“La diferencia entre ustedes y yo es que mi intención es ser gobernador, en serio. No ando diciendo que me voy a postular para, después, ir arreglando algún cargo en la interna. O apuestan fuerte o se dedican a la actividad privada. Pero, la verdad, es que lo único que ustedes buscan es seguir siendo mantenidos por el Estado, en la Casa de Gobierno, en la Legislatura o donde sea”.
La anterior fue parte de una discusión importante en el seno de uno de los principales partidos políticos de Mendoza. El cruce era entre diferentes personalidades que andan coqueteando con la posibilidad de precandidatearse para llegar al sillón de San Martín. Muchos de ellos quedarán fuera.
No es novedad que esto ocurra, que más de uno intente el piletazo temerario en una carrera política donde deciden unos pocos. De todas maneras, siempre hay diferentes motivaciones para hacerlo, y pueden ser, precisamente, políticas, económicas, de ambiciones de poder con una baja lectura de la realidad o el simple placer de convertirse en una traba para un adversario que sí tiene posibilidades ciertas.
Después, en el momento del veredicto, alguien levanta un dedo, unge a un candidato y se lo maquilla con elecciones internas, como para darle algún atisbo de transparencia. En el medio se negocian y se disputan cargos para lugares de trascendencia pública pero de perfil bajo. Es el principio del fin. En otras palabras, así empiezan a conformarse las listas sábana, compuestas –en la mayoría de los casos– por anónimos, cuyos méritos tienen que ver más que nada con la militancia, la obediencia debida y el punterismo partidario.
Modificar este sistema de elección es cuestión de voluntad política. Precisamente, por eso, no se ha conseguido. Se juega siempre sobre el borde la cornisa y, en ocasiones, la irrupción de funcionarios desconocidos en el escenario público provoca una caída estrepitosa.
“Que nos dejen contaminar un poquito”, disparó Silvia Calvi, una mujer que ocupa una banca en el Senado provincial y cuya imagen no podría ser medida por los consultores políticos debido al desconocimiento de su nombre. Para guiar un poco al lector: la legisladora viene de Malargüe, forma parte del bloque oficialista y, en disonancia con sus expresiones, preside la Comisión de Hidrocarburos, Minería y Energía de la Cámara Alta.
Ese es el nivel del debate político al que están expuestos temas centrales. Ocurre en Mendoza y sucedió hace sólo algunos días en el Congreso de la Nación, donde la oposición se retiró del recinto para no votar, y el oficialismo festejó como si se tratara de un triunfo en un River-Boca.
Se espera, desde hace décadas, un nivel un tanto más elevado de discusión, donde el Parlamento funcione para el intercambio de ideas y la exposición de argumentos capaces de cambiar la opinión de un legislador, independientemente del color político. Es cierto: en la Argentina actual no es más que una utopía, un exceso de candidez o ingenuidad.
La imprudencia de Calvi intentó ser apaciguada por sus colegas unos minutos después del desliz. Explicaron que la compañera estaba muy nerviosa, algo cansada y que por eso cometió tremendo acto de honestidad brutal. Fue una expresión que, en una provincia o en un país donde las instituciones funcionaran correctamente, podría haberle costado el cargo o una severa sanción administrativa. Sin embargo, pasó, como si nada, de un posible sincericidio a una mera anécdota de una funcionaria que trastabilló con su propia lengua.
La jornada en la Legislatura estaba centrada en el análisis de dos proyectos mineros. Desde hace años, Mendoza se debe una discusión profunda sobre este tema, ligado directamente con la matriz productiva de la provincia, pensando en el futuro.
La minería es una industria que genera tantas dudas como cualquier otra actividad extractiva que se nutra exclusivamente de los recursos naturales. ¿Se puede hacer de manera sustentable? Pues bien, ese el desafío que se plantea: tener la capacidad de garantizar que no se hará en detrimento del ambiente y que se pondrá como condición innegociable el bienestar general. En definitiva, ese es el rol del Estado en todos su poderes: legislar, controlar y reprimir a quien no cumpla con las normas establecidas.
En ese marco, el verbo “contaminar” no puede tener, bajo ningún punto de vista, otra connotación que no sea negativa. Pedir autorización para contaminar mucho, poquito, o nada es ir en contra de las obligaciones como funcionario público. No se admiten excusas para semejante expresión.
Se torna complicado pensar en minería cuando hay manifestaciones de estas características o cuando nunca quedó del todo claro el viaje de funcionarios a Macedonia, pagado íntegramente por los empresarios mineros, algo que coquetea muy de cerca con lo que establece como delito el Código Penal en su artículo 259: “Será reprimido con prisión de un mes a dos años e inhabilitación absoluta de uno a seis años, el funcionario público que admitiere dádivas, que fueran entregadas en consideración a su oficio, mientras permanezca en el ejercicio del cargo. El que presentare u ofreciere la dádiva será reprimido con prisión de un mes a un año”.
Los viajeros, en esa ocasión, fueron los legisladores radicales Martín Kerchner y Néstor Parés (participarán en la votación de la Declaración de Impacto Ambiental de todo proyecto minero), y el ministro Marcos Zandomeni, a cargo del área de Energía, parte fundamental en el proceso de aprobación de los emprendimientos.
Un funcionario debería ser alguien preparado específicamente para el cargo en el que se va a desempeñar. Es una reflexión que, por trillada, no pierde vigencia. Por ejemplo: la Comisión de Hidrocarburos debería estar presidida por un especialista en el tema. Lo mismo debería ocurrir con los ministerios, las secretarías y las direcciones, abandonar por un rato el constante toma y daca de cargos políticos y apuntar a los conocimientos técnicos. Eso, claro, es un ideal. En Mendoza, para bajar a la realidad, Francisco Pérez optó durante meses por un artista para dirigir un zoológico, y, alguna vez, Cobos eligió a un ex jugador de rugby para conducir a la Policía. “Si fue capitán de su equipo, puede guiar a la tropa”, decía. Después de eso, no hace falta remate.
