En política, los finales anticipados rara vez se cumplen. Los que pronosticaban el “fin de ciclo” de Alfredo Cornejo volvieron a errar. Y también se equivocó Emir Félix cuando aseguró que “el lunes, Cornejo deja de ser mileísta”. El gobernador no solo sigue siendo parte del universo violeta: se transformó en su arquitecto más eficaz fuera de la Casa Rosada.
Este domingo, la provincia volvió a ser el bastión del antikirchnerismo y, una vez más, Cornejo demostró que su instinto político sigue intacto.
Donde otros dudaron, él avanzó. Mientras buena parte del radicalismo se debatía entre la incomodidad y la rebelión, eligió moverse por resultados: leyó antes que nadie el humor social, entendió que el electorado pedía orden, austeridad y ruptura con la vieja política, y apostó por acompañar al presidente en lugar de confrontarlo, como hicieron otros gobernadores.
Cornejo reafirmó su alianza con Javier Milei y la transformó en un triunfo contundente. Mientras que los mandatarios provinciales que buscaron convertirse en una tercera opción, fracasaron.
La jugada, resistida por sectores de su propio frente, terminó siendo una maniobra política que lo dejó con poder ampliado en todos los frentes. En Mendoza, consolidó su dominio sobre el Poder Legislativo. A nivel nacional, se convirtió en uno de los interlocutores más influyentes del oficialismo libertario.
“Cornejo es un animal político”, lo definió Luis Petri, el ministro de Defensa y diputado nacional electo. No es casual: el gobernador hace de la política un arte. A diferencia de quienes se aferran a etiquetas ideológicas, él se mueve por resultados. Fue aliado de Néstor Kirchner, de Mauricio Macri y ahora de Javier Milei. En todos los casos, salió ganando.
Ese pragmatismo, muchas veces criticado, es también su marca registrada. Y la clave de su permanencia en el poder.
En 2015 llegó al gobierno provincial con la promesa de orden. En 2019 no pudo proyectarse a nivel nacional, pero volvió en 2023 con más fuerza. Hoy, después de una década de dominio político, acumula más poder que nunca: tiene mayoría legislativa, intendencias alineadas y respaldo nacional. Sin embargo, los desafíos no son menores.
Lo que viene
El cornejismo atraviesa una nueva etapa: menos confrontativa, más pragmática, pero con la misma concentración de poder que lo caracteriza desde 2015. Ese modelo es, precisamente, uno de los flancos que más críticas le genera.
Durante los últimos diez años, el gobernador logró colocar a personas de su máxima confianza en cargos clave y, en muchos casos, vitalicios. Los ejemplos son numerosos: la Suprema Corte de Justicia, el Tribunal de Cuentas, la Asesoría de Gobierno, la Contaduría General y otras áreas estratégicas del Estado provincial.
En todos los casos, Cornejo aprovechó vacantes que se abrieron y las designaciones se concretaron con acuerdo del Senado, pero en un contexto político donde el oficialismo tenía mayoría. La oposición, por momentos, acompañó sin resistencia real. Así, el cornejismo fue construyendo un andamiaje institucional que hoy lo trasciende.
Esta red, sólida y funcional a su liderazgo, le garantiza gobernabilidad, pero también alimenta sin pausa la percepción de que Mendoza vive bajo un esquema de poder concentrado, con escaso contrapeso interno.
Para sus críticos, esta arquitectura de control político limita la independencia de los órganos de control. Para sus defensores, es la consecuencia de una gestión ordenada que privilegia la estabilidad institucional. Lo cierto es que Cornejo logró algo que pocos gobernadores alcanzaron: dejar huella en cada engranaje del Estado.
Ese esquema de poder explica, en parte, su capacidad para sostenerse más allá de los ciclos electorales. Desde su primera gobernación, pasando por su etapa como senador nacional y su regreso al Ejecutivo, nunca perdió centralidad. Ni siquiera cuando el Frente Cambia Mendoza atravesó fracturas y se vio obligado a reinventarse.
Su capacidad para sostenerse en el tiempo radica, precisamente, en su método político: no improvisa, calcula. Sabe cuándo avanzar y cuándo esperar, y entiende que el poder no se delega ni se suelta; se ejerce, se administra y se perfecciona. Por eso, incluso en los momentos en que no ocupó cargos ejecutivos, continuó marcando el ritmo de la política mendocina.
Las reformas y la sucesión
Hoy, con una mayoría legislativa consolidada y un mapa institucional favorable, tiene margen para avanzar en las reformas estructurales que considera centrales. El nuevo escenario abre una oportunidad, por ejemplo, para avanzar con el desarrollo minero, históricamente resistido, aunque con cada vez menos oposición social. Cornejo sabe que el contexto económico y el respaldo nacional pueden inclinar la balanza a su favor.
El otro punto que reaparece es la reforma de la Constitución. No es un tema nuevo: lo mencionó en distintos momentos de su carrera, pero nunca logró consenso suficiente. Hoy, con el nuevo mapa político y un respaldo legislativo amplio, el gobernador dispone ahora del margen necesario para reabrir el debate. Entonces, la idea deja de ser una hipótesis y se convierte en posibilidad concreta.
Su otro gran reto es la sucesión. Luis Petri y Ulpiano Suarez no ocultan sus deseos de sentarse en el sillón de San Martín en 2027, pero ninguno le responde políticamente. Si en los dos años que le quedan de mandato no surge un heredero con peso político, Cornejo volverá a recurrir a su método habitual: mirar encuestas y elegir al que más mida. Así lo hizo en 2019, cuando apostó por Rodolfo Suarez, y no se equivocó.
Su futuro
Cornejo es, ante todo, un estudioso del humor social. A diferencia de 2019, hoy no busca una carrera nacional. Su influencia se proyecta como armador y articulador, interlocutor entre Milei y los gobernadores, y representante de las provincias en el Consejo de Mayo. Desde allí, su poder se traduce en otra cosa: capacidad para incidir, negociar y garantizar gobernabilidad.
Cornejo no es un dirigente de gestos épicos ni de frases rimbombantes. No es un líder carismático ni un orador apasionado que busca movilizar a las masas. Su fuerza radica en algo más silencioso: la intuición política, el cálculo y la persistencia.
Desde 2015, nada importante ocurre en Mendoza sin su intervención. Después de una década en el centro del poder, sigue siendo el mismo operador implacable que aprendió a sobrevivir en todos los climas. Y aunque el futuro le plantea nuevos dilemas, su historia demuestra que nunca apostó sin saber cómo iba a terminar el partido.
Su único tropiezo visible de la reciente campaña no vino del tablero político, sino del fútbol. Su fanatismo por Godoy Cruz lo llevó a un cruce innecesario con la AFA por la situación del Tomba, que pelea por mantenerse en Primera. El episodio incomodó a los dirigentes del club, que se vieron obligados a aclarar que la institución no tiene vínculo político.
Fue un desliz menor, pero revelador: incluso el político más racional y calculador puede dejarse llevar por la pasión.
