Cuando salió de su casa el miércoles, José María no se imaginó que ese sería un día frenético. Recién a media mañana tuvo un minuto para repasar los acontecimientos. Se acordó de la bestia que casi lo mata del susto, de la mirada agradecida de la nena que veía por primera vez a su hermana, de la hermandad insólita con ese policía desconocido al que se abrazó. Se despertó de golpe y se dio cuenta de que le faltaba el aire. Tenía algo encima que le apretaba el pecho. Era el airbag. Con la vista borrosa alcanzó a observar humo que salía de la parte delantera de su auto y no mucho más, porque el capot estaba levantado. Como no se podía sacar de encima el globo blanco que lo aprisionaba, estiró el brazo y con la llave lo pinchó haciendo fuerza. Explotó. Se sintió un niño en un cumpleaños o en una plaza. Asustado, lastimado y con ganas de llorar. Literalmente, escapó del Fiat.

    Trastabilló con algo, se sentía mareado. Al despejar sus ojos pudo ver a su alrededor y creyó estar dentro de una película estadounidense. – ¡Qué desastre, Dios mío! Tengo que llamar a Ernesto ya. José María sólo recordaba que manejaba por el Acceso Sur cuando tuvo que ejecutar una frenada brusca y nada más. – Me debo haber desmayado por el golpe. El accidente, supo después, fue en cadena y estuvieron involucrados 28 vehículos, entre autos, ambulancias, utilitarios, colectivos y hasta un camión cisterna. Él estaba casi en el medio de ese caos. – La puta madre –le dijo a un tipo que estaba al lado. – Tenía un Palio y ahora tengo un 600. ¡Qué mala suerte! Le dolía el cuello de una forma atroz. – ¡Ayyyy! Esto debe ser el famoso latigazo –se lamentó con el otro damnificado al que le hablaba. –Y, heeermano, te hicieron sanguuuchito –le respondió por primera vez su vecino circunstancial– Miiirame, me paaasó lo mismo. Te hiiiciste mieeerda loco. Tas ieno ‘e sangre. – ¿Sos cordobés? –le preguntó José María, sintiéndose un idiota por la pregunta y porque era muy obvio el cantito del otro. – Y, sí, tartaaamudo no soy. – Sí, claro. – ¿Y ahora qué hacemos? – Espeeerar. – ¿A quién? – A la poliiicía, los de tráansito, qui si ió. – ¿Y cuándo vienen? – ¿So periooodista o solaaamente boooludo? ¿Pooor qué preeeguntai taanto? Caiate.

    Optó por el silencio ante el cordobés calentón y prefirió cambiar de pensamiento. Pero se acordó de cuando su papá lo llevó al Italpark y le compró fichas para que jugara en los autitos chocadores. No le habían gustado, le parecieron muy violentos. El prefería otros juegos. Por eso se llevaban tan mal con su viejo. Se miró en el espejo semirroto, hecho él mismo un desastre. Despeinado, con la ropa ensangrentada. Se sentía y se veía mugriento. – Qué día, señor, qué día. Eran las 7.45. José María todavía estaba nervioso por la discusión inconclusa que tuvo con Ernesto durante el desayuno. Puso marcha atrás y sacó el auto del garaje. Bajó a cerrar el portón y de pronto se sintió observado. Le corrió un frío por la nuca. Un gran danés estaba sentado a dos metros de él y lo miraba fijamente, o eso le pareció. – ¡Es un caballo! –pensó.

   Nunca se acostumbró a esos animales que muchos tienen de mascota y que para él deberían estar en un corral o libres en un campo. –No seas bruto –le replicaba Ernesto, su pareja. No sabía qué hacer. Caminó lentamente hacia el auto cuando el can se le vino encima y le plantó las dos patas delanteras en el pecho, José María gritó-aulló, el perro se echó hacia atrás, no sin antes arrastrar las pezuñas por su camisa y por su pantalón. Le quedaron un par de jirones en ambas prendas. José María –por reflejo– abrió en un suspiro la puerta del auto y se metió. Lo encendió otra vez pero la bestia no se movía un centímetro. Aceleró otro poquito y nada.

     Cuando estaba por llamar a Ernesto por el celular, escuchó un grito femenino: – ¡Chocolate! ¡Chocolate! ¡Chocoooo! – ¡Qué cañona! Cómo le va a poner ese nombre –se tomó la cabeza, que había apoyado sobre el volante. – Ese animal está para correr en Palermo y no para romperme la ropa, que lo parió. Por suerte, el perro giró y se fue detrás de su dueña, que pasó corriendo con sus calzas perfectas, sus zapatillas impecables y, obvio, la vincha en el cabello. A través del espejo creyó ver la marca en toda la ropa. – Falta que le diga al rope “yast du it, chocoleit” –dijo en voz alta y con tono burlón. Habían pasado más de diez minutos. Bruscamente se dio cuenta del paso del tiempo. Se apuró para llegar a tiempo al trabajo. Se olvidó de que tenía rota la ropa. Salió del barrio, tomó por la colectora cuando, de pronto, vio un móvil policial atravesado en la calle. Un agente le hacía señas para que se detuviera. – ¿Y ahora qué pasa? Bajó la ventanilla porque el policía se le acercó corriendo. – Señor, bájese, urgente, bájese. – ¿Qué pasa? Yo no hice nada. – ¡Bájese le digo! Venga, ayúdeme.

    No entendía nada hasta que vio unas piernas que sobresalían de un Renault 12 rojo, parado a mitad de la cuadra. Corrió al lado del uniformado tratando de descifrar lo que el otro le decía, agitado: – Una-mujer-está-por-tener-familiausted- sabe algo de medicina – Eh, no, ni idea. Tengo una hermana que es médica. ¿Por qué siempre le salían respuestas tan boludas? – Bueno-igual-venga-y-ayúdeme-estoysolo. – ¿Pero qué puedo hacer yo? – No-sé-algo. Cuando vio a la parturienta echada en el asiento de atrás, gritando de dolor y con una nenita que le sostenía la cabeza, llorando, se conmovió. – Dios mío. Qué situación –pensó. – Lo-tenemos-que-hacer-acá-porquela- ambulancia-no-llega –le dijo el policía, que estaba hecho un manojo de nervios. José María se dio cuenta de que se le estaba acabando la paciencia con ese tipo de azul que no podía hilvanar una frase. – ¿Acá?, ¿con qué?, imposible, ¿no tiene un proyecto alternativo? El tipo lo miró y le dedicó un párrafo que esta vez le salió de corrido: – ¿Proyecto alternativo? Pero no sea maricón. ¿No ve que está naciendo? –Bueno, bueno, cálmese, a ver qué hacemos.

    Nunca había vivido una situación semejante, pero se arremangó, se encomendó a  Dios y, como pocas veces en la vida, emitió una voz casi viril, enfática: – ¿Cómo te llamás? – Elizabet. – Elizabet, respirá profundo y cuando yo te diga, empujá fuerte. – Bueno –obedeció la mujer. – ¿Pensará que soy médico? –se autopreguntó. La mujer inspiró con toda su alma, tragó el aire de todos y José María le exigió: – ¡Ahora, empujá lo más fuerte que puedas! Lo que siguió fueron varios intentos hasta que el improvisado partero vio aparecer la cabecita de una criatura, que resultó ser una niña. Cuando hubo que cortar el cordón, no pudo con su estómago y el policía se dio cuenta. – Déjeme, lo hago yo. Corrió hasta la vereda y, mientras lloraba desconsolado, vomitaba arqueado apoyándose sobre un árbol. Se sentó en el piso, sacó el pañuelo Cristian Dior que la mamá de Ernesto le había regalado en su último cumpleaños y empezó a secarse las lágrimas y a limpiarse la boca.

     El sabor amargo constrastaba con la sensación única de haber traído al mundo a esa beba. Marcó el número de Ernesto. – Erni, escuchá bien lo que me pasó, es increíble. Le hizo una síntesis y terminó el relato diciendo: – La mamá de la beba le va a poner María, por mí. Me dijo que ya tiene muchos chicos, que no sabe cómo va a hacer para mantenerlos a todos. Yo pensé… La pausa y el silencio fueron involuntarios. Y Ernesto, del otro lado de la línea, lo captó de inmediato. – Amor, no seas atolondrado. Esas son cosas que no se deciden en un momento así. Ya lo estuvimos hablando. Tranquilizate, ¿querés que vaya hasta allá? Llamo un taxi y me acerco. – No, no, no hace falta, Erni. Ya llegó la ambulancia y se las están llevando al Notti. Yo me voy al laburo. No sé cómo voy a hacer, estoy todo manchado de sangre. -Qué horror. Bueno, cuidate, y llamame cualquier cosa. -Si, quedate tranquilo, ¿qué más me puede pasar?