Una pregunta recurrente asalta por estos días a muchas personas: ¿qué país tendremos desde el lunes? Es una consulta lógica frente al nivel de decadencia que nos acecha desde tanto tiempo. La decadencia es total. Se sabe que, por el lado de la economía, el declive no se ha tomado un ápice de descanso, postergando sueños y hundiendo en la incertidumbre y en el abatimiento a millones.

Los desaguisados y las pésimas políticas aplicadas –obtusas casi en su totalidad, fuera de moda, de tiempos en los que el mundo caminaba de otra manera y dirección, empachadas de una ideología cada vez más marginal, despreciada y descartada aún por las naciones gobernadas con un perfil político afín al que la Argentina le imprimió a su conducción en la inmensa mayoría de los últimos veinte años– han hecho su trabajo: conducir a un país de una riqueza inconmensurable a esa desgracia y vergüenza en la que se ha convertido, con más de cuatro de diez de sus habitantes pobres, poseedores de un futuro incierto y condenados a recibir migajas que provienen de un Estado en descomposición, donde quienes dominan sus movimientos y dan órdenes viven en absoluta desconexión de lo que ocurre con sus conducidos, lo que no es un hecho menor. Porque allí está la bacanal de vida que llevan muchos, algunos, un puñado, lo que, para el caso, es lo mismo de los exponentes de la dirigencia política, que no han tenido ni tienen empacho alguno, ni reparo ni prurito ni un mínimo de cuidado siquiera para evitar o cuidarse de dejar al descubierto sus tan diferentes situaciones y entornos
en los que se desenvuelven, frente a la nada misma o el sufrimiento –mucho peor, aún– de los millones a los que el domingo les piden el voto.

Esa decadencia, la económica y de las condiciones de vida de los habitantes del país, también ha tomado por asalto, y vaya si no, a la moral, al respeto y, por sobre todo, a la responsabilidad de la misma dirigencia. Por eso, la incertidumbre se justifica en la absoluta desconfianza que se tiene sobre una dirigencia, ahora sí, en su totalidad y en conjunto, para animar un mínimo de acuerdo sobre la transición civilizada y ordenada
hacia lo que viene. ¿A cuento de qué, todo eso? Al hecho de lo que la ciudadanía decodifica y entiende como algo de cajón y seguro que cualquier cosa puede
ocurrir desde el lunes, en cualquiera de los escenarios posibles que puedan darse a partir de la decisión electoral de quienes vayan a votar el domingo.

Acaso, ¿hay garantías de una transición ordenada para el caso de una eventual
derrota del oficialismo, con su candidato fuera de una hipotética segunda vuelta
electoral? La campaña del miedo que se ha lanzado desde ese sector es la prueba suficiente de que le será demasiado tortuoso al elenco de gobierno actual, abandonar y desalojar los espacios sin traumas, los que se ganó cuatro años atrás por la decisión mayoritaria de los argentinos, quizás de una buena parte de los mismos que el domingo podrían darle la espalda.

El antecedente que dejó Cristina Fernández de Kirchner en el 2015, cuando debió entregarle los atributos del mando a quien había ganado la elección para sucederla, Mauricio Macri, han dejado una huella profunda, como parte de la grieta que ha socavado la aptitud y actitud de los argentinos, de su dirigencia más que nada, para someterse a la búsqueda de acuerdos y caminos comunes al momento de imaginar un país normal. Las voces que se han levantado desde Juntos por el Cambio, tenues, pero presentes, de que Sergio Massa debe dejar el Ministerio de Economía desde el lunes si
es derrotado el domingo, no aportan nada, tampoco, al establecimiento de un clima más o menos armónico dentro de lo que la Argentina permite, para ir hacia una transición ordenada. Los aumentos de precios “por las dudas”, como fueron registrados este martes por diario El Sol en el comercio mendocino, la entrega de mercadería sin precios en otros casos, y cierto desabastecimiento de algunos productos determinados, a la espera de lo que pueda ocurrir con el país desde el lunes y con la reacción de la política, sobre todo, frente al nuevo escenario, son parte de un comportamiento de autodefensa –la especulación también lo es, en cierta manera– que ha comenzado a adoptar la gente, que se prepara para lo desconocido.

Y el describir lo que parece está ocurriendo con el ánimo de los argentinos en la previa del acto eleccionario, o imaginar lo que pueda llegar a ocurrir en medio de las tensiones crecientes y diferencias irreconciliables entre oficialismo y oposición, no es ignorar un hecho lógico y hasta normal en cualquier nación del mundo que se prepara para definir su futuro constitucional: el conflicto, por caso. El papa Francisco viene de hablar del proceso electoral en la Argentina en esa entrevista reciente que le dio a la agencia de noticias estatal Télam. Y allí ha reivindicado el conflicto como un ingrediente indispensable que obliga a las partes a buscarle una salida a la encrucijada.

Seguramente, el Papa habla de un país normal, todo lo que dejó de ser la Argentina hace mucho tiempo, desde mucho antes de que el propio Pontífice dejara su país natal para radicarse definitivamente en el Vaticano.