Hace algunos años, unos cuantos en realidad, atravesé seis meses que parecían ser los peores de mi vida. Eran esos momentos en los que uno se siente completamente extrañado del propio ser, vulnerable a la superficie, débil en la piel. Ya no importa por qué. Lo que sí puedo darme cuenta es de que, con la mirada de mis actuales 38, la situación se ve bastante ridícula, pero en los 27 yo me sentía así. Y allí, justamente allí, en mi oscura profundidad, fue en la que descubrí el placer de lo mínimo. A ver, yo no había llegado a la Luna, lo habían visto otros mucho antes, ¿no? ¿Serrat no cantaba eso de “aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas”? ¿No era la Madre Teresa, la madre de las madres, devota de la gran Madre Virgen María, la que decía “no podemos hacer grandes cosas, sólo pequeñas cosas con gran amor”? Digo, no era yo en ese verano del 2001 la que descubría que la felicidad y la grandeza no se encontraban sólo en los enormes acontecimientos de la vida, sino y también, en ese rayo de sol que caía indulgente en el espejo de agua sobre la vereda.
Pero decía, porque me desvío, siempre me desvío, que comencé a experimentar esos pequeños momentos de disfrute. Los gestos amables de Miles Roby en aquel pueblo olvidado en la novela “Empire Falls” del Premio Pulitzer Richard Russo. El pastel de manzanas con azúcar negra, puesta la mirada en un atardecer rojizo sobre las abadías de la calle Luis María Campos. Las hojas que caían aunque el otoño tardaba en llegar; caían sobre mis pies, se arremolinaban en el centro de la calle, y eran la danza, no una imitación de ella, no una fantasía o un recuerdo de ella: esas hojas doradas eran la danza. Un brazo afuera del auto, estirado, libre, con las yemas de los dedos en el movimiento que el viento impulsaba. La sonrisa de una nenita, sentada en su cochecito, que me miraba porque sí, no porque le estuviera haciendo gracias o gestos de esos que uno les hace a los bebés, me miraba sólo porque ella quería verme. El diario del domingo desplegado en la mesa de madera de un café, y la historia de mujeres que se levantaban de la crisis que vivía el país en la revista Sophia, y una libreta en la que yo anotaba claves para estar bien, para salir de un pozo, que eran varios pozos. Y en ese instante, en todos esos instantes, me sentía realmente viva, me reconciliaba con el otro y conmigo.

Claro que el tiempo rearma las cosas, la vida y el andar “acomodan los melones”, como decía mi abuela, y uno se siente de nuevo feliz, feliz y amado, feliz y con trabajo. Y hasta corre el terrible riesgo de sentirse poderoso. Dios nos salve de eso. El asunto es que cuando uno rearma las piezas, vuelve a tener un rompecabezas sobre la mesa y cada día pone un cuadrito junto a otro cuadrito, puede olvidar. Y no sólo olvidar que la realidad es tan volátil que sentirse poderoso es un desatino. Uno deja de recordar que hubo un tiempo que fue triste, pero que en ese tiempo, uno podía disfrutar de lo mínimo. Deja de darse cuenta que la vida pasa por otro lado: por el escritor gratificante, por la sonrisa de un bebé, por la naturaleza que marca su paso.
Por suerte reaccioné, en algún punto todos reaccionamos. Por eso hoy llevo una libretita negra, una más parecida a la que podría tener Lizzy en Orgullo y prejuicio que a la de una mujer cercana a los 40 en el siglo actual. Ahí anoto día por día, las cosas que agradezco tener y disfrutar. Extrañamente, misteriosamente, coinciden mucho con las de mi peor época, esa que algo me enseñó: la felicidad es chiquita y se encuentra en los más pequeños detalles de nuestra vida.

Inhala, Expira, Sonríe. Todo va a estar bien.
