¿El que haya transcurrido una pila de años, varias décadas, digamos, sin indicios serios y sólidos para que la Argentina cambiase su rumbo económico y dejara atrás prácticas y métodos que evidentemente le hicieron mal –aunque enriquecieron a unos pocos erigidos como líderes de las políticas de una ilusoria de protección social–, no será acaso la manifestación más acabada de que hemos naturalizado la decadencia?
Recién ahora, parece –el parece va a propósito, porque uno nunca sabe, ¿no es así?–emerge un fenómeno extendido en todos los sectores, que estaría indicando que la mayoría de los ciudadanos está reclamando y exigiendo cambiar. No se sabe bien hacia dónde, pero cambiar, hay que cambiar. Como que existiese, ahora sí, en serio, una decisión de cambio. Después, se verá, en todo caso, hacia dónde. Será otra historia.
El punto es indagar en las razones que han llevado a los argentinos a elegir siempre lo mismo, detrás de las mismas consignas, sin mejoras de fondo. Y en los momentos escasísimos en los que una mayoría coincidió en dar un volantazo –en tres oportunidades, bien se podría precisar, en los últimos 40 años–, el nivel de tolerancia a los golpes, o al dolor de las transformaciones, resultó ser tan débil que, más temprano que tarde, volvimos a la mediocridad conocida y a las penurias más familiares y cotidianas, con nostalgias de ese pasado que se había dejado atrás hace algunas horas, nomás.
Todo un comportamiento que, hay que señalar, sin culpas y sin pruritos, está haciendo hablar muy mal de la Argentina desde hace tiempo: ¿por qué razón o razones volver a los errores de siempre? ¿Por qué no intentar algo distinto y soportar el sacrificio si se sabe que, cuanto menos, en un tiempo lógico y prudencial podrían mejorar todos sus indicadores: los económicos, sociales, culturales, medioambientales, con un proceso de desarrollo humano integral que hasta puede hasta verse del otro lado de esa línea que determina la decadencia argentina?
Y, volviendo atrás al mismo interrogante: ¿cómo es posible que se haya naturalizado la constante incertidumbre colectiva en la que se vive en el país? ¿Qué puede estar operando o influyendo de manera tan poderosa, que lleva a una mayoría a insistir en lo mismo, mecánicamente?
Por supuesto que, como todo, está el que se sigue resistiendo a la mediocridad y que buscar zafar, aunque la fuerza de la mayoría, que lo tira para atrás, le haga la vida imposible. Y algunos se fueron, los que pudieron, cuando se convencieron de que no hay destino o que no podían y/o no querían esperar el cambio cultural que demanda la situación. Y dejaron el país, en oleadas. Una de esas se produjo veinte años atrás, otra arrancó un poco antes de la pandemia y es la que todavía está en curso. Pero hubo quienes dejaron el país a mediados de los 90, durante el menemato, por caso, decidiendo, por las razones que fueran, buscar su lugar en el mundo, lejos de un país loco.
Y resulta impactante escuchar lo que algunos de ellos dicen, incluso viviendo en condiciones muy críticas y hasta desesperantes, como es el caso de Marcelo Jolodenco, un argentino que desde hace 28 años vive en Israel, de las naciones del mundo, quizás con Ucrania, más inestables de todas por su estado en guerra. Jolodenco, cuando estaba en Argentina, vivió, incluso, en Mendoza un par de años, dejando algunos parientes. Hoy está radicado en Sderot, una de las ciudades que han sido foco del criminal acto terrorista de Hamás del sábado. Allí es director de una de las escuelas secundarias de la zona. Algunos de sus alumnos han perdido a sus padres y hermanos. Tiene dos hijos: el varón se desempeña como paramédico, en una organización similar a la Cruz Roja. Tras los ataques del sábado debió atender sobrevivientes y cargar cuerpos de asesinados y mutilados en medio de escenas dantescas y escalofriantes; su otra hija, viviendo en un kibutz cercano a su vivienda, pasó varias horas encerrada en el cuarto de seguridad hasta que pasó el terror sembrado por los fanáticos.
Cuando en LVDiez le preguntamos a Jolodenco por qué seguía allí y que describiera cómo es vivir en medio de amenazas constantes a lo largo del tiempo, dio tres razones: por la primera dijo que se fue a Israel hace 28 años, mucho antes de que comenzaran a caer los cohetes disparados por los extremistas palestinos desde la Franja de Gaza, “por decisión propia, sin sacarle un lugar a nadie”, buscando un lugar para sí y su familia, un lugar en el mundo; en segundo término, confesó no tener otro lugar adónde ir, si hoy todo Israel está bajo amenaza y cualquier territorio puede ser alcanzado por los proyectiles. La tercera razón por la que seguirá en Israel, país que ya considera su casa, resultó ser impactante por lo que dijo de Argentina, su lugar de nacimiento: “¿Acaso no hay violencia en Argentina?”, se preguntó para agregar: “Yo tengo a quien me defienda en Israel, puedo estar tranquilo, puedo caminar libremente por la calle hablando por teléfono sin temor a que me lo roben; puedo ir a un cajero automático a sacar plata sin tener que obligatoriamente mirar hacia atrás por si hay alguien”.
Quién puede decir que la experiencia de Jolodenco y su pensamiento y su forma de ver las cosas sea la de la mayoría de los argentinos en el exterior. Nadie. Tan es así que sólo por hablar de lo que está ocurriendo en Israel, hasta este lunes, 625 argentinos residentes en ese país habían pedido a la Embajada Argentina ser rescatados para salir de lo que consideran un infierno que ha dejado –por el momento–, 7 compatriotas muertos y otros 15 desaparecidos. Pero Jolodenco no es el único, ni en Israel ni otros residiendo en diferentes partes del mundo que piensan de forma similar, de preferir vivir bajo la inestabilidad y la locura de una guerra impulsada por fanáticos criminales a estar en la Argentina, un motivo más que suficiente para que los habitantes del país se metan de lleno a buscar las soluciones de fondo y terminar con la decadencia para siempre o, al menos, para vivir en un país normal.
