Cada vez más notables y talentosos escriben en Mendoza. Así pudo comprobarse en la Feria del Libro 2024 que recientemente se celebró en Mendoza. Es muy alentador ver escritores de todas las edades, de todos los rincones de la provincia, produciendo ficción de la buena, desarrollando su escritura en múltiples géneros, haciendo crecer la movida literaria en grupos, talleres, revistas, performances, convocatorias y toda clase de impulsos y proyectos.

Todo eso merece darse a conocer, para que cada vez más personas lean y conozcan la riqueza literaria que hay en esta tierra. Desde este espacio dedicado a cuentos mendocinos, confiamos en que los lectores experimenten con cada sugerencia semanal un creciente entusiasmo por seguir descubriendo los tesoros que hay en las páginas de los escritores mendocinos.

En su relato, “La sonrisa de Jorge”, José Luis Verderico nos sumerge en la ternura del alma de su protagonista, la entrañable Amelia, que ha sabido crearse un mundo en el que siempre la acompaña la sonrisa de sus amores. Su prosa nos emociona por su profundidad, que nos recuerda, por un lado, el valor de los lazos primordiales y, por otro, la posibilidad de sobrevivencia en la memoria de quienes nos suceden.

Sobre el autor

José Luis Verderico se dedica al periodismo gráfico y radial desde 1995, especializándose en casos judiciales y policiales. Ha publicado el libro de cuentos El detective Ming. La sombra y otros casos (2017), La casa de la ciénaga (relatos, 2018), Avelino Maure- 50 años (2019, investigación periodística sobre el crimen pasional ocurrido en 1969) y, la novela La noche del terremoto (2024), que se presentó en setiembre en la Feria del Libro de Mendoza.

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El cuento “La sonrisa de Jorge” es inédito.

La sonrisa de Jorge

Amelia lleva dos horas en la fila del banco para cobrar la jubilación. Conversa con los de adelante y con los de atrás. Del calor. Del alivio que no llega. Del gobierno que está y del que se fue. De los calambres en las piernas.

–Hay días en que ninguna pomada alcanza, dice, pero interrumpe la frase porque siente que algo le falta.

Mira alrededor casi con desesperación. El ausente es Jorge, el esposo, quien fue  empleado del ferrocarril durante casi cincuenta años.

–¿Dónde se habrá metido?, murmura y se pone los anteojos para ver un poco más lejos, aunque se convence de que Jorge no debe andar muy lejos. Si hasta hacía un minuto estaba ahí con ella. Con su vozarrón y su espalda encorvada.

Jorge. Un espíritu libre. De esos que ahora están acá pero enseguida andan por allá. Un tipo inquieto.

Como si tuvieras hormigas en el poto, le decía Amelia cuando se le perdía en la cocina o entre las góndolas del supermercado.

Ahora le parece ver a Jorge del otro lado de la calle, conversando con el vendedor de lotería, pero no, qué iba a estar haciendo ahí si a Jorge no le gusta apostar, se convence.

Hasta que le tocan el hombro. Por fin, se dice la mujer. Pero no es Jorge sino una vecina. Luisa. La tejedora del barrio.

–Anda solita, pregunta la recién llegada.

–Mi marido anda está por ahí, responde Amelia estirando la palabra ahí y apuntando al universo con el mentón. Se habrá encontrado con un pariente o algún amigo de sus años de guardabarrera. Yo espero que vuelva rápido porque nos va a llegar la hora de entrar a cobrar. Los dos tenemos el documento terminado en cuatro, ¿sabe?

Los minutos posteriores son preocupantes. Porque Jorge sigue sin dar señales y porque un  tormentón se anuncia desde el sur con un trueno lejano.

–¿Vino sola?, le dice el cajero que no la mira ni está interesado en la respuesta de Amelia porque solo piensa en los billetes que va a entregarle junto con el recibo de cobro firmado y sellado. ¡Tac, tac!  Y la mujer está por decirle, como le ha contado a todo el mundo esta mañana, que seguramente Jorge anda revoloteando por ahí, como siempre, distraído, aunque un poco más que de costumbre, pero decide que lo mejor es atrapar esos billetes y salir rápido porque tal vez Jorge ya está afuera.  

Pero no.

Me dejaste sola en la calle con esta plata encima. Para qué vinimos juntos, se indigna con Jorge para sus adentros mientras aprieta el monedero contra el pecho. Es la primera vez que Amelia siente miedo sin Jorge.

Como caída del cielo, la tejedora vuelve a pasar por el banco. Amelia reacciona.

¿Vos me acompañarías hasta mi casa porque ando con plata encima?, le pide, y Luisa contesta que será un gusto acompañarla. Y allá van, tomadas del brazo y conversando vaya a saber Dios de qué cosas.

–Pasá y tomamos unos matecitos, ofrece Amelia apenas llegan a destino. Pero Luisa está apurada: los chicos, la casa, la comida, enumera, y se despide tranquila porque el nieto mayor de Amelia está asomado a la ventana y siente que la mujer quedará en buenas manos.

Cinco minutos más tarde a la tejedora le suena el celular. Es Amelia. 

–Podés creer -arranca enojadísima.

–Cuénteme, vecina -resopla la tejedora.

Que Jorge se había venido del banco mientras yo lo estaba buscando en la cola. Y sin cobrar se vino, ¡como si a él no le hiciera falta la jubilación!

–Por qué lo dice, vecina.

–Porque cuando entré me miró muy sonriente. Sabía que se había mandado una de las suyas.

–Cosa rara, no –acota la tejedora y se despide.

–Es cierto –admite Amelia mientras mira a Jorge tiernamente, ya sin enojo.

Jorge la había recibido sonriendo con picardía desde una foto cuidadosamente ubicada junto al jarrón que guarda sus cenizas hace ya ocho años. La misma imagen de quince por veintiuno a todo color que Amelia besa cada noche antes de irse a dormir.