#WeAreHere (aquí estamos). Ese es el hashtag o etiqueta que se está difundiendo a través de la redes sociales como Facebook y Twitter para recordar la tragedia del Holocausto provocado por el nazismo, que, junto con la masacre armenia, constituyen las páginas más oscuras de la historia de la humanidad.
Sin embargo, este llamado a la memoria para conmemorar Iom- Hashoá (Día del Holocausto) tiene como objetivo mostrar la otra cara de la tragedia. Basta de muerte, basta de odios raciales. Es, más que nada, un reconocimiento a quienes lograron sobreponerse a la adversidad y tuvieron la capacidad y voluntad para reinventarse. Es, además, la oportunidad para conocerse a uno mismo, comprender cómo llegó hasta aquí y, desde ese lugar, saber cuáles serán las decisiones a tomar.
Participar es muy fácil. La idea es que aquellos que tengan algún familiar o conocido que, de alguna manera, haya sido víctima de la persecución nazi, saque una foto selfie y explique de quién se trata, de dónde vino y dónde vive en la actualidad. De ese modo se irá construyendo un mapa global para demostrar que, a pesar de la barbarie que se focalizó en Europa, la solidaridad y la apuesta por la vida se diseminaron por todo el mundo.
Así, por simple que parezca, resulta un proceso que encierra algo mucho más profundo, más sentimental. Tomarse un momento para sacar una foto y enviarla a través de la redes generará, indefectiblemente, un tipo de vínculo que, tal vez, nunca se había dado. Será la unión de varias generaciones; un compromiso con la memoria y un traspaso de experiencias, con frustraciones, amarguras, alegrías y la vocación por no caerse y buscar siempre una salida.
Conocer la historia de los antepasados es meterse en un viaje de introspección. Sirve, también, para dimensionar problemas, ponerlos en relieve y darles la importancia que se merecen, porque, definitivamente, no es lo mismo lidiar con la inflación o sentir temor frente a la posibilidad de ser víctima de un delito, que tener que elegir, sí o sí, entre el exilio en las condiciones más deplorables o una muerte segura. De pertenecer, por ejemplo, a una familia de clase media alta en la Alemania de mediados del siglo pasado, a abandonar todo e intentar construir una nueva vida en medio de los campos incultos y llenos de serpientes e insectos en la Mesopotamia argentina. Y, aún así, progresar.
La historia de nuestro país está plagada de esos antecedentes. Sería interesante hacer un mapa similar al que se propuso en Israel con quienes padecieron la Shoá, y construirlo con quienes llegaron a Argentina caídos en desgracia, en el infortunio absoluto y con la esperanza de encontrar un futuro alentador. Españoles, italianos, judíos de diferentes nacionalidades, turcos, sirios, libaneses… Todos huyendo de alguna persecución racial o ideológica. Y fue acá donde encontraron un lugar para volver a empezar. Ahí, definitivamente, “el amor vence al odio” fue una manera de plantarse frente a la desdicha, una cuestión de actitud que fue más allá de cualquier postulado propagandístico.
En algún agujero negro de la historia nacional, todo eso se perdió. No se logró cultivar el respeto por la memoria, por las raíces; por entender que sólo cuando el pasado está resuelto y asimilado se puede reflexionar el presente y pensar en el futuro. Se traicionó el ADN que se le imprimió al país desde fines del siglo XIX. Y hasta existe una fuerte corriente de quienes sostienen que mirar hacia atrás e intentar cicatrizar heridas es un error grosero; es quedarse en el tiempo y generar resentimiento.
El mejor intento de remediar esta situación ha sido, en el caso argentino, la búsqueda de justicia para no dejar impunes los delitos de lesa humanidad que se dieron durante la última dictadura militar. Una causa noble convertida en rehén del uso político que se le dio, y que, más allá de las condenas ya existentes, no se logra dimensionar a nivel social.
No es exagerado trazar un paralelismo entre los juicios a los represores argentinos y sus cómplices civiles con los juicios de Nüremberg. En otra escala, es cierto, pero con la misma temática: buscar y condenar a los responsables de llevar adelante un plan sistemático para la aniquilación de personas. Si fueron seis millones o treinta mil no es la cuestión. Una muerte relacionada con cualquier tipo de discriminación debería provocar una fuerte reacción de repudio.
De eso se trata la memoria. Sucede que, quien no conoce los aspectos negativos de su historia está condenado a repetirlos. Una, dos o tres generaciones después. Pero es un karma que regresa a cobrar viejas deudas. Por eso en Alemania, el nazismo está considerado un delito; por eso se levantan voces de alerta frente a la aparición de cualquier movimiento ultranacionalista. Y se toman medidas severas, se investiga y se pena. Se generan debates intensos porque entienden que el problema sigue existiendo, y se procura dar respuestas concretas y efectivas que vayan más allá de lo que, en Argentina, sería una intrascendente denuncia en el Inadi.
El problema es cuando todo se relativiza y no existe una postura unánime ante una agresión racial, religiosa, de género o ideológica. Se cuestiona según la conveniencia política del momento. Así cayó Mauricio Macri, que intentó ser simpático con su postura sobre los piropos a mujeres y cometió un error por el que tuvo que pedir disculpas.
Fue un gran desatino el del jefe de Gobierno porteño, potenciado por el aparato mediático y de militancia que responde al oficialismo. Fue una declaración que generó una reacción sobredimensionada si se la compara con los dichos del asesor de imagen del mismo Macri, Jaime Durán Barba, que hizo pública su admiración hacia Adolf Hitler. O el discurso xenófobo que supo pronunciar en el Congreso el senador del FPV Miguel Ángel Pichetto o el antisemitismo explícito que profesa Luis D’Elía o el silencio cómplice con el que se mira hacia otro lado cuando se plantea la discusión por la designación de César Milani como jefe de las Fuerzas Armadas.
Se propone, de esta manera, una realidad editada. Se toma sólo la parte que es compatible con los beneficios personales, y el resto se descarta o, pero aún, se niega. Es el paso previo a la justificación de cualquier desmán o hecho de violencia, que no necesariamente debe ser físico.
Las descalificaciones luego de la presentación de un nuevo espacio político opositor, o tras cada presentación de la presidenta en Cadena Nacional, dan la pauta de esa falta de tolerancia y de respeto por las reglas de juego de la democracia. Cuando eso sucede –no importa de qué lado sea– ganan lugar los simpatizantes del totalitarismo, porque no hay una línea que respete cierta coherencia, que pueda rebelarse ante hechos injustos más allá de los colores políticos. Que, ante cualquier agresión, persecución o discriminación, deje de lado sus intereses y pueda decir “aquí estamos”.

