Cecilia, 40 años, casada tres hijos

Después de un noviazgo de cuatro años me casé con Santiago, mi marido. Los dos teníamos menos de 25 años y el futuro se presentaba luminoso, cargado de éxito. Éramos profesionales incipientes pero con muchas perspectivas de progreso; trabajábamos duro y cada uno en lo suyo. La vida prometía darnos mucho, sabíamos que con esfuerzo y dedicación, sumados a la educación que recibimos, tendríamos lo que queríamos. Y así fue… al menos al principio.

Con Santiago soñábamos con formar una familia y darles lo mejor a nuestros hijos. Al poco tiempo de casados empezamos a buscar un hijo, pero pasaban los meses y no quedaba embarazada. Al año de intentarlo hicimos una consulta a un especialista en fertilidad y después de hacernos los estudios, nos dijo que no había impedimento físico en ninguno de los dos. Fue duro aceptar algo incomprensible; éramos sanos pero no podíamos engendrar hijos ¿Dónde estaba el problema? Comenzamos con distintos tratamientos que fueron fracasando sistemáticamente y empezamos a vivir un fuerte desgaste emocional hasta que empezamos a conversar sobre una posible adopción. Durante el tiempo que nos demandaron los estudios para declararnos aptos como adoptantes, las psicólogas de los equipos técnicos nos dijeron que para los bebés recién nacidos o de pocos meses la espera iba a ser larga, pero que si nos inscribíamos para chicos de más de dos años, los tiempos se acortarían mucho. Así fue.

A los cinco meses llegó Teo, un gordo de tres años que se dejó besar y abrazar desde el principio mientras nos miraba con unos ojazos oscuros y unas pestañas larguísimas. Teo se adaptó bien a los dos, su carita no tenía casi expresión pero se dejaba querer. No había tenido ningún tipo de estimulación temprana, decía muy pocas palabras y no controlaba esfínteres. Antes de adoptarlo, sabíamos de sus orígenes biológicos complicados, una madre alcohólica, de bajísimo coeficiente intelectual y un padre desconocido. Esta información no modificó nuestra decisión de recibirlo como hijo. Lo quisimos desde el primer momento en que lo vimos y sabíamos que viviríamos para darle todo lo necesario para que recuperara lo que le había faltado y, de alguna manera, modificar su destino. Sin duda, una mirada entusiasta y omnipotente.

Poco a poco Teo empezó a comer solo, pudimos sacarle los pañales, comenzó a jugar con los juguetes y a bailar al ritmo de la música. Iniciamos así una estimulación tardía de la mano de una psicóloga especialista en el tema de adopción. A Teo le gustaban los cuentos y las canciones infantiles y si bien se lo veía a gusto, su carita no manifestaba alegría, era más bien retraído. Empezó a vincularse con la familia extensa, con los primos algo más chicos; jugar a la pelota era el mejor modo de conectarse con él. De todas maneras, nos dábamos cuenta de que era difícil comunicarse con Teo.

Al año de llegar Teo quedé embarazada, sin pensarlo ni esperarlo. Pedro llegó para multiplicar nuestra felicidad y Teo lo recibió con alegría. En estos primero tiempos de los chicos, con Santiago corríamos todo el día divididos entre nuestros trabajos y ellos. Teníamos una señora que vivía con nosotros a quien los chicos adoraban, lo que nos permitía poder seguir creciendo profesionalmente.

Cuando lo perfecto deja lugar a lo real

Pero un día el hechizo mágico de la felicidad que parecía ser eterno comenzó a romperse. Fue cuando Teo estaba en jardín de cinco. La maestra me mandó a llamar y me dijo que lo veía muy distraído, que no seguía las consignas ni obedecía, que parecía estar en otro lado. Por mi parte empecé a darme cuenta de que no tenía un vocabulario acorde a su edad. Por otra parte era un chico sensible, soñador y con importantes destrezas físicas. Lo único que nos costaba entender era por qué no tenía muchos amigos. Yo le promovía invitaciones y los chicos venían a jugar a casa, pero después las otras madres no llamaban para devolver la invitación. Fuimos piloteando la situación con matrimonios amigos que tenían hijos de la edad y eso fue de una gran ayuda.

Pero el primer informe del jardín fue otro llamado de atención. Teo no terminaba nunca la tarea que señalaba la maestra, cuando la consigna era guardar los juguetes, él en lugar de guardar “cada cosa en su lugar” las sacaba para seguir jugando. A mediados de año empezaron con las letras y los números. A final de año él no sabía ninguna letra ni reconocía los números. Empezó a aislarse dentro de la sala y para las maestras de materias especiales como música, pintura y gimnasia Teo no existía. Primer golpe de timón. Ese no era el colegio para él.

Decidimos que su primer grado sería en un colegio más pequeño, donde pudieran hacer un seguimiento más cercano. Mientras tanto yo dejaba mi trabajo por otro menos demandante para poder dedicarme a desentrañar lo que estaba pasando en nuestro hijo. Empezó primer grado en otro colegio; pero la situación, en lugar de mejorar, fue empeorando. No sólo no hacía lo que la maestra pedía, sino que no dominaba el cuaderno, los palotes se salían de las hojas y las letras era enormes y desparejas. Empezaba a llegar a casa con juguetes, lápices y cosas ajenas pero cuando le preguntábamos porque traía eso nos decía que se lo habían regalado.

Entonces, decidimos consultar a un equipo de neurología infantil. Le realizaron todos los estudios. No había nada anormal en su cerebro, anatómicamente era sano y tenía el desarrollo correspondiente a su edad. Pero el equipo nos dio un diagnóstico: trastorno por déficit de atención con hiperactividad. El tratamiento era mediante una medicación y algún apoyo psicopedagógico. Se trataba de un gran equipo de profesionales, pero después de indagar en los efectos de la medicación, y de consultar con la psicóloga que nos atendía, decidimos no medicarlo. Seguimos trabajando con la psicóloga y sumamos una psicopedagoga que nos ayudó en proceso de aprendizaje.

En medio de esta situación volví a quedar embarazada de Simón. Santiago tuvo que cambiar de trabajo y la situación económica de la familia se fue complicando; pero los chicos seguían su vida con normalidad. Las libretas de Teo eran regulares, pero no había nada que llamara la atención, solamente en las apreciaciones de la maestra: Teo progresa poco a poco gracias al constante apoyo de su familia. Y era verdad, yo estaba muy encima de él, de sus tareas. Eran la mortificación de cada tarde. Así, Teo iba a los empujones pero pasaba de grado… Hasta que la armonía se rompió definitivamente.

Mi hijo, un desconocido

Un día yo estaba cocinando cuando Teo levantó la tapa de la olla, escupió adentro y siguió caminando como si no hubiera hecho nada. A los pocos días, mientras participaba de un juego de mesa con sus primos, como venía perdiendo, dio vuelta el tablero y acabó con el juego de todos. Estaba en tercer grado y faltaba poco para que cumpliera nueve años. Empezó a irritarse con facilidad, a molestar de manera sistemática a sus hermanos, a golpearlos con fuerza. En medio de una conversación hacía comentarios sin sentido. No entendíamos nada. La desesperación y la impotencia empezaban a ganarnos. De nuestras bocas sólo salían ruegos de paz, hasta que también terminábamos nosotros dos, sus padres, fuera de nosotros mismos. ¡Basta! ¡Cortala! ¡Andate a tu cuarto! Teníamos que controlarlo y más de una vez hubo tirones de pelo y empujones.

Con Santiago quedábamos exhaustos después de estos episodios y la autoestima de Teo caía en picada. Después de sus actos más tremendos como meterme la traba cuando subía la escalera con Simón en brazos hasta golpear malamente a su hermano, se encerraba en su cuarto y se hacía un bollito en un rincón y lloraba desconsoladamente. Santiago, que es más paciente que yo, llegó a pasar varias horas al lado suyo intentando sacarlo de esta situación y sin poder tocarlo ni acariciarlo porque él no lo permitía.

Volvimos a la psicóloga apenas comenzaron estas conductas y comenzó a tratarlo hasta que un día nos dijo que ella ya no podía hacer nada. Nos derivó a otro profesional, que tampoco pudo ayudarnos demasiado. Empezamos a buscar bibliografía sobre el trastorno del déficit de atención. Los síntomas de mi hijo eran de manual, pero seguía resistiéndome al tratamiento que incluía medicación.

El día a día se había transformado en un verdadero infierno. Teo nos decía de manera permanente insultos tremendos y agraviantes o rompía vidrios a pelotazos. Hacer las tareas de colegio se había transformado en un estéril, titánico y vano esfuerzo de mi parte. Nuestro vínculo madre-hijo, hasta entonces armónico, dulce y fluido, se debilitaba a pasos agigantados. En las casas de los vecinos ya no lo recibían para jugar porque no reconocía límites –según me admitieron tiempo después las madres de los chicos- y a él ese rechazo lo afectaba. Llegamos a evaluar la posibilidad de que Santiago se lo llevara a vivir con él a otro lado hasta que pudiéramos controlar su conducta, algo que por suerte no llegamos a hacer; hubiera sido un gesto rotundo de rechazo del que hubiera sido difícil volver.

Mientras tanto, también Pedro – nuestro segundo hijo – empezó a andar mal, se sentía avasallado por su hermano; Teo le arruinaba los juegos, le echaba los amigos, se sentía asfixiado, lo culpaba de cosas que no había hecho, era el blanco elegido por Teo a la hora de canalizar su cólera. Tratamos de contenerlo pero en lugar de hablar se cerraba cada vez más. Buscamos otra psicóloga, esta vez para Pedro; empezamos a mandarlo a casa de sus abuelos los fines de semana para sacarlo del medio de la tormenta. Comenzamos a buscar espacios propios para él, a separarlo, a conversar con él solo. Empecé también a llenarme de culpas. Culpa por no haberme ocupado de él, por considerar que no nos necesitaba, por haberle puesto todas las energías en Teo, por aceptar su independencia y autonomía a pesar de ser un niño. Pedro había llegado a su límite y nos lo decía con palabras. ¿Por qué no se va? ¡Si no se va él me voy yo. Lo odio!. Tenía sólo seis años y me estaba dando una alarma, debía ocuparme de él, también me necesitaba.

Yo estaba exhausta, lloraba y rezaba con la misma intensidad; le pedía a Dios que me marcara el camino, que haría lo que fuera necesario. Siempre fui creyente, pero además de creer en Dios creía en mí misma, en mis propias fuerzas, en mi inteligencia práctica y en mi capacidad de resolver de manera efectiva las situaciones más diversas. Esta vez había llegado a mi límite. La vida me ponía frente a un espejo que me mostraba una mujer agotada, que había hecho todo por su hijo y que no podía más. Fue en ese momento que, al borde del abismo, me solté, me liberé, le pedí a Dios que hiciera el resto. Dejé la vida de Teo en sus manos, decidida a seguir peleando por sacarlo adelante pero entregada verdaderamente a Él.

Sobre mediados de septiembre, la maestra del colegio nos mandó a llamar. Era una mujer grande, experimentada, sensata. Empezó con algunos rodeos y nos habló de las dificultades de Teo, a su juicio fruto de su desatención. De su junta con los más revoltosos del curso, de su falta de autonomía y fundamentalmente de que la base de sus conocimientos tenía muchos baches. Le preguntamos si lo que ella sugería era que repitiera de grado y nos dijo que sí, que en el caso de Teo era necesario.

En ese momento dimos otro golpe de timón: con la cola entre las piernas volvimos al equipo de profesionales neurólogos, psicólogos y psicopedagogos que originariamente habíamos consultado. Ahora su diagnóstico era aún más contundente: déficit atencional con hiperactividad, a lo que se sumaba la constante que habíamos vivido el último tiempo “oposicionista – desafiante”. Nos explicaron que no se trataba de un problema basado en la anatomía del cerebro, sino de la química del cerebro. El tratamiento incluía medicación y esta vez lo aceptamos. La estrategia era compleja pero estaba a nuestro alcance. Lo primero era “sacar la escuela de la casa”; para eso había que buscar una maestra de apoyo que lo ayudara con sus tareas para empezar a recomponer el vínculo, sesiones de psicopedagogía para diseñar un plan y recuperar el tiempo y conocimientos perdidos, y de psicología para trabajar la conducta.

Pequeños y firmes pasos

Lo que siguió fue un gran trabajo que poco a poco empezó a dar sus frutos. Hablamos mucho con él, que tuvo que aceptar repetir de grado. Toda la familia se abroqueló en torno de él y con esa contención le fue más sencillo enfrentar su situación. Poco a poco fuimos recomponiendo nuestro vínculo. Al principio se resistía a tantas sesiones, pero luego se fue allanando al tratamiento. Empezamos a hablar mucho, él nos escuchaba. Había que acortar las distancias que nos había puesto tanta agresividad, decirle que lo queríamos, que él había sido elegido por nosotros. Empezar a nombrar sus fortalezas y sus virtudes fueron los primeros pasos. Teo se fue ablandando. Empezó a devolver caricias y abrazos.

Estaba más tranquilo y eso hacía que todos también lo estuviéramos. A pesar de su parquedad, pudo empezar a hablar y a tener demostraciones de afecto. Varias veces nos dejó cartas en la mesa de luz, esta vez nos agradecía por todo lo que hacíamos por él y nos decía que éramos los mejores papás. Un día me abrazó y me dijo que él hubiera querido salir de mi panza, que “sabía” que no había salido de allí pero que “sentía” que sí. Y le expliqué que estaba en lo cierto, que su mamá biológica era otra pero que yo lo había “parido” con el corazón durante todos estos años.

Empezamos a leer juntos un diario con fotos y anécdotas que comencé a escribir desde que llegó a casa, su bautismo, la caída del primer diente, sus cumpleaños, las vacaciones en la nieve… Necesitaba escuchar cuánto lo queríamos, cuanta gente lo quería, las cosas buenas que tenía, todo lo que lo hacía único, especial, distinto. Tenía que reconciliarse con sí mismo para poder hacerlo con los demás.

Hoy Teo se siente querido, valorado y reconocido. El apoyo del colegio fue fundamental para la recuperación de su autoestima y para darle la posibilidad de recobrar el tiempo perdido. El tratamiento sigue su curso, la medicación es un engranaje más que permite establecer los cimientos a partir de los cuales construir conocimientos y hábitos, concluir tareas, cumplir con obligaciones, incorporar la noción del otro como alguien merecedor de respeto. Esperamos que no deba tomarla para siempre. Hoy tiene 18 años, acaba de terminar el colegio con éxito. Su vida es la de un adolescente más, tiene un grupo de amigos y amigas, sale a bailar, es un gran deportista y sigue siendo un chico muy cariñoso. Es considerado con sus hermanos, ayuda en casa, reconoce su distracción y trata de combatirla; con los recursos que ha desarrollado y los que tiene a mano muchas veces puede hacerlo.

A menudo me angustia su futuro, todavía no sabe qué estudiar, así que se tomará el año para pensarlo y mientras tanto trabajará como cadete en una empresa de un amigo de la familia. No me relajo con lo ya logrado, simplemente disfruto de un adolescente feliz, lo que no es poco. Con Santiago hablamos mucho de todo lo que pasamos y lo que esto significó para nosotros como pareja. Todo esto nos fortaleció y nos unió mucho. Entendemos que fue fundamental no negar, haber aceptado lo que le estaba pasando a nuestro hijo y habernos puesto manos a la obra. Fue importante no bajar los brazos cuando veíamos que había que cambiar el rumbo. Fue vital escuchar a los que nos aconsejaron y también seguir nuestra intuición de padres.

Sacar adelante un hijo con este tipo de trastorno no es fácil en ningún plano, tampoco en el económico. Los tratamientos son costosos y la medicación también. La investigación sobre la enfermedad lleva pocos años, por lo que no son muchos los profesionales capacitados en esto y los más preparados no atienden por obra social. La medicación que Teo toma actualmente es muy cara y la obra social nos reconoce sólo una parte.

Para mí fue fundamental haber luchado codo a codo con Santiago para sortear todos los problemas con los que nos enfrentamos. La familia extensa jugó también un rol importante, especialmente en lo referido a la contención. Abuelos, tíos, padrino y madrina, tías, primos, son los pilares. Él sabe que lo quieren y apoyan. Nuestros matrimonios amigos también jugaron un papel determinante: cuando Teo no tenía a donde ir, cuando todas las puertas se cerraban, ellos con sus hijos lo recibían en sus casas y nos ayudaban a contenerlo. Esta enorme red es la que lo sostiene, una red tejida en base a madejas de afecto y solidaridad de muchos y con el amor incondicional que sus padres le tenemos. Nosotros hacemos todo lo humanamente posible, tenemos la mirada alerta y el corazón abierto. Y a Dios le encomendamos el resto.