Basta con repasar un poco lo acontecido en las elecciones de Córdoba y las de Formosa para hacer un trabajo de introspección en Mendoza y entender que la calidad institucional debe ser política de Estado, trascender intereses partidarios y convertirse en un faro democrático en la provincia.
En otras palabras, valorar lo propio. Las peleas y los escándalos de las últimas semanas deben ser un llamado de atención, tanto para el oficialismo como para la oposición. Los cuestionamientos y las chicanas deben tener un límite.
Y es parte de la madurez que la provincia necesita.
Las PASO en Mendoza demostraron ser una herramienta fundamental para la competencia electoral; para igualar en condiciones a todos los que tienen la ambición y el deseo de participar. Es un primer filtro que pone en la recta final a las fuerzas más votadas y les da cierta claridad a las campañas. Por eso hay que sostener ese sistema.
Después, ponderar la boleta única: una modalidad que debutó este año es un paso hacia delante en la búsqueda de transparencia. De eso se trata, de reducir la posibilidad de hacer trampa y de terminar con el clientelismo; de poder elegir en libertad. Y, cuando eso ocurre, el resultado gana en legitimidad.
