Al finalizar el año es tiempo de mirar qué viene por delante y el 2015 no será la excepción. Saber qué puede suceder es algo sumamente difícil y los economistas hemos sido expertos en fallar.

En nuestro país, la tarea es aún más complicada porque así como en el resto del mundo se analiza el rumbo de la economía a partir de medidas conocidas, aquí lo que hay que predecir son las medidas en sí mismas.

Con todo ello, y a sabiendas de que los pronósticos son escenarios que se evalúan como probables –pero no significa que es lo que haría quien realiza el análisis ni tampoco implica el deseo de que el pronóstico suceda–, lo más honesto intelectualmente es compartir lo que supongo que puede suceder en este año que comienza respecto del camino que puede optar por tomar el Gobierno en los próximos meses.

Hoy vemos que el Ejecutivo actúa de forma consistente con una especie de hoja de ruta o plan que se consolidó con la salida de Juan Carlos Fábrega del Banco Central de la República Argentina (BCRA). Desde nuestro punto de vista, la decisión de colocar un sucesor propio en la Casa Rosada (Daniel Scioli) y rodearlo de cristinismo puro, así como en la provincia de Buenos Aires (Florencio Randazzo), es lo que precede un plan económico. Es decir, como existe plan político, entonces hay plan económico, que, en este caso, apunta a la continuidad antes que el cambio (que sería Mauricio Macri).

Si Scioli será la continuidad, aún con aspectos de cambio, entonces, lo razonable sería que Cristina se lleve todos los logros posibles antes de dejar la gestión. En este sentido, salir del cepo sería un elemento vital para restaurar lazos con la clase media, así como para permitir recomponer aspectos centrales del crecimiento que hoy se encuentran ralentizados artificialmente, como lo son las importaciones.

La salida ordenada del cepo es inviable sin una corrección del tipo de cambio y un acceso fluido a los mercados internacionales de crédito u otra vía que permita el ingreso robusto de divisas que hoy Argentina no tiene.

Para ello entendemos que, o bien se extremarán las búsquedas de fuentes alternativas de dólares –como el mecanismo del swap o la 
llegada de inversiones extranjeras directas al estilo Chevron– o bien se intentará una salida digna y ordenada para el caso de los fondos buitres. Otra alternativa es la combinación de ambas situaciones. 

El canje planteado por el Gobierno no hace más que dotar de herramientas al Ministerio de Economía para ordenar una negociación en enero, si ese fuera el caso, o para descartarla parcialmente si se entendiese que el canje fue un éxito rotundo.

Paralelamente entendemos que de existir una corrección fuerte del tipo de cambio, esto se daría en el primer bimestre del 2015, toda vez que permitiría acomodar las variables antes mencionadas si se desea desarmar el cepo para mitad de año.

En este caso, la corrección del tipo de cambio sería con el Gobierno a la ofensiva, a diferencia de enero del 2014, es decir, con reservas (reales o potenciales producto de acuerdos que permitan el ingreso masivo de divisas) y con el margen que otorga hoy el control sobre YPF, ya que si se ajusta el tipo de cambio, no es necesario ajustar el precio de los combustibles dado que los mismos tienen un precio que corresponde a un valor de petróleo previo a la caída de casi 30% que sufrió en las últimas semanas.

Concretamente, el barril de petróleo a comienzos de diciembre tenía el mismo valor en pesos que un año atrás, pero los combustibles cuestan 60% más que en aquel entonces. Esto, además, es consistente con el hecho de que tenemos una de las naftas más caras de toda la región. Es decir, si devalúan, no tiene por qué subir el precio de la nafta.

Finalmente, la fortaleza que muestra el dólar en el mundo no sólo se ve en la caída de precio de las commodities sino también en el valor de las monedas. Reales, pesos chilenos, pesos uruguayos y hasta euros han perdido valor frente a la moneda estadounidense. Estos elementos también abonan la idea de una corrección ofensiva del tipo de cambio como un camino a tomar más temprano que tarde.

Todo ello les daría oxígeno a los gobiernos provinciales, vía la mejora de las economías regionales y la correspondiente recuperación de la recaudación local asociada a la actividad productiva.

En el mismo sentido permitiría que sea Cristina quien recoja el logro conjunto de resolver el cepo, restaurar cierta llegada de inversiones extranjeras, encontrar una salida digna al problema con los fondos buitres, devolver algo del crecimiento perdido (con foco en el segundo semestre) y reactivar políticas de ingreso que la difícil situación fiscal del Estado hoy no permite llevar adelante.

Lo contrario sería un plan B, el cual buscaría más bien un triunfo de Macri. Si este fuera el caso, los caminos a tomar por el Gobierno serían bien diferentes.

Cierto es que sea cual sea el destino electoral, nada parece indicar que Cristina esté dispuesta a pagar los costos políticos de las decisiones difíciles como el necesario ordenamiento de las tarifas, algo de lo que todos hablan en privado, pero nadie se anima a poner en valor para informar a los votantes cuál sería el aumento en caso de ganar.

Esas malas noticias, el Gobierno dejará que las dé quien lo suceda; ya sea continuidad o cambio del modelo, no será la presidenta la que afronte el costo de aumentar, aún mucho más que hoy, la luz, el gas, el agua o el transporte.

Al final de cuentas, lo que mandó siempre en este proceso político ha sido justamente la política, y todo indica que así seguirá siendo hasta el último día del mandato de la presidenta de la Nación.