Hay muchas frases que hablan de los jefes. Serás lo que debas ser o, si no, serás un jefe. Los jefes son como las nubes, cuando desaparecen el día se arregla. La jerarquía es como un estante, a mayor altura menos sirve. Mientras mi jefe actúe como si me estuviera pagando un buen sueldo, yo actuaré como si estuviera haciendo un buen trabajo. Jefe, usted me prometió subirme el sueldo cuando estuviera conforme conmigo –¿Y cómo puedo estar conforme con un empleado que quiere que le suban el sueldo? Uno piensa que la institución de jefe es algo que no concita mucho agrado, como la institución de la suegra. Porque, mire usted, hay jefes que se ganan la bronca de sus mandados.

   Está el jefe gruñón, al que nada le cae bien, inclusive cuando está contento gruñe. Está el jefe pedante, que es insoportable, porque cree saber de todo, y no pierde la oportunidad de demostrarlo. Está el jefe sobrador, que no duda en menospreciar al que está más abajo en la escala de valores. Está el jefe caracúlico, que tiene cara de dorso durante todo el día y que te mira de lejos como culpándote, como diciéndote: “A ver, González, qué diablos está haciendo mal, ahora”. Está el jefe escurridizo, que no está nunca o, en todo caso, siempre encuentra una reunión a mano para no estar.

   En fin, el jefe. Según una encuesta realizada recientemente en Buenos Aires, 56 % de los empleados se lleva mal con su jefe. La muestra involucró a quinientos empleados que dieron estas cifras: 21 % respondió que la relación con su jefe era pésima; 19%, muy mala; 16%, simplemente negativa; 24% contestó que, directamente, no tiene trato. Sólo 5 % dijo tener una relación óptima, incluyendo a la secretaria del jefe, por supuesto.

   Loco, el liderazgo no se recibe con el nacimiento, hay que elaborarlo, y como toda relación entre humanos, la de jefe-empleado es más difícil que escalar el Aconcagua reculando y en chancletas. Pero, ¿sabéis, cheis? La mayor parte del día que estamos despiertos son las horas que pasamos en el trabajo y es cuestión de ponerle buena onda, de admitir los errores ajenos, de estar dispuesto a escuchar, y de escuchar a Fito Páez, cuando dice: “Solo se trata de vivir, esta es la historia”.