“El Cara Cortada se entregó en una escuela de Rivadavia”; “La madre del Cara Cortada también tiene pedido de captura por el crimen de Godoy Cruz”; “La guerra de familias de Luján: el detenido por homicidio, los nuevos cruces y los allanamientos antidrogas”. Esos eran, pasadas las 16.30 de este lunes, los principales títulos de la portada digital de diario El Sol. A esa misma hora, los diarios online porteños describían, entre los temas más importantes, la crisis narco en Rosario y la escalada de violencia inusitada sobre la casa del presunto asesino de un chico de 12 años, muerto de varios disparos de bala el domingo, en las afueras de la ciudad santafesina tomada por la guerra entre bandas cuyos jefes operan desde la cárcel.
Mendoza y Rosario, tan distantes, pero tan cerca en algunas cosas, como en la belleza y la reconocida grandeza de ambas, y en ese movimiento de desarrollo altanero y orgulloso que algunos años atrás supieron y pudieron mostrarle al mundo. Y cercanas, también, en algunas de las formas de violencia marginal que las crónicas describen en los bordes del Gran Mendoza con parte de aquello que ha tomado sin control a la “Chicago argentina”.
A la misma hora de este lunes, más títulos vinculados con la delincuencia y la inseguridad van ganando espacio en los mismos diarios, y en otros y otros: “En medio de un fuerte aumento de robos en la Ciudad asesinan a un joven en Palermo”, se lee en Clarín y se agrega: “Conmoción: ‘Le disparó en la cabeza y corrió con el teléfono’, dijo un testigo del crimen en Palermo”. “Mataron a un ingeniero en sistemas de un balazo en la cabeza: ‘Dame el celular: ¿O querés morir?’”, reza otro título, pero en La Nación.
De la mano de la decadencia económica, la marginalidad, la desesperación y del aumento de todos los índices que tienen que ver directamente con la crítica situación social de millones de argentinos, han recrudecido la inseguridad y los crímenes violentos. La crisis es generalizada y, si bien, Mendoza, claramente, y de forma categórica, ni por asomo padece lo de Rosario –porque, además, ninguna otra localidad del país está pasando por algo similar al descontrol y ausencia casi total del Estado en la ciudad santafesina–, cuanto menos debe comenzar a atender señales más que evidentes de que algo no está andando bien en el engranaje de un sistema que, de tan sensible y celoso, la mínima alteración provoca una turbulencia tal que trastoca todos los niveles del funcionamiento más o menos ordenado de la sociedad.
Los más de veinte años que han transcurrido desde el último gran colapso general de Argentina advierten de dos hechos que develan el notable fracaso colectivo: no haber encontrado una alternativa, como salida de solución, a la misma decadencia nacional repartida en años y, como una esperada consecuencia de ello, la evidente descomposición social que vuelve a mostrar una de sus peores caras expresada en la violencia de las bandas organizadas, las que tienen en sus manos el control total de los métodos de supervivencia a los que se apela en los bordes, allá, en donde el bien y el mal no existen, sino, más bien, el sálvese quien pueda.
Lo que se padece, desde mucho tiempo a esta parte, como una enfermedad crónica del país, es un producto claro de que lo que se ha aplicado no ha funcionado, no ha servido y ni siquiera ha aliviado. Ha sido, en verdad, tiempo perdido en la aplicación de medidas de fondo que nadie se animó a implementar. Y, para no ser del todo injustos, cuando aparecieron esas pocas experiencias para estabilizar social y económicamente al país, ganó la impaciencia, visto de un modo piadoso o, más bien, el sabotaje y el actuar de las mafias corporativas, dicho de modo real, que siempre han sacado provecho de una situación caracterizada por la permanente y constante desestabilización.
Todo indica que llevará años encontrar una senda por la cual el sentido común sea lo que prime y conduzca el rumbo de las decisiones, medidas y políticas de Estado que, indefectiblemente, se tendrán que encontrar y aplicar. Pero, antes, deberá imponerse un condimento fundamental: el consenso social sobre adónde ir y cómo ir, lo que implica el conocimiento previo y el convencimiento –sobre todo eso– de que no será nada fácil. Es que, ¿cuánto más podrá extenderse ese engaño colectivo de que con pases de magia y apelaciones tales a que el Estado todo lo puede, se conseguirá la ansiada estabilidad? Las reformas de fondo no aparecen solas, y sin ellas tampoco el empleo de calidad, el salario digno, justo y acorde con lo que se hace y un horizonte más o menos previsible para las personas.
El año electoral da otra oportunidad, como tantas anteriores, es cierto. La esperanza que se renueva, quizás, de un margen un poco más amplio de cambios frente a lo que se padece y todo lo que está pasando. ¿Cuánto más tiempo hay para pedir, ahora sí, y de una buena vez, las transformaciones de fondo? ¿Quién tiene tanto tiempo para perder alegremente, sea joven o viejo?
