Pocas cosas pueden superar el nerviosismo, la susceptibilidad, la paranoia y las visiones conspirativas de la política. Cuando este martes, en el ámbito nacional, Javier Milei, como candidato a presidente de La Libertad Avanza, le pidió formalmente al Gobierno nacional que demorara el envío del proyecto de presupuesto del año que viene hasta después de las elecciones presidenciales, no hubo un solo dirigente opositor que saliera a cuestionar el pedido, refregándole en la cara al libertario los tiempos legales y la necesidad de respetar las normas, la Constitución y las instituciones.
En verdad y en general, todo el frente opositor, o algunos de sus referentes, en
particular, el radical Mario Negri; el lilito Maxi Ferraro; el diputado del interbloque
Federal Alejandro Topo Rodríguez y la diputada Graciela Ocaña no dudaron en calificar a Milei de un casi violador de las normas y de la Ley de Administración Financiera, que es la que obliga al Ejecutivo a enviar al Congreso antes de cada 15 de septiembre la denominada Ley de Leyes, el enjambre de normas que le dan vida y conducen al Estado y que determinan, año tras año, lo que se entiende es el plan de gobierno de quien está al frente del Ejecutivo. A ese coro protestón también se anotaron Myriam Bregman y Romina del Plá, como para no dejar a la izquierda fuera de ese supuesto “pecado capital”
contra las instituciones cometido por el diputado candidato presidencial.
En la nota que envió Milei, por su lado, también dejó trascender ese costado de suficiencia y soberbia con el que se viene moviendo y actuando, un gesto mucho más marcado y acentuado en él desde que ganara las PASO presidenciales frente a toda la política tradicional.
“Máxime teniendo en cuenta la competitiva performance electoral que nuestra fuerza demostró en las últimas elecciones”, firmó Milei el escrito, acompañado por su compañera de fórmula, Victoria Villarruel.
Más claro, a pasarlo por agua: Milei le advierte a todo el Gobierno que se exima de cualquier acto administrativo tan trascendente e importante como el envío del presupuesto porque no ha pasado por él, quizás viéndose a sí mismo como el futuro presidente.
Claro que no llama la atención ese compendio de reacciones extravagantes de la política en campaña y, claro está, de los candidatos en campaña. Pero no hay que dejar pasar ese celo hipermarcado por un supuesto desconocimiento de lo que marca la ley, en este caso, para el tratamiento del presupuesto, cuando en la Argentina la misma política se la pasa ignorando la propia ley y lo que manda la Constitución, si se quiere, en temas marco, conceptuales y estructurales cuya constante violación, persistente y de manera continua, ha sometido a millones de argentinos a deambular por la incertidumbre e impotencia.
Porque tampoco es cosa de naturalizar la desazón y todo lo que se hace desde la conducción institucional que no tiene nada que ver con el ataque a fondo de todas las enfermedades que impiden el cumplimiento de lo que manda filosóficamente la Constitución, que no es otra cosa que garantizarles a los habitantes una vida tranquila, segura, en paz y con horizontes de crecimiento y desarrollo. Nada de eso pasa ni sucede.
Sin embargo, el celo electoral le marca a Milei que tiene que cumplirse lo que la Ley de Administración Financiera manda, como si se tratase de una cuestión de supervivencia colectiva, de vida o de muerte. Un rasgarse las vestiduras colectivo, histérico e infantil, hay que decir.
Por otro lado, y yendo al fondo del planteo de Milei, salvando aquello de que
el libertario parece sentirse y verse como el próximo presidente, es pertinente. Cuanto menos, la actual administración debe contemplar el proceso electoral y aguardar al próximo equipo, más si el recambio viene por el lado opositor, para dejar en manos de lo nuevo otro plan de gestión, el que marcará sin dudas el 2024. La historia está plagada de años en los que un gobierno debió comenzar un nuevo año sin presupuesto o bien porque no fue aprobado o porque le faltó discusión parlamentaria.
Ha ocurrido en la Nación y en Mendoza y no ha pasado nada grave, claro está. También la historia está llena de violaciones a las normas ya no sólo medulares, sino que marcan el funcionamiento del gobierno, desde un apego exagerado a gobernar bajo la forma
de decretos de necesidad y urgencia (DNU) y hasta ignorar la obligación de
elevar informes a las cámaras en tiempo y forma de parte del Ejecutivo.
Otra de las cuestiones que han colmado la paciencia de un estado de ánimo por demás exaltado tiene que ver con las sobreactuaciones, propias de la política dominada por el clima electoral. Demasiada teatralización, de parte de todos, cuando es muy poco lo que han venido ofreciendo a lo largo de mucho tiempo de frustraciones.
