Los últimos datos de la pobreza difundidos por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) sacudieron al Gobierno mendocino. No tanto, explican, por el nivel de pobreza que descubrió el organismo nacional para el Gran Mendoza, de 44,6 por ciento, un número por demás escalofriante, aunque esperado y previsible, sino más bien por la diferencia que se encontró entre Mendoza y otros conglomerados y los 7 puntos de distancia que separaron el índice nacional (37,3) con el provincial.

Este jueves, la administración de Rodolfo Suarez se preparaba para librar dos batallas en frentes distintos: una ante el INDEC, propiamente dicho, para revisar la posible comisión de un error en la interpretación de los datos, cruzando el comportamiento de las tres variables que se tienen en cuenta para fijar el nivel de pobreza tales como la tasa de empleo, la variación del costo de la canasta de alimentos y el comportamiento de los salarios en el segundo semestre del 2021.

La segunda batalla, mucho más compleja y por demás dramática, es la que se tiene que dar en las áreas social y económica. Porque, más allá de alguna diferencia en el índice de pobreza que pudiese surgir, el solo hecho de contar con la mitad del Gran Mendoza –un poco menos de 470.000 personas– sobreviviendo bajo la línea de la pobreza debiese suponer para el Gobierno la caída inmediata del velo que siempre se ha puesto como excusa para describir una Mendoza glamorosa y pujante, que, claro que lo fue, pero allá lejos y hace tiempo. Tanto tiempo, que pocos de las actuales generaciones recuerdan con precisión y exactitud. Para este último desafío, si se lo toma como tal y con algún grado de compromiso creíble, no hay que alimentar muchas esperanzas tampoco de un cambio de rumbo drástico, como el que se requiere, en tiempos más o menos prudenciales. No por ahora.

En Economía repasaban los datos y esperaban el corte definitivo del último cuatrimestre del 2021 que, al menos en cuanto al comportamiento de los salarios, aún no se lo tenía. Pero, ya se había cruzado el aumento de la canasta, con un incremento de 17 por ciento para la segunda mitad de año y del empleo. Para ambos datos, los funcionarios mendocinos encontraban una ventaja a favor de Mendoza comparada, por caso, con el conurbano bonaerense, un conglomerado que, según el INDEC, ha mostrado mejores índices y números que los de Mendoza.

También se ponía bajo la lupa el impacto de los recursos nacionales extraordinarios que se volcaron a los destinatarios de planes sociales hacia fines del 2021, lo que se conoció como el “plan platita”: ¿Es probable que hayan tenido una mayor y mejor incidencia en otras jurisdicciones que en Mendoza? Se estaba en eso y esperaban  develar el interrogante con sus pares del INDEC, conducido con Marco Lavagna, con el que, aclaran, la Provincia y su área de Estadística ha venido trabajando muy bien luego de aquel apagón estadístico protagonizado por Guillermo Moreno, durante el tercer kirchnerismo comandado por Cristina Fernández de Kirchner.

No obstante, de igual manera, la realidad ha impuesto su cara, que no es ni la más cruel ni la más injusta para un gobierno que dice que no puede hacer mucho frente a los embates de la macroeconomía. El dato crudo ha devuelto la imagen de lo que está ocurriendo con una Mendoza que supo tener épocas de gloria y marcarle el rumbo al oeste argentino, en cuanto a tenacidad, esfuerzo y sacrificio acompañado por resultados acordes a todo lo que se ponía en juego.

Hoy, la degradación, al generalizarse, tomó por asalto a todo su cuerpo. Mendoza parece haberse quedado sin fuerzas, sin combustible para idear alternativas al funcionamiento de un sistema económico agotado que no genera empleo, y que el poco que ofrece suele ser de baja calidad y mal remunerado, cuando se da, en el mejor de los casos, en blanco; ha crecido, como contraparte, el empleo no registrado, acompañando el festejado resurgimiento o rebote de la actividad comercial y turística tras la pandemia.

Para colmo, un tercio de quienes dicen estar trabajando –lo que es un dato que se extiende y es común para todo el país– son pobres por contar con magras remuneraciones. Y, en Mendoza, el factor ingreso, propiamente dicho, es mucho más relevante que en otras partes del país y en su promedio general. Por caso, un profesional recién recibido y con un empleo inicial, por su cuenta o en relación de dependencia, no llega a cubrir los ingresos mínimos que lo ubiquen por arriba de la línea de la pobreza, mientras que, con la asistencia por medio de planes de diversa naturaleza, cualquier beneficiario puede llegar a reunir entre 50.000 y 60.000 pesos.

La reconstrucción de Mendoza depende de la incidencia y conjunción de varios factores alineados. Decisión política y coraje para salir de la actual inercia. Un posible candidato o aspirante a la Gobernación de la provincia, cualquiera sea sin especificar partido o ideología alguna, debe preguntarse para qué quiere llegar a la Gobernación: si para administrar lo que hay, y que solo consiste en distribuir recursos de miseria propia de un Estado sin plata o decididamente pobre; que lo que tiene le alcanza para pagar sueldos y mantener a duras penas los servicios esenciales en pie y sin un peso para infraestructura que pueda mover en parte a la industria de la construcción. Hoy, bien puede llegar a la Gobernación para todo esto, o bien para darla vuelta como una media. Coraje, decisión, fortaleza y convicción para los cambios. ¿Hay alguien en la sala con tales características?