Es muy probable que, como ha ocurrido casi siempre, la campaña electoral gire y se desenvuelva alrededor de las cuestiones urgentes, las del momento, o bien sobre todo aquello que la memoria flash e inmediata de los votantes indique y mande atender.

Para la que viene emergen la pandemia y su gestión, el plan de adquisición de vacunas y su llegada a las personas y, desde ya, todo el desastre económico que ha dejado tras su paso la peste como la consecuencia más grave luego de la estrictamente sanitaria y peor de todas, ya que afecta a más de 4 millones de argentinos, sus familiares directos, su entorno más cercano y ni hablar de quienes han sufrido las pérdidas irreparables por esas 85.075 personas fallecidas contabilizadas hasta el domingo.

En Argentina, y ahora en lo particular también en Mendoza, ocurre que siempre se tienen cuestiones urgentes y de ayer que resolver cada vez que se avecinan las elecciones. Y lo urgente suele ser un bálsamo de ayuda, de alivio, algo así como una soga que salva y saca del pozo a los candidatos.

¿De qué vamos a hablar en la campaña, si hasta ayer no teníamos vacunas o si llegaron todas de golpe, pero tarde?, ¿de qué, si no del comerciante o del cuentapropista que se quedó sin nada de nada, perdió ventas, bienes y hasta los ahorros y ni siquiera así pudo salvarse?, ¿de qué, si no de todos aquellos que se quedaron sin trabajo y sin futuro, de golpe y porrazo? , ¿de qué, si no de todo aquello que se hizo desde el Estado y que resultó insuficiente o que no llegó adonde tenía que hacerlo y a quienes lo necesitaban?, ¿de qué, si no de que no se previó con suficiente antelación el desastre que se nos vendría encima cuando pudimos ver, con tiempo, lo que sucedía en otros lugares del mundo?, ¿de qué no, sino de esas cosas, no es así? Y siempre es así.

Sin embargo, así como Mendoza necesita de un volantazo para comenzar a escaparle al peligroso estado del acostumbramiento a la medianía y chatura en la que transita desde, cuando menos, veinte años a esta parte, se requiere, a la vez, de una visión política superadora que le permita darse cuenta de lo no urgente: de aquello que se identifica como que no funciona, que funciona mal o que ya no da respuestas, sin que nadie sepa cómo resolverlo. Y quizás esto último, el no saber qué hacer, explique el porqué del no abordaje o del no tratamiento de lo que está funcionando verdaderamente mal en la provincia. Entonces, lo urgente, que es importante, tapa lo otro, igual de importante, que traemos de arrastre y que se nos acumula como capas geológicas de resignación.

Hubo un hecho que obligó a Mendoza, históricamente, a pensar en herramientas propias que la hicieran trascender y obtener por su propia cuenta la riqueza y el desarrollo necesario de acuerdo con lo que sus exigencias mandaban hacer: se trata de su ubicación tradicional en la tabla de las provincias del país.

Mendoza siempre fue considerada la más pobre de las provincias ricas y la más rica de las provincias pobres, un indefinido total, que pudo haberla condenado, porque la dejó fuera de todo plan nacional virtuoso que se precie, pero que claramente no sólo no pudo condenarla, sino que le dio un impulso desarrollista inusitado por su propia cuenta.

Ese arranque impetuoso proactivo hacia nuevos horizontes trajo consigo el crecimiento de la matriz petrolera y la reconversión vitivinícola y, en alguna medida –en los momentos en los que se evidenció–, un plan hidroeléctrico que, por la vía del buen aprovechamiento de nuestros ríos, esperanzó con la multiplicación exponencial de las áreas cultivadas de la provincia y no sólo con uvas (junto con el vino, nuestra marca insignia), sino también con las frutas, que la hicieron famosa y potente durante mucho tiempo y muy competitiva frente al Valle de Río Negro, por caso. Hoy, Chile, sin ir más lejos, ha superado largamente a Mendoza y, además, a Río Negro, lo que demuestra un rumbo bien definido de Argentina hacia confines más inciertos aún.

Todo aquello, que parece de la prehistoria, se hizo durante años en los que la clase política, además de convivir con las miserias de siempre, al menos se dio tiempo para imaginar una Mendoza varias décadas hacia delante, para los años en los que muchos de los que protagonizaron ese tiempo por venir ni siquiera podrían ver el fruto de su empeño y de su imaginación y lo sabían, lo que resulta mucho más honroso todavía.

No porque resulte una obviedad, el decir que Mendoza navega en la intrascendencia más absoluta, se tiene que dejar de reclamar a toda la dirigencia un trabajo serio con metas cercanas, a medio plazo y para los años en los que la actual generación de protagonistas seguramente no esté.

Lo cierto es que, con la profundización de la pobreza, de la indigencia, de la pauperización de todos los indicadores sociales, económicos y culturales, poco hay que esperar hacia delante. Lo mejor que hoy se puede decir es que no se sabe qué puede pasar. Lo más acertado es hablar de dudas sobre el futuro, para no caer en lo que muchos piensan sin decirlo: que la hipoteca que se está dejando es tan pero tan cuesta arriba que el peligro al que se expone la provincia es, precisamente, el caer junto con el país en ese pozo oscuro en que, parece, se convirtió su futuro de frenar todo de golpe, entrar en shock y preguntarnos hacia dónde vamos.