a mano con herramientas filosas.
  • Habilosa es un arcaísmo usado en Cuyo por “habilidoso/a”.
  • El patay es una torta muy dulce y alimenticia que se obtiene de la molienda y amasado de la algarroba, semilla del algarrobo dulce.
  • La oración coincide con la hora del atardecer, momento en que la majada que pastoreaba es conducida nuevamente hacia los corrales del puesto.
  • El jume es un arbusto autóctono, xerófilo, cuyas cenizas se usan en el campo como jabón de lavar la ropa. El lavado se hace en unos recipientes, o bateas, caladas a cuchillo en un pedazo de tronco de algarrobo.
  • El ramblón es una extensión plana y sin vegetación, de tierra, arena y arcilla.
  • Se llama monte a la mata o grupo de arbustos bajos e intrincados en los terrenos incultos.
  • El cuis es una especie de ratón de campo o también “conejo del cerco” en las zonas rurales.
  • El chañar es un arbusto autóctono, frondoso y muy espinoso, de flores amarillas en la primavera.
  • Jergón es el nombre arcaico de una manta tejida al telar que suele llevarse plegada en la parte trasera de la montura.
  • Recado es una de las formas de denominar la montura.
  • Aguaitar es una expresión propia del campo por “mirar con agudeza”.
  • Las pacas son las ovejas cuya lana es de color ocre o pardo.
  • El chicote de ramal es un látigo que se trenza con cuero crudo y termina en tres puntas o “ramales” rematados con una especie de botón también trenzado con tiento crudo.
  • El refranero tradicional conserva una rima que dice: “Entre las doce y la una/ anda la mala fortuna./ Entre la una y las dos/ la Madre de Dios.”
  • La ramada es la galería exterior de la quincha, construida como un techo de flora autóctona y barro, donde la familia realiza la mayoría de las actividades, como, por ejemplo, comer y recibir las visitas. La quincha es de una sola habitación destinada a dormitorio. La cocina y el baño son otras dos construcciones externas.
  • Se le dice El Innombrable al Demonio, en la creencia de que, si se lo nombra, aparece.
  • La chupadera es un sector de arena movediza, también llamado “ojo de mar” en el secano lavallino.
  • La bota es un recipiente armado artesanalmente con cuero sobado para que sea flexible. Tiene forma de pera o de bota, con un conducto de salida y tapón, que contiene líquidos para beber, con frecuencia vino.
  • Santos Guallama fue un héroe popular de origen huarpe, líder de la ”Rebelión de los laguneros” en el siglo XIX. Reconocido bandolero que, según la tradición oral, robaba a los ricos para distribuir entre los pobres.
  • Pialar es enlazar yeguarizos o vacunos por las patas. Tarea propia del varón en las zonas rurales, por el uso de la fuerza.
  • El guadal es en Cuyo la tierra seca, polvorienta, con algo de arcilla, que entra en suspensión fácilmente y parece talco.
  • Se llama guacho al huérfano.