El acto de crear me regala una de las sensaciones más puras de libertad. En estos últimos cinco años me di cuenta que dibujar para mí es como respirar o comer; no puedo pasar un día sin hacerlo. 

La ilustración llegó de la mano de muchos profesores que decían que mis trabajos eran “como de cuentos” y que tenía que hacer algo con eso. Lo único que tenía claro es que me encantaba crear personajes y hacerlos convivir en mundos imaginarios. La música y los libros me sirvieron de inspiración. Una tarde, una de mis profesoras me trajo un volante sobre un curso de ilustración infantil y me convenció de asistir. Así empezó todo. Mis historias fueron floreciendo día a día, mis dibujos también; empecé a nutrirme de imágenes de otros ilustradores, a encontrar mis referentes. 

Aprendí técnicas para expresarme mejor en otros soportes (como el digital). Es algo de lo que no puedo despegarme, no puedo evitar pensar en una historia corta y dibujarla, y no puedo dibujar algo sin crearle luego una historia. Me ayuda a soñar y a intentar hacer soñar a los demás. Creo que mis trabajos tienen un aire “surrealista” porque son personas y lugares que solo existen en mi mente. Comparto este mundillo, porque es allí donde mi creación termina de completarse. 

La fotografía me sirve para expresar cosas similares. Algunos elementos que fotografío los incluyo en mis trabajos a modo de collage digital. Me gusta que un objeto cotidiano participe con otra utilidad en un mundo al que no pertenece. Crear es para mí un juego eterno y maravilloso, una manera de vivir sin arrepentirme del tiempo que paso haciéndolo.