A partir de este domingo comienza un nuevo gobierno en Argentina, que también implica un cambio de época en lo político, con un margen abierto de incertidumbre. Las grandes complicaciones que padecemos, por supuesto, no reconocen estos hitos porque hay mucho por resolver. Se termina de esta manera una gestión que generó grandes expectativas cuatro años atrás y que no cumplió ninguna de las promesas que hizo a los ciudadanos. Por el contrario, profundizó aún más la crisis, principalmente, económica. La inflación y la pobreza, las más notables deudas, se acrecentaron. Podrán adjudicarse que se atravesó una emergencia global, como la pandemia, o condiciones naturales adversas que lo complicaron todo, como la sequía. Nada de eso quita la responsabilidad de malas decisiones. Hubo errores no forzados en los momentos en los que había que dar el ejemplo, sobre todo, por la arrogancia moral con la que se pedía cuidarse para evitar contagios. O escándalos, como el vacunatorio VIP, entre otros. Todo eso está guardado en la memoria y, en algunos casos, las puertas de retirada son pequeñas y carecen de porteros. Las gestiones terminan, pero los problemas quedan, y la vergüenza, también.
Una sombra ya pronto serás
