Llega una nueva propuesta de lectura de una narración hecha en Mendoza. Mediante estas publicaciones periódicas de creaciones de escritores locales se concreta una invitación a disfrutar de los relatos que surgen de nuestra comunidad.

De este modo también destacamos el talento de los trabajadores del arte y, particularmente, las letras, en nuestro medio. Estas páginas develan los soles y las sombras de la cultura y la idiosincrasia provincial.

Se necesitan muchos más espacios de difusión de nuestras letras. Divulgar y celebrar la literatura mendocina es valorar nuestra historia y nuestro presente.

En este cuento, el rivadaviense Adrián Narváez nos enfrenta a una crudísima escena, que constituye una de las mayores deudas de la sociedad actual. El relato, con maestría, cala hondo, no sólo al asociar la situación de los animales callejeros a la de la infancia vulnerada, sino también al dejar al descubierto la indiferencia e hipocresía de los adultos que, a excepción del narrador, se conmueven y debaten el drama social presentado en una ficción, pero son incapaces de ver la realidad que ocurre frente a sus narices.

Sobre el autor

Adrián Narváez, ganador del Certamen Vendimia con “Mañana tal vez no sea”.

Adrián Elías Narváez es técnico en Comunicación, Gestión y Administración de Bibliotecas, vive y trabaja en Rivadavia. Actualmente, es bibliotecario en la Secundaria “Profesor Mario Anselmo Sánchez” de Medrano. Ha publicado dos libros de poemas (“De espaldas a la marea del tiempo”, en el 2016, y “También nosotros…”, en el 2019) y tiene otros textos narrativos y poéticos sin editar.

Es uno de los ganadores del Certamen Literario Vendimia 2024, en la categoría Juvenil, con su libro de cuentos “Mañana tal vez no sea”.

El texto “La otra escena” es una reversión de un cuento seleccionado en el certamen “Eduardo Gregorio” de Junín en el 2017.

La otra escena

Habíamos ido con unos amigos al teatro a ver La otra escena, un drama que representaría Cambalache, un elenco local de gran talla. La obra fue brillante, una verdadera reivindicación al teatro de tiempos modernos. Al término de la función, impactados por la descarnada interpretación de la realidad, nos dirigimos hacia la cantina del club en busca de unos tragos, no para relajarnos en esta oportunidad, sino como excusa para profundizar en el debate social que la obra había despertado. A mitad de camino me detuve para ajustarme el cordón de uno de mis zapatos. Los muchachos siguieron. Hacía frío aquella noche de finales de junio con cielo despejado. Tenía los dedos un poco entumecidos. No lo sé, tal vez el destino haya hecho que me costara hacer el nudo porque, al levantar la cabeza e incorporarme, tuve la desdicha de presenciar una sucesión de imágenes desgarradoras en pleno centro de la ciudad. Fue como si se tratara de la continuidad del libreto que acababa de ver representado en el teatro. Peor aún, de este otro lado de la ficción, los hechos me conmovieron de un modo que me resulta difícil narrar sin quebrarme.

Comenzó a partir de una situación cotidiana, de lo más normal, al momento en que de la casa de comidas rápidas, a metros del club, salió una empleada y arrojó al contenedor una bolsa negra. Nunca imaginé que una simple acción como esa pudiera desencadenar una serie de consecuencias tan tristes. Segundos antes me había percatado de un perro callejero que paró las orejas y aguzó su olfato en cuanto reconoció el chirrido de los goznes de la puerta del local. Al ver el movimiento de la mujer, atravesó a la carrera la mitad de la plaza. De un solo brinco saltó hasta la baranda del contenedor y pataleó contra el metal hasta meterse dentro. Una vez que se hizo con la bolsa entre sus dientes, salió con más facilidad de la que había entrado y se apartó a un costado de la calle. Para el perro era un auténtico banquete: en la bolsa había restos de pollo asado, sobras de pastas con tuco, pedazos de pan y un mejunje de carne revuelto con verduras hervidas.

Si causa pena ver animales en condición de calle, vulnerables, abandonados a su suerte, lo que sucedió a continuación pareció acentuar aún más el indicador de temperatura y agudizar el frío en la noche de aquel invierno incipiente. Justo cuando me disponía a entrar al club, me llamó la atención el griterío de unos niños que venían jugando una carrera en bicicleta. Eran tres.

Dos nenes y una nena, desgreñados, contentos al amparo de esa inocencia que no distingue caras sucias ni harapos. El más grandecito no tendría más de 8 años de edad.

Mis amigos, entusiasmados con la conversación originada a partir de La otra escena y la deslumbrante actuación del elenco en el teatro, ya habían entrado muy emocionados al club. No advirtieron nada de lo que sucedía a sus espaldas. Ni siquiera notaron mi retraso.

Por mi parte, ido como siempre ante la menor distracción, permanecí unos segundos fuera en cuanto intuí el accionar de los tres niños que, tal como si se hubiesen puesto de acuerdo, frenaron con el pie sus destartaladas bicicletas. Lo que más me asombró fue la actitud sigilosa del niño más grande. Ni bien captó lo que estaba comiendo el perro, se bajó de la bicicleta y, usándola como escudo, se acercó al animal mientras los otros dos niños observaban detrás, expectantes, aguardando un desenlace a priori muy prometedor. Amenazado ante la presión del chico, el can se puso a la defensiva, gruñendo, sin dejar de masticar y exhibir sus colmillos. Una vez acorralado por la astucia del niño, el perro dudó entre correr con la presa o con toda la bolsa. Entre asustado y furioso, dio un par de rodeos en sus últimos arrestos por intentar proteger la comida. Me dio la impresión de que el chico estaba acostumbrado a esa clase de duelos porque finalmente, al notar la dubitación del animal, amagó con lanzarle la bicicleta encima. El perro huyó despavorido, apenas pudo llevarse la presa de pollo asado que ya tenía atenazada con el hocico.

El niño dejó la bicicleta a un costado y corrió a revolver la bolsa que el perro había hurgado y desperdigado su contenido por todas partes. Desesperado, como si a partir de ese instante viviera en tiempo de descuento, tomó la bolsa tratando de no desperdiciar nada, recogiendo hasta la última mancha de tuco desparramada en el asfalto. Luego, se llevó los dedos a la boca, relamiéndose con tanto placer como si celebrara una nueva oportunidad de la vida.

La escalofriante escena perforó mis retinas y juro que trastabillé ante una mezcla de sensaciones. Mis ojos para entonces eran un mar de lágrimas cuando, por último, vi al niño sentarse en el cordón de la vereda y llamar con la mano a los otros dos chicos para compartir el valioso hallazgo. Los tres devoraron con avidez los restos de comida que quedaban en la bolsa. Tal vez lo único que cenarían y, quién sabe, por cuántas noches.

El niño más grande notó mi presencia en la puerta del club y me dirigió una mirada fría. Frunció el gesto, inquieto imagino al sentirse observado. De inmediato me dio la espalda, como protegiendo a los otros dos chicos y, sobre todo, a la comida.

Al rato, el perro se acercó por detrás, temeroso, manso y con las orejas alertas, a ver en qué momento los niños abandonaban la bolsa con algún resto que lamer y nada… Nada de sobra.