Llega una nueva sugerencia de lectura de cuentos mendocinos. Se trata de relatos, microficciones, cuentos y narraciones que surgen de la inspiración de autores y autoras que escriben desde esta latitud, desde esta geografía, cultura, memoria e idiosincrasia compartida. La meta es la divulgación del arte que refleja e identifica a la gente de esta tierra.

Sobra talento, no faltan la creatividad ni las historias cautivantes. Mendoza es tierra de buenísimos narradores y desde aquí se intenta lograr el encuentro de los lectores con las páginas de la literatura local contemporánea.

En este cuento, María Florencia devela, a través de la voz de la protagonista, una historia de amor que busca su mejor versión, construyéndose sin límites en el tiempo ni en el espacio.

Sobre la autora

María Florencia nació en 1987 en Mendoza. Desde muy pequeña fue amante de la lectura, aunque con la llegada de la maternidad dejó el hábito. En el 2018 un libro que reavivó su pasión por la literatura, impidiéndole volver a dejarla de lado. En el 2020 comenzó a plasmar en papel una historia que le cambiaría la vida. En el 2023 finalmente publicó “Tu amor en mi piel, en cuanto te vi” (Editorial Tinta de Luz), la primera parte de la novela a la que se ha clasificado como “novela romántica juvenil”, y que
fuera reconocida con una Declaración de Interés Cultural por el Honorable Concejo Deliberante de Godoy Cruz. En el 2024 publicó la continuación: “Tu amor en mi piel, sobreviviendo”.
En la actualidad también publica en redes sociales como Instagram, Wattpad y Booknet, donde comparte relatos cortos y novelas.

El relato “Flash” es inédito.

Flash

Soy una trotamundos.
Empecé visitando aquellos paisajes que se supone que toda persona debe conocer aunque sea una vez en su vida, no demoré en comprender que si bien eran lugares hermosos, lo verdaderamente bueno e imperdible no salía en las revistas, ni en las fotos de Instagram.
Lo verdaderamente bueno e imperdible está escondido y para llegar allí necesitás siempre de la ayuda y la generosidad de los habitantes nativos.
Tengo postales de todo tipo: montañas, lagos, mares, salinas, cerros, personas de todas las nacionalidades, flores de todos los colores, árboles recién plantados y otros antiquísimos, pero lo que realmente me obsesiona son las miradas. En mi haber, cuento con más de dieciocho mil fotografías, de las cuales, al menos seis mil de ellas son de miradas. Dicen que los “ojos son la ventana del alma”, no lo niego, es más, lo afirmo, pero no solo son eso. Su forma, su color, su función, su composición completa es una maravilla única que estoy segura, la mayoría de los seres no llegamos a valorar por completo.
El día en que cumplía diez años de haber comenzado mi travesía, me decidí a frenar. Viajar por el mundo era fantástico, pero mi mente, mi cuerpo y mi alma necesitaban estabilidad y calor de hogar. Increíble pero cierto, una vida basada en la aventura y la
espontaneidad, también se vuelve rutinaria y, aunque sea difícil de entender, porque se supone llevo una vida libre de ataduras, tomar la decisión de salir de lo que era para mí “una zona de confort”, no fue nada fácil. Me llevó más de un año darme cuenta de lo que sentía, ponerlo en palabras y aceptarlo.
Mi decisión no fue tomada con alegría por los seguidores virtuales ni por aquellos que me conocían en persona, admito que pesó la mirada crítica sobre mí. Una vez más me apoyé en las únicas personas que me conocían y me amaban incondicionalmente: mis
padres.
Mamá me ofreció la casa de fin de semana que habían heredado de mis abuelos, donde pasé los mejores momentos de mi infancia. Volví a Argentina inquieta, mi papá me esperaba en el aeropuerto con los brazos abiertos. Me quedé una semana en su casa, para luego emprender el que esperaba sería el último viaje por algún tiempo. Saqué la primera foto ni bien bajé del colectivo, mi nuevo hogar me recibió cubierto de la última nevada del invierno. Antes de instalarme en la cabaña de El Salto en Potrerillos,
conseguí leña para encender la chimenea, el frío de la casa vacía te penetraba los huesos. Acomodé las pocas pertenencias que tenía y me fui de compras para abastecer la alacena. Aunque nunca lo iba a admitir en público, había estado mirando varias cuentas de personas que mostraban las rutinas diarias de su vida: ¡supermercado! era lo primero en la lista para comenzar una vida estable”. Me reí de mi misma por lo absurdo de mis pensamientos, una lágrima se me escapó al notar lo perdida que me encontraba. Le permití que se resbalara por mi rostro pero no que me quitara la valentía. Había sido mi elección quitarme el mote de “trotamundos” y lo iba a conseguir.
Salí de casa abrigada y con la cámara al cuello.
¡Tampoco podía quitarme todas las mañas de un día a otro!
Volvía cargada con cinco bolsas que cortaban la circulación de mis dedos, cuando vi el sol desapareciendo en el horizonte, las solté olvidada de la fragilidad de ciertos productos que llevaba en ellas. Tomé mi cámara, la dirigí hacia la imponente Cordillera de los Andes, enfoqué y luego giré el anillo de zoom para acercar el paisaje.
En ese preciso instante lo vi.
Él también me observaba.
Su mirada se clavaba en mí, a pesar de la distancia, era increíble todo lo que me transmitía, acto seguido disparé. El flash me paralizó, no el que había emitido la cámara sino el que me atravesó la memoria y el corazón. Fueron claras las imágenes, en segundos me vi en cinco situaciones diferentes: susurrando su nombre luego de que me besara; en una cena en casa de mis padres con otra pareja que sabía eran sus progenitores, discutiendo y enojados con nosotros; en la sala de parto mientras sostenía mi mano; en la playa saltando olas, mientras tenía en brazos a nuestra pequeña niña y la última, la más dolorosa: el día del accidente donde mi pequeña hija y yo perdíamos la vida y él gritaba mi nombre sin consuelo.
Mantenía la cámara en alto, lo veía a través del lente acercándose a mí, aunque había perdido la nitidez debido al temblor en mi mano. Cada vez lo tenía más cerca, su mirada atribulada me indicaba que él también lo había experimentado.
—¿Olivia? —cuestionó temeroso.
Me flaquearon las piernas, perdí la estabilidad al escuchar que me llamaba de aquella manera. No era mi nombre actual, pero sí el que llevaba en mi visión. Él alcanzó a sostenerme antes de que llegara al suelo, levanté la mirada y me encontré con sus ojos
cargados de lágrimas.
—¿Samuel? —pregunté desconcertada, recordando su nombre en esa otra realidad.
Se aseguró de que estuviera apoyada sobre las piedras del camino para ir soltándome de a poco, no podía apartar mi vista de él. Dirigió sus manos a mi rostro y me acercó a sus labios, nunca había ansiado tanto que un hombre me besara. Cuando por fin lo hizo, el flash volvió a atacar, me volví a ver junto a él, éramos nosotros pero ya no nos llamábamos Olivia y Samuel, teníamos otros nombres. Se separó de mí un par de centímetros y me miró directo a los ojos, no dijo una palabra pero yo entendí. Lo habíamos vuelto a sentir los dos.
—¿Cuántas vidas…? —inquirió sin terminar la pregunta.
—Todas las que sean necesarias hasta que por fin tengamos un final feliz —respondí.