“¿Cómo se hace la distribución del ingreso si no es, precisamente, sobre aquellos sectores que tienen rentas extraordinarias? ¿A quién le vamos a pedir? ¿A los países fronterizos? ¿A quién? La distribución del ingreso: algo que siempre se declama y que siempre se promete, pero que muy pocas veces se cumple. ¿Por qué? Sencillo: porque hay que tocar intereses de sectores que son muy poderosos. Por eso los llamaba a la reflexión. Por eso les decía que no podía someterme a ninguna extorsión, que era la presidenta de todos y que tenía que gobernar para que los argentinos y las argentinas siguiéramos teniendo costos, también argentinos, en materia de alimentos. Hoy, en la Argentina del gobierno de Mauricio Macri, donde los precios de los alimentos de primera necesidad –harina, pan, fideos, aceite, carne, galletitas– se han ido por las nubes, recuerdo aquellos discursos míos y de otros funcionarios de nuestro gobierno explicándoles que estábamos cuidando la mesa de los argentinos… ¡Dios mío, cuánto tiempo!… Y siempre tropezando con la misma piedra.”

La cita le corresponde a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Es un fragmento de Sinceramente, su best seller escrito y publicado en el arranque del segundo trimestre del 2019, página 216, capítulo: Una yegua en el gobierno (2007/2011). Por el tiempo en el que el libro de Fernández de Kirchner llegaba a las librerías, el país se preparaba colectivamente para cambiar otra vez de color político en su conducción política e institucional. Cuatro años atrás, en un acontecimiento histórico por donde se lo viese, el mismo país había decidido dar un volantazo y despojar del poder al kirchnerismo después de haber gobernado durante doce años seguidos. Hacia el final del 2019, con la derrota confirmada en manos del designado por Cristina, Macri y el resto de los principales dirigentes de aquella coalición de gobierno, hoy en la oposición, rescatarían haber llegado hasta el final del mandato y poder cumplirlo de principio a fin, algo que no había sucedido con una administración no peronista desde 92 años atrás.

En abril del 2019, Cristina se revelaba sorprendida y hasta estupefacta, sin comprender cómo el pueblo los había corrido del poder en manos de un personaje como Macri y representante de ideas que veía tan lejanas a los intereses del pueblo. Pero por el tiempo en el que ella escribía esas líneas, el dólar, de los precios de la economía por lejos el más sensible de todos para los argentinos, se ubicaba en 43,20 pesos para la compra y 45,20 pesos para la venta.

La crisis desatada en el gabinete de Alberto Fernández puso al país, una vez más, al filo del precipicio. El presidente y Cristina, llevaron a todo el mundo a danzar en esa cornisa sin demasiadas salidas, ni mucho menos expectativas, como se sabe. Al asumir en el ministerio de Economía, Silvina Batakis no agregó nada que despejase dudas. Habló de la continuidad del plan cuando ha sido precisamente la ausencia de plan lo que se le ha cuestionado al gobierno, confesó ser una defensora del equilibrio fiscal y les apuntó a las exportaciones como el medio para generar empleo. Se desconoce lo que ocurrirá hoy, martes, con el famoso mercado y cómo descifrará la llegada de Batakis a la cartera más caliente de todas. Se verá en las próximas horas.

Ahora bien, durante todo el fin de semana, más el lunes, la economía argentina lejos estuvo de mostrar parálisis: navegó a oscuras, a tientas, sin precio de nada. Además del dólar, el resto de los precios mostraba un estado de confusión absoluta, que todo el mundo evidenció y muchos sufrieron por ello. Y al nivel de la calle, en el de la economía social, la conflagración se sintió con fuerza: los productos importados se ofrecían sin precio y tampoco se vendían. Un pequeño emprendedor, de los considerados Pymes, proveedor de frutos secos y otros alimentos, les enviaba a sus clientes los listados sin precio, como el de las frutas glaseadas importadas. En Mendoza, ayer y sólo al nivel de un ejemplo menor que estaba demostrando el nivel de desconcierto en los planos mayores, el ananá, el mango, la papaya, el pomelo, el mango, el melón en cubos y rebanados, más los chips de bananas se mostraban en las listas sin precio y sin existencia. Ese estado de confusión generalizado se extendía en todas direcciones.

El ánimo social colectivo, como se puede inferir, es complicado. Se viene de un fin de semana explosivo donde muy pocos podían llegar a imaginar que se llegara a un enfrentamiento entre los Fernández de semejante magnitud. O bien, que la única jefa del gobierno, Cristina Fernández de Kirchner, condujera a su gobierno a tales fronteras y límites desconocidos.

Hasta el fin de semana, los mendocinos se habían expresado molestos, enojados, pero con ganas de expresarse y con deseos de tomarse de alguna que otra esperanza. Así lo reflejó, al menos, una encuesta provincial realizada por Elbio Rodríguez, días atrás. Quienes accedieron a ese trabajo miraban con detenimiento ese estado de situación que parece no variar con el paso del tiempo en la provincia y que refleja que, pese a todo, la mayoría de los consultados confiesa tener una situación pasable y buena, frente a una minoría, no menos importante hay que decir, que manifestar estar en una situación mala y regular. Los primeros suman un 60 por ciento de los encuestados; los segundos el 40 por ciento restante. ¿Y cómo se interpretan esos datos? Por lejos, se afirma, en la necesidad imperiosa que tienen los mendocinos de aferrarse a lo que fuese, aunque se trate de hilos de luz tenue al final del túnel, para encontrar una salida a la crisis. Una mayoría con deseos de hacer lo que sea y pasar por lo que sea para salir de las llamas. No sólo no es poco. Sorprende, frente a tanto panorama desolador producido por malas praxis y falta de idoneidad.