Buenos días, a pesar de todo.
Toda profesión tiene su lado criticable, porque los que ejercemos esas profesiones somos seres humanos con debilidades, imperfectos, ambiciosos, a veces interesados, ventajeros, que pretendemos sacar siempre más de los que nos corresponde. Hay profesiones que son claramente criticables, por ejemplo la de los abogados. Los chistes soncontundentes. Dios y el Diablo deciden dirimir sus disputas en un juicio y el Diablo comienza a reírse “¿De qué te reís?” –le pregunta Dios.
Y el Diablo contesta: “Es que en el juicio no sé quién te va a defender, no hay un solo abogado en el Paraíso”. Con los médicos también hay cuestionamientos serios, porque algunos hacen un negocio de su profesión y entonces no dudan en operar una hemorroide por más que el paciente tenga una angina.
Todos sabemos que hay instituciones médicas dedicadas primero a la plata y después a la salud. Lo he dicho, he hablado de la mala praxis y he hablado del famoso ana- ana con que algunos médicos cobran comisiones. Pero también están los otros, los abnegados, los sacrificados, los que aman su profesión, los que hacen enormes esfuerzos para superarse, los que muestran un espíritu solidario excepcional, los que realmente cumplen con el juramento hipocrático. Me inclino ante ellos, me arrodillo, porque son los que combaten la muerte todos los días y han ganado muchas batallas. Les cuento: estuve en la guardia del Hospital del Carmen. Todo tranquilo, todo dominado en la oquedad de la noche de Godoy Cruz, conversando con las jefas de Guardia en su salita, una salita miserable en donde ni el baño funciona, pero ahí estábamos, confortables. Me contaron de las carencias, dijeron cosas que me sorprendieron.
Los jóvenes médicos no vienen a trabajar a las guardias de los hospitales, prefieren un destino más cómodo. Me dijeron: “A veces tenemos que abocarnos a especialidades que no nos competen”. Llega una mujer con el aparato genital destrozado y tenemos que hacer de ginecólogos; llega un contuso en la cabeza y debemos meternos en el campo de los neurólogos porque los especialistas no están a mano, pues son pocos, porque no vinieron. Charlábamos y de pronto una sirena que se acerca.
Las enfermeras se pusieron en estado de alerta. “Viene para acá”, advirtió una. “Es un herido”, adelantó otra. Ya sabían qué estaba por pasar escuchando el sonido de la sirena.
“Vamos”, se dijeron. Y empezó la batalla, movimientos, corridas, la ambulancia que llega, órdenes que se dan en voz alta, mujeres que se transforman en leonas, en titanes, y el enfermo que llega y todo es tensión, seriedad, angustia, corridas, los camilleros que van y vienen, los enfermeros que salen de su letargo y acuden presurosos, la preocupación gana todos los espacios. Se escucha un “se nos va”; “que no se nos vaya, vamos a ganar esta”. Fue media hora de espanto. Yo, como una estúpida estatua, parado, inmóvil, mirando. El paciente se les fue, y entonces vinieron los brazos abatidos, las miradas en los zapatos, la transpiración, seguramente, mezclada con algunas lágrimas, el silencio. Se me aceró la jefa y me dijo: “La pu… se nos fue, ahora me toca a mí darles la noticia a los padres”. Le contesté ilusamente: “Bueno, pero habrás hecho esto muchas veces”. Me miró con piedad, miraba a un ignorante; “Muchas veces lo hice, Jorge, pero siempre es la primera vez”, me respondió.
Me fui a las seis de la mañana, caminando bajito por la noche de la calle del Hospital del Carmen. Me di vuelta para mirar la puerta, había luz, y me dije: no hay luz más grande que esa luz.
