Juango López era medio flojo como reportero policial. El fútbol y los amigos encarnaban sus grandes pasiones. No le faltaba capacidad, pero no estaba enganchado con el trabajo. Posiblemente este fue el motivo por el cual lo mandaron a levantar información sobre los limpiavidrios que trabajaban en el límite entre Capital y el departamento de Godoy Cruz. Un informe sencillo, ni siquiera una crónica. En realidad, el gordo era un liviano, valga la paradoja. Según sus compañeros, no tenía aspiraciones materiales ni matrimoniales ni laborales. Cuando el jefe le dio este asunto de la esquina, de inmediato se sintió agradecido. Ni tiros ni cadáveres, ninguna cosa seria que redactar.
Pero, en el mismo momento que pensaba esto, advirtió que su tarea se complicaba con cierto compromiso personal. A los chicos de la calle les tenía respeto. Cuando podía, los ayudaba, conversaba con ellos, los hacía sentir compinches, aliados. Llegó temprano. Se quedó parado en la esquina, como esperando a alguien, mientras escuchaba el chamullo de los pibes cada vez que el semáforo se ponía rojo. -“Ya está muñeca, no me des nada”. -“Aunque sea una moneda para la comida, doñita”. -“Eh, chabón, no me cortés el auto que es mío”. Un minuto dura el rojo. En ese tiempo asaltan los vidrios del vehículo. Estos muchachos cometen penales todo el tiempo, la tarjeta roja los desplaza, la tribuna los silba y los insulta: negros, villeros, terroristas urbanos.
En realidad no juegan ni en primera D, están de más, reflexiona con tristeza el Juango. Anotó cuidadosamente que los vecinos aseguraban que cuando estos casi jóvenes estaban en la esquina, no había robos en las casas. Pero que cuando la policía los echaba, solían padecer atracos. Con el Laucha conversó al rato de haber llegado. “A lo primero me daba vergüenza limpiar los vidrios con toda la gente mirándome”, le confesó el pibe. “Me las rebusco así antes de salir a hacer cualquier gilada, ¿viste? Algunos vienen a chorear, pero nosotros los sacamos cagando”. López se enteró también de que era leproso y, además, bostero.
Otros tres se acercaron empujándose. “No hagan quilombo”, les gritó el Laucha. Ese día López les compró choripán a todos. Y luego dedicó un tiempo importante para preparar el informe. Se leyó todos los discursos sobre los niños de la calle. Al terminar de escribirlo parecía un editorial. Abordó en profundidad el estado de supervivencia laboral y la situación de postergación económica, social y cultural de los limpiavidrios. “Supervivencia laboral, postergación económica”, repetía con admiración. La pucha, sí que tenían vocabulario los políticos. Cuando el jefe leyó el trabajo, quedó impresionado. Lo miró cuasi con respeto. Me mandé una goleada, pensó López, y se fue campante. Cuentan que el domingo llevó a la cancha al grupito de la esquina. Yo no lo puedo confirmar.
