Si algo le faltaba a la nación, en ese camino de degradación y hundimiento en el que cayó un poco más de veinte años atrás cuando buscaba, paradójicamente, salvarse de la crisis del 2001/2002, fue la confirmación de que al tope de su control institucional llegó a designar a un presidente indecente, irrespetuoso con su investidura y que además de corrupto –como se sospecha e intenta determinar la Justicia en la causa de los Seguros de donde se ha desprendido el último escándalo–, ejerció la violencia y el maltrato contra su mujer puertas adentro de la residencia de Olivos, a la vez que convertía el máximo despacho de la Casa Rosada en un antro de enfieste con las “amigas” que lo visitaban.
La caída en desgracia de Alberto Fernández no sólo afecta al movimiento político que lo llevó como estandarte y con el que recuperaría el poder tras los primeros doce años de gobierno a la entrada del milenio y el intervalo de Cambiemos con Mauricio Macri.
Es una tragedia que involucra a todo un pueblo al que le ha llegado la hora de madurar de una buena vez, obligado a salir de esa adolescencia cuasi permanente en la que pareciera que ha transitado votando populismo, detrás de consignas que ya no tienen sentido, que perdieron su valor y su potencia a medida que la realidad de los hechos fue demostrando a lo largo de los años que nada es gratis y que gobernar no es soplar y hacer botellas; que ese estilo y modo que se aplicó en el poder encumbrando al sempiterno peronismo, el que prometía la construcción de una sociedad seria y responsable, justa, soberana e igualitaria, en verdad sólo dejaba dividendos (enriquecimientos ilícitos en su mayoría) a una casta experta en utilizar los encantos de la demagogia y la política berreta, para amontonar voluntades a una doctrina convertida en la causa nacional. Fernández se ha convertido en el ejemplo más claro y evidente que echa por tierra aquel mantra que el pueblo nunca se equivoca.
A las fiestas que protagonizó el por entonces presidente Fernández y a ese infierno de golpes que ejerció sobre su pareja, Fabiola Yáñez, lo que conforma la extravagancia inmoral de turno en la que está sumida la Argentina y que la hizo ingresar en un estado de shock mientras se suceden los detalles de lo que ocurría dentro de las sedes de gobierno, se debe sumar su ineficiencia, incapacidad y falta de idoneidad total en el cargo al que llegó por el dedo de Cristina Fernández de Kirchner.
El kirchnerismo, que a lo largo de sus años en el poder había logrado apropiarse de luchas y símbolos de fuerte arraigo social real, además de simbólico, como la de los Derechos Humanos, con Fernández había avanzado con total éxito copando las banderas del feminismo y de la igualdad de género. Tanto fue el éxito obtenido por la corriente de los santacruceños que se había quedado en soledad con esas consignas, espantando a quienes creyeron y creían en el fuerte significado de las mismas hasta su banalización total y absoluta producto de la estafa K.
El cinismo y la hipocresía de Fernández, el “primer presidente feminista de la historia” como se hacía llamar, el “Fernández presidenta” como le cantaba el colectivo de mujeres K, terminó por derrumbar una estructura más enclenque que un castillo de naipes pero que, sin embargo, había conseguido sumar a ciento de miles de no sólo bien pensantes, sino incautos esperanzados en cambios de fondo.
Pero hay algo más que obliga a los argentinos a revisar el manual de selección del modelo y estructura política e ideológica que quiere y que ha ido buscando para el país: antes de Fernández, uno de los políticos más cercanos a la dupla Kirchner-Fernández de Kirchner, en Argentina se vio pasar la causa de los cuadernos de la corrupción, la ruta del dinero K, los bolsos de López, los negociados con los trenes de De Vido y de Jaime, la causa Vialidad, la condena de una presidenta, la condena de un vicepresidente, el apagón informático del inefable Guillermo Moreno con tres condenas encima, las persecuciones a medios y periodistas, el uso de los bienes públicos en beneficio personal de los funcionarios a cargo y hasta el hecho, casi naturalizado por la militancia y justificado además, del cercenamiento de libertades individuales varias. Después de todo eso apareció Fernández, con lo que nadie en su sano juicio puede hoy decretar la muerte de un modelo particular de hacer política, de construcción de poder como nada ni nadie, de conseguir millones de voluntades a su favor y de gobernar protegido impunemente por un manto social que, en gran medida es tan cínico e hipócrita, como quienes han gozado de esas mieles, entre ellos Fernández y los Kirchner, claramente.
El impacto en el peronismo, hoy la principal fuerza opositora que tiene enfrente el gobierno de Javier Milei, es innegable, con consecuencias que dañarán aún más su credibilidad, desde ya. El punto es hasta dónde lo dañará y si el escándalo terminará jaqueando para siempre el kirchnerismo y hasta dónde se hundirá con el peronismo. Nadie lo sabe, por aquello que el peronismo ha logrado sobreponerse gracias a la ayuda cómplice de los propios argentinos que han seguido confiando, más/menos, en eso de alcanzar el cielo sin más sacrificio y fórmula que sacarle al rico lo que el rico supuestamente le sacó al pobre. Por supuesto que eso se ha dado sin tocar la que tiene el rico, que es rico, sí, pero líder de la causa. Un desquicio generalizado repetido por décadas.
Los efectos en Mendoza de semejante tsunami político protagonizado por quien fuera el presidente del último gobierno pero-kirchnerista del país, podrían suponerse en ese contexto lúgubre y opaco que cubre a sus abanderados y representantes; algo así como un paso más que confirma su decadencia. “Estas cosas bajan la moral, tiran para atrás”, reflexionó Adolfo Bermejo, el diputado nacional de Maipú y por varios años poseedor de la imagen más alta de todos los dirigentes del peronismo provincial. Y agregó, cuando lo entrevistamos en Opinión, el periodístico de la mañana de LVDiez: “El golpe es duro, triste. El peronismo sigue sumando dificultades en esa tarea de rearmarse, recuperarse. La tarea que viene para el peronismo hacia adelante es bastante compleja. Va a meritar de mucha voluntad, generosidad, entendimiento para que podamos ser alternativa en el país y en la provincia. No veo en lo inmediato que esto se pueda lograr”.
Quizás y como una fórmula de salvación propia, lo que pueda quedar de lo que se conocía como el peronismo mendocino ilustre de la década del 90 y que gobernara por 12 años, debiese buscar la manera de acercar alguna idea de recuperación para esa pálida imagen que el movimiento viene mostrando desde su última gestión, la de Francisco Pérez y que fue adelantando, mostrando en partes, como en capítulos, lo que sobrevendría con el peronismo no sólo en Mendoza sino en el resto del país: un compuesto decadente y desgraciado con el que le faltó, nada casi, para condenar al pueblo a la misma suerte.
