La gente me para en la calle y me cuenta sus historias. Algunas son intrascendentes pero otras son conmovedoras. De esta última especie es la que les quiero contar. Alberto y Graciela, con lágrimas en los ojos, me hablaron de un joven de 21 años, francés de origen, estudiante de ingeniería, que eligió Mendoza para perfeccionar sus estudios. Recaló en la bodega Cecchin de Rusell, Maipú. Su nombre: Antoine Poizat. Antoine quedó prendado de nuestra tierra, de nuestra gente, de nuestras costumbres. Aprendió a hablar en mendocino y se hizo amigo de cuanta persona se le acercó, sea niño o sea anciano. Admiraba nuestra forma de ser amigos, nuestra forma de querernos, valoraba eso de abrazarnos y besarnos y expresarnos los sentimientos a corazón abierto. Antoine encontró su lugar en el mundo y ese fue Mendoza. Cuatro meses entre nosotros repartiendo alegría, porque su alegría era contagiosa, queriéndonos, agradeciéndonos nuestra forma de ser.

   Dijo repetidas veces que iba a volver para quedarse, que quería quedarse definitivamente aquí. La tragedia hizo que sus palabras se hiciesen realidad. Hubo una despedida entre sus numerosos amigos antes de volverse a su país, plagada de abrazos, que era lo que a él más lo asombraba, y la noche anterior a su regreso, fue a saludar a una niña de su sentimiento en una moto prestada. Un accidente le cortó los pasos, se le escabulló la vida. Quedó en estado de coma. Sus padres llegaron de Francia rápidamente y decidieron lo que Antoine quería: quedarse aquí, resolvieron donar los órganos de Antoine para que siguiera alimentando la vida de aquellos que le habían dado tanta felicidad. Y aquí quedó Antoine para siempre, su cuerpo está repartido en otros cuerpos que tal vez no conozcan esta historia.

   Una historia que, por un lado, nos rescata como pueblo amigo, por nuestra forma de ser que a veces despreciamos, y por otro lado, rescata la solidaridad de una familia francesa que entendió que Antoine merecía seguir con vida en el lugar en que la vida le había sonreído. Me cuenta cosas la gente por la calle, me hace crecer, me llena de emociones, ojalá que mis palabras puedan acercarse aunque sea mínimamente a tanto sentimiento. Antoine no sé por dónde andarás, pero seguís siendo de los nuestros. Un abrazo, mon ami.