Durante años, desde la oposición se ha cuestionado el uso electoral que el oficialismo le ha dado a la política de derechos humanos. Algo de cierto hay en esa afirmación, en especial, a partir de esta suerte de exclusividad que parece tener el Gobierno para debatir este asunto.
Sin embargo, ante la necesidad de mostrarse diferentes del modelo actual, desde algunos sectores caen en discursos que, si retóricamente son peligrosos, ni hablar en la práctica. Por lo tanto, si la intención es no sucumbir a la misma tentación que tanto se critica, lo ideal es obviar el tema o, directamente, aprobar todo lo que se ha hecho en esta materia. Es preferible reconocer lo bueno antes que –sólo por necesidad de estar en la agenda mediática– decir un disparate, sobre todo, cuando se trata de derechos humanos.
