Un tercio de todas las criaturas que conocemos en el planeta son arañas. Todas producen seda, pero no todas tejen telarañas. Eso es lo que las divide en dos grupos: las tejedoras y las cazadoras. En general, las tejedoras tienen mala vista y esperan a que la presa venga a donde están. Las cazadoras dependen de su velocidad y su relativamente buena vista para capturar a sus presas.

Es entre las cazadoras que algunos de los poderes más extraordinarios son más evidentes. Pero las tejedoras tienen en su poder uno de los biomateriales más fuertes de la naturaleza para construir sus casas y trampas.

La seda empieza su vida como un líquido aguado dentro del cuerpo del animal. Luego pasa por unos tubos microscópicos que extraen el agua y tornan ese complejo de proteínas y aminoácidos en una estructura con enlaces de hidrógeno que la hace muy fuerte.

Después de pasar por el cuerpo llega a las hileras, unos apéndices especializados en producir 7 diferentes tipos de seda: la que se usa para envolver los huevos, que es distinta a la que usan para aplastar a las presas; la pegajosa, la no pegajosa, la que la vuelve más pegajosa, la que usan para estructurar las telarañas y la más fuerte de todas: esa de la que se cuelgan… cada una tiene una composición distinta.

La seda es cinco veces más fuerte que el acero y casi igual que el Kevlar, el material más fuerte creado por el hombre (o más bien por la mujer, pues su inventora fue Stephanie Kwolek), con el que se hacen los chalecos antibalas.

Por ingeniosos que seamos, los humanos no hemos logrado aún inventar nada tan fuerte, tan ligero o tan elástico como la seda de araña.

Los pelos de las arañas son hidrofóbos, así que cuando se sumergen atrapan una capa de aire alrededor del cuerpo que les suministra oxígeno.

Asombrósamente, esa burbuja actua como una branquia durante unas horas, de manera que el oxígeno del agua se difunde en la burbuja y le permite a las arañas respirar.

Fuente: BBC