Por causa de las decisiones tomadas en el año 553, en el Concilio de Constantinopla, que fue una reunión celebrada por las Iglesias católica y ortodoxa, con fines de establecer acuerdos doctrinarios y de fe, muchísimas personas en todo el mundo han experimentado la ignorancia, con sus funestas y profundas consecuencias hasta hoy en día, también en lo concerniente a la moral y la ética en la vida privada y pública. Desde entonces, y a raíz de las decisiones tomadas en ese concilio, la fuerza interna, que redime y cura el alma, sólo puede actuar en una medida relativamente pequeña, porque se nos ha enseñado, doctrinariamente, por ejemplo, que la sola fe basta; con ello, además, todo conocimiento espiritual, toda experiencia de Dios, toda vida interna, religiosa, se declara superflua, nula y nimia.

       Desde Constantinopla, lo cristiano, al fin y al cabo, ya no es cristiano, sino que el “cristianismo” es una herramienta, un instrumento puesto prácticamente en las manos del adversario. La ley universal de siembra y cosecha, viene a demostrar la existencia de la reencarnación, un conocimiento ancestral que también poseían los primeros cristianos y que, posteriormente, nos fue ocultado. La reencarnación no es un castigo de Dios, sino su justicia y no menos su gran amor, que da al hombre y al alma la oportunidad de reparar, es decir, pedir perdón y perdonar todo lo contrario con lo que nos hemos cargado siendo hombres y liberarnos así de la carga y del peso que hemos impuesto a nuestra alma.