Como ya es costumbre en la sección de Cultura de El Sol, le acercamos al lector una nueva sugerencia de lectura de un relato de autor local. Creemos que deben multiplicarse los espacios de difusión de nuestros artistas y escritores que día a día demuestran el enorme talento creativo de Mendoza.

No es fácil “ser profeta en su tierra”, pero con gran alegría vemos que hay cada vez más encuentros, performances, talleres, espacios de lectura, recitales poéticos, presentaciones de libros, homenajes y demás iniciativas que convierten poco a poco a Mendoza en tierra de cultura auténtica y activa. Todo es gracias al gran esfuerzo de los hacedores mendocinos. Hay que apoyarlos, conocerlos y recomendarlos.

Desde este espacio dedicado a la literatura mendocina contemporánea, confiamos en que los lectores experimenten con cada sugerencia un creciente entusiasmo por seguir descubriendo los tesoros que hay en las páginas de los escritores mendocinos.

En este cuento, Maximiliano Rodríguez indaga en los sueños cumplidos y en los sueños frustrados de los de abajo, situando la escena en la usina del fútbol argento: “el potrero”.

Acerca del autor

Maximiliano Rodríguez nació en Mendoza en 1987. Es hijo de un camionero y una enfermera. Creció en la zona del Challao, en los alrededores del pedemonte lasherino.
Fascinado por la escritura desde pequeño, a los 15 años se acercó con guiones de radioteatros a la FM UTN y, fingiendo la mayoría de edad, ofició como autor, por tres años —y a escondidas de sus padres— en los programas “Verás que todo es mentira”, de Julio Paz y “La Planta carnívora”, junto al legendario Bocha Monetti.
Tras salir del secundario, inició los estudios de Letras de la UNCuyo, que abandonaría al cabo de algunos años para concentrar su escritura en el audiovisual, donde a menudo se encargaría también de la dirección. En el 2022, estrenó por canal Acequia y Cinear, la serie “Los hilos desdibujados”.
En el 2023, retomó a pleno la actividad literaria. Se incorporó al taller “Con premeditación y contundencia”, guiado por Leonardo Dolengiewich. Ese mismo año publicó su primer libro Antología de la literatura nunca escrita”, en Editorial Payana.

Por estos días, prepara su primera novela y una antología de cuentos. Además, brinda espectáculos de lectura de textos propios y prestados.

Hace apenas un par de días, lo anunciaron como ganador del premio nacional Babel de relato corto (Córdoba) por su obra “Los avergonzados”.

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El cuento que aquí compartimos es inédito.

Cierto manejo del fraude

Se había criado en ese barrio, eso sólo podía jugarle a su favor. Conocía de memoria todos los accesos por donde escaparse, cada pasillo de monoblocks y sus descampados lindantes.

Todo era propicio. Ya no quedaba nadie que lo reconociera, habían pasado muchos años. Por las dudas, dio una vuelta para confirmarlo. Notó que los niños todavía seguían eligiendo el pasaje entre las dos torres como potrero, en lugar del baldío.

El Paila reparó en aquel viejo que los observaba con atención pero ahí nomás lo ignoró. Le llegó la pelota y encaró ansioso porque se estaba acercando la hora en que la vieja del A3 se levantaba para cortarles el juego, pidiendo que dejaran de dar pelotazos contra la pared, y era necesario igualar el resultado. Y ahora que Claudio ya no jugaba con ellos, era su momento de lucirse.

Claudio era para todos el mejor jugador del barrio, y ya lo habían fichado para las inferiores de Boca. Pero El Paila sabía muy bien que no era para tanto. Que sólo tenía mucho culo. Él, que jugaba todos los días con Claudio, conocía muy bien sus pifies, sus inseguridades. Si algún talento se le podía adjudicar a Claudio, era, en todo caso, cierto manejo del fraude. Dar algunos firuletes para engañar a los espectadores.

Por su parte, El Paila se consideraba buen jugador. Se había entrenado en el polideportivo. Claudio no tenía idea de lo que estaba haciendo.

El hombre supo que debía observarlos con cautela. De hecho, ya era hora de retirarse o si no, sus planes se echarían a perder. Tomó el pasillo del monoblock A4 para medir cuánto tiempo tardaría en escapar entre el pasillo, descender las escaleras hacia la planta baja y tomar la calle: dos minutos. Excelente, podía dejar su auto listo, al otro lado del baldío. Encargarse del muchacho y, cuando estuviera hecho, huir a toda marcha por la ruta. Volvería al día siguiente y si esas condiciones continuaban, lo haría.

El Paila pensó toda esa noche en Claudio. ¿Cómo desenmascararlo? ¿Cómo demostrarle a los demás que él era el auténtico delantero? El otro era goleador, le había dicho su padre, “mierda de padre, deberías darme ánimos”, pensaba. Sí, en el fútbol lo que valen son los goles, y Claudio era en verdad el que los metía. El Paila tenía técnica, pero no tantos goles en su haber.

Al día siguiente, cuando el hombre de la mirada inquisidora volvió, algo en el Paila se encendió. Lo había visto el día anterior de traje, pero esta vez se encontraba con indumentaria deportiva, negra. Se le cruzó por la cabeza que podía ser un entrenador o un preparador físico, alguien que estaba ahí para ficharlos, para encontrar otro Claudio en el barrio, para ver si ese pasaje entre dos monoblocks otorgaba a sus jugadores alguna magia. El Paila le sonrió al hombre y se lució para esa única hinchada, mirándolo de reojo. El tipo ya se fijaba sólo en él. El Paila decidió que se acercaría al hombre al final del partido. Le preguntaría quién era, qué opinaba de su forma de jugar. Sin embargo, antes del final, el hombre se alejó.

Había decidido que lo haría ahora mismo. Ya había visto a ese muchacho, no sería muy difícil convencerlo. Traerlo hasta él y entonces….

Tenía todo preparado. Dio unas vueltas para comprobar que se repetían las condiciones del día anterior. Nadie parecía percatarse de él. La siesta transcurría con todos los adultos en sus casas.

El Paila vio al hombre de negro internarse en el monoblock A4. No podía perder la oportunidad. Le dijo a los chicos “ya vengo” y salió corriendo detrás del tipo.

El muchacho le creyó cada palabra. Se acercó hacia el mirador del pasillo del primer piso del monoblock y, antes de entender por qué ese hombre desconocido lo empujó hacia el vacío al grito de “yo a vos en la fosa”, se estrelló contra el piso.

Cuando corría hacia el baldío, el asesino pensó que esta vez había sido perfecto. En ese mismo monoblock, donde se inmiscuyó aquella vez persiguiendo a aquel hombre de negro. Esta vez, quizás podría cerrar la historia.

El Paila vio al tipo entrar en la casa de Claudio. A través de una ventana abierta escuchó.

¿Tenés algún otro amigo para fichar?- dijo el hombre de negro.

No, son todos flojitos — dijo Claudio.

¿Y ese rubiecito con orejas gigantes?

No, el Paila es pura facha.

Con un nudo en la garganta el Paila se alejó de la ventana y se sentó en las escaleras, entre el primer y segundo piso, tan humillado, tan empequeñecido que Claudio no lo percató cuando salió de su casa y triunfante se fue a echar un último vistazo al mirador.

Claudio le estaba dando la espalda, apoyado sobre la baranda del mirador. El Paila sintió el impulso y empezó a caminar sigiloso hacia ese amigo traidor que quería brillar solo. Claudio observaba el barrio por última vez. Con su primera melancolía y su primer ego.

Recién cuando su madre lo llamó desde la puerta de casa, notó que el Paila iba hacia él con los brazos extendidos. Recibió lo que interpretó como un abrazo de despedida y, tras soltarse, le dio una palmada en el hombro.

Espero verte en la platea, Pailita.

Al día siguiente, Claudio se fue a Buenos Aires a probarse en las inferiores y no volvió más.