Bolivia.– He llorado pocas veces delante de la gente. Creo que hay que ser fuerte, que la rabia se tiene que convertir en acción. Pero aquella vez no pude aguantar las lágrimas. Iba desde Santa Cruz, Bolivia, hasta Camiri, un pueblo a 295 kilómetros de esa ciudad. Nunca en mi vida había andado por caminos así, sin carreteras, sin un barcito al costado ni un baño, ¡nada en absoluto! Llovía mucho y el barro no me dejaba avanzar. Había aterrizado a las diez de la mañana en Santa Cruz; era la una de la madrugada y seguía en la ruta. A mitad de camino, nos desviamos un poquito para llegar hasta un pueblecito indígena, muy pequeño, muy pobre. Allí me estaban esperando, en una sala, unas cuarenta mujeres guaraníes. Estaban allí desde las cinco de la tarde y todavía me esperaban ansiosas. Unos sacerdotes que les enseñaban técnicas de enfermería les habían dicho que llegaba para controlar la enfermedad de Chagas. ¡Y yo que no sabía ni lo que era el Chagas, ni lo que era una vinchuca! Estaba agotada, era muy tarde, todo era nuevo para mí. Al ver sus miradas de esperanza puestas en mí, y sin saber qué decirles, me largué a llorar…”.
Esa fría noche de febrero de 1998, en esa población perdida en medio del Chaco boliviano, Pilar Mateo (50) empezó a escribir un nuevo capítulo en su vida. Hasta ese día, era una doctora en Química de carrera en ascenso, nacida en Valencia, con varios premios y reconocimientos profesionales. Había dado conferencias en congresos internacionales y presentado brillantes tesis. Ya tenía dos hijos. Recientemente, había desarrollado la fórmula de una pintura insecticida, no tóxica y ecológica, que prometía ser la solución a las cucarachas en Europa. En eso andaba cuando, un día, la llamó un tal Cleto Cáceres, un médico boliviano que se encontraba en España buscando insecticidas y alternativas nuevas que pudieran combatir uno de los peores flagelos de su país: las vinchucas. Cáceres había leído en un diario acerca de la pintura insecticida y no tardó un segundo en rastrear a Pilar. Cuando la encontró, ella lo invitó a su casa, y después de ese encuentro, aceptó seguirlo hasta el corazón del Chaco boliviano.
¿Qué recordás de ese encuentro?
Que estábamos sentados los dos en el salón de mi casa en Valencia, tomando un café, muy relajados. Él tendría unos 40 años y yo, unos 37. Estábamos hablando de lo más tranquilos cuando, de repente, me miró a los ojos y me dijo: “Doctora, mi pueblo se muere. El 80% tenemos Chagas ¿Puede ayudarnos?” Me impresionó tanto, tanto, tanto que sentí que tenía que ir a Bolivia y ver yo misma qué era eso del mal de Chagas y por qué se estaba muriendo la gente.
¿Qué te impresionó de la charla con Cleto Cáceres para llegar a esa conclusión?
Que me dijera “tenemos”, en primera persona: él también era un enfermo. Me estaba hablando de salvar vidas. ¡Y yo no me imaginaba que podía salvar vidas con una pintura!
¿Cuánto tiempo te llevó tomar la decisión?
Nada. La tomé en el momento (se ríe).
¿Cómo siguió la historia?
Me fui en febrero de 1998 con la idea de llevar mi producto, pintar las paredes de las casas y ver si funcionaba. Pensé en llegar antes que el contenedor de pintura, que estaba mandando desde España, para ir organizando las tareas. Según mis planes, me iba a quedar un mes.
¿Qué pasó cuando llegaste a Camiri y a las poblaciones guaraníes cercanas?
Cuando me metí en las poblaciones guaraníes, fui muy contenta, como científica, a ver las casas y me encontré con una gran sorpresa: vi a una familia compuesta de un matrimonio y cinco niños que tenía una casa construida con sólo cuatro palos y una esterilla en el suelo para dormir. Entonces, dije: “No sé qué voy a pintar ¡porque aquí no hay ni paredes!”

A partir de su llegada al pueblo de Camiri, Pilar tuvo una sorpresa tras otra. Descubrió que los caminos no tenían carreteras y que el acceso al pueblo era muy difícil, en especial porque las lluvias incesantes embarraban los senderos de tierra. Esto hizo que el contenedor de pintura no llegara a tiempo, porque se quedó varado en Santa Cruz durante tres meses. Pilar se llevó otra sorpresa: las casas de los pobladores que ella pensaba pintar no tenían paredes. Además, había hambre y pobreza. Mucha.
Ante semejante panorama, Pilar se podría haber vuelto a su primerísimo primer mundo; en cambio, no se sacó el mameluco de trabajo ni dejó que tanta adversidad la aplastara. Ella quería aplastar a las vinchucas, “aunque fuera a ladrillazos”. Entonces, decidió usar el ingenio. Supo que en la zona había un programa del Banco Mundial de Alimentos que no se estaba ejecutando bien, llamó a ese organismo internacional y le pidió que hiciera un traspaso para que esa ayuda llegara a Camiri y sus alrededores. Pensó que para empezar a luchar contra la vinchuca con la pintura, lo primero que había que hacer eran casas que tuvieran paredes donde aplicarla. Organizó a los hombres de las comunidades en grupos de siete y, a cambio de que construyeran casas, les ofreció la comida que había conseguido. “Recuerdo que en aquel momento pensé que si hubiera sido química en la Prehistoria, algo se me habría ocurrido. Entonces, encontré unas plantas que tenían resina y las machaqué, les saqué el caldo y las dejé macerar –cuenta–. Con heces de burro y de vaca y con barro, preparé un adobe compacto e impermeabilizante que usamos para levantar las paredes. A los hombres les ofrecí 25 kilos de comida a cambio de construir algunas viviendas y les prometí que cuando las acabaran, les daría 80 kilos más. Los tenía a todos haciendo casas. Y les enseñaba que debían limpiarlas por fuera y por dentro para mantener lejos a los bichos”. Aquella primera vez, Pilar no se quedó un mes, como tenía previsto, ¡se quedó ocho! Y volvió, una y otra vez, hasta el día de hoy. En casi doce años de ir y venir de Bolivia a España y de España a Bolivia, unos meses acá, otros meses allá, los indígenas de esas comunidades subtropicales aprendieron a confiar en ella y a quererla. Muchos la llaman “el ángel blanco”, porque siempre anda vestida con su mameluco de ese color y con el pincel en la mano.
Decías que llegaste con la prepotencia del primer mundo y que pronto se te bajaron los humos.
Creo que todos –no sólo los que venimos de allá– tenemos la prepotencia del que lo tiene todo. Además, es muy fácil ser solidario cuando uno cuenta con recursos. Llegas pensando que vas a solucionarlo, “que yo sé mucho”, “que la química”, que esto, lo otro… Luego te das cuenta de que no es un problema de química, ni es un problema de insecticidas: es un problema de pobreza. De indignidad, de viviendas, y de hacer las cosas bien. Pues, bueno, yo fui como científica y me hice indígena. De vivir como vivía en España, pasé a vivir como viven ellos: sin nada. A pasar calamidades, a convivir con las vinchucas.
¿Cuándo tomaste conciencia de la dimensión del desafío que implica trabajar para erradicar la vinchuca de las comunidades indígenas de Bolivia?
Pues, mira, como desafío importante, yo te diría que hace pocos años. Porque yo no sabía que alrededor del mal de Chagas existían tantos problemas económicos y académicos, tantos científicos involucrados… Y que para poder avanzar con mi trabajo, tenía que ser evaluada por tantas organizaciones internacionales, ni rendir tantas pruebas, ni tanto, tanto más. Me decían: “Tienes que publicar tus investigaciones; si no publicas, no existes”. Y yo respondía: “¡¿Pero cómo voy a publicar si lo que yo quiero es matar el bicho y que la gente no tenga hambre?! ¡No tengo tiempo! ¡No me puedo permitir ese lujo!”. Estaba metida en un circulo vicioso y nadie iba a Camiri para evaluar la pintura y ver si se podía aprobar.

¿Cómo seguiste adelante a pesar de todo?
Llegó un momento en que les dije a los indígenas: “Oigan, yo no puedo luchar más contra la corrupción, ni puedo pasar años publicando, porque tengo que vivir y no puedo más”. Poco a poco, ellos fueron tomando esta causa como propia. Ahora están movilizados de tal forma que son ellos los que han conseguido los recursos necesarios para construir miles de casas.
¿Cómo hiciste con tus hijos todo este tiempo?
Tuve la gran suerte de que mis padres disfrutaran mucho de quedarse al cuidado de ellos, y yo estaba muy tranquila dejándolos con sus abuelos. Los chicos, desde pequeños, estuvieron comprometidos e involucrados en todo. Mi hija, Jessica, lleva tres años viniendo a Bolivia y tiene un proyecto, Campamentos sin fronteras, donde jóvenes de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra y de Camiri llevan de campamento a los niños más pobres. Santiago, mi hijo, está por empezar un proyecto de fútbol. Mi madre, cuando murió mi papá el año pasado, luego de cincuenta años de convivencia, estaba muy mal. Entonces, le dije: “Mamá, tienes que hacer algo”. Como nosotros habíamos montado una radio en el pueblo unos años antes, le pedí a mamá que se hiciera cargo de un programa que se llama “Las recetas de la abuelita”. Ella, desde España, se pasa toda la semana buscando por Internet productos típicos de aquí, los miércoles por la tarde pasa la receta, y las mujeres de aquí se reúnen para cocinarla. Ella, desde entonces, ¡se cree que es periodista! (Se ríe). Se pone al teléfono y dice: “Hijas mías, ¿me escucháis todas?”. A mi madre, las mujeres de aquí la han salvado. Fíjate cómo todo es de ida y vuelta: es el dar y el recibir.
¿Alguna vez sentiste miedo?
La verdad es que el miedo se convirtió en rabia y la rabia se convirtió en acción. Porque cuando entré por primera vez en una de estas casas y vi una vinchuca, me asusté, pero luego me indigné y decidí hacer algo. No pude parar. El mal de Chagas existe porque algunos quieren. Los responsables tienen nombre y apellido. Ya lo decía el doctor Chagas: las vinchucas son bichos grandes que están en las paredes de las casas indignas que hay en América latina. No hacían falta cien años para que llegara yo y dijera lo que estaba pasando, porque se ve. Por eso, los científicos tenemos que dar estadísticas y decir lo que está sucediendo. Junto a eso, tiene que haber una movilización social. Sin ella, no se acabará el Chagas, ni ninguna enfermedad de los pobres.
En todo este tiempo, ¿qué aprendiste de la condición humana?
He aprendido a estar al lado de los que más sufren. Yo soy católica, pero si tuviera que decir cuál es mi religión, diría que es el amor, el amor universal: el “amaos los unos a los otros”. El mundo guaraní es muy solidario, porque comparte lo que no tiene; entonces, a través de esa gente he visto que sí, que es posible hacer un mundo mejor. Un mundo mejor se hace con conocimiento y con acción. No con la pena ni con la lástima.
¿Y qué aprendiste de los indígenas?
Aprendí a respetar a la muerte y a amar profundamente lo que tengo y a la gente. A sonreír muchísimo, a reír, a no transmitir desánimo, a transmitir confianza. Y, aunque te parezca mentira, a abrazar. Antes mi abrazo era un besito y un “¿cómo estás?”. Ahora mi abrazo es muy fuerte, es un abrazo de transmisión de energía mutua. También he aprendido a amar a la tierra y a conocer la rebeldía, que conoces cuando estás cerca de la pobreza, algo que me duele y me ofende. Y he aprendido a no entrar en una comunidad con dinero, sino con sueños y con ilusión.
