“¿Ves? Hablo de esto y empiezan los dolores, mis piernas se acuerdan”, dijo Brian Núñez a Cosecha Roja en su celda del penal de Ezeiza, segundos antes de soplar las velitas por sus 24. Hoy se cumplen cuatro años del día en el que siete penitenciarios lo torturaron en la cárcel de Marcos Paz. Quedó 40 días en silla de ruedas. El mes pasado logró que la Justicia encarcele a cuatro de los responsables: fue la primera condena a oficiales del Servicio Penitenciario Federal.

Brian pasa sus cumpleaños en la cárcel desde 2009, cuando entró por un robo. Ayer fue la primera vez que pudo brindar sabiendo que los hombres que lo golpearon, lo patearon, lo ataron, lo arrastraron y lo sumergieron en agua fría, están presos. Llamó a su casa a las 12 en punto y escuchó el saludo de toda la familia.

Su mamá Liliana y su novia Cecilia durmieron poco: al día siguiente, cerca de las 7 de la mañana empezaron la travesía desde Palermo hasta Ezeiza. Liliana se terminó de pintar las uñas en el viaje, cargó la torta y se bancó sacarse las botas en la requisa. Cecilia le llevó el parlante que Brian había pedido y le arregló, con dedicación, el reloj que tenía roto. Él las recibió a ellas y a los integrantes de la Campaña Nacional Contra la Violencia Institucional de punta en blanco: pelo con gel, remera naranja, varios collares de mostacillas, dos anillos dorados y campera rojo furioso. El único regalo que pudieron pasar fue una pulsera color pastel, que le fabricó su sobrina.

Cuando le cantaron el feliz cumpleaños -versión clásica y versión marcha peronista- Brian cerró los ojos para pedir los deseos. Los cerró tanto que su novia Cecilia lo observó con atención, como cuidándolo con la mirada. “¡Epa! ¡Qué concentración!”, dijo ella para distender. Pero los ocho invitados encerrados en la celda de dos por dos sólo podían pensar en una cosa: que Brian no se quiebre, que aguante, que tenga paciencia. Enseguida, el joven respiró profundo y sopló el 2 y el 4.

– ¡Ehh! ¡¿Tenés yerba?!- gritó hacia afuera por los pequeños agujeros de la puerta de la celda.

– ¡Seee!- respondió alguien.

-¡Encargado! ¿Me traería un poco en este tuper? Y llévele a él estas facturas, por favor – le pidió a un penitenciario- ¡Ahí te va una medialuna y un vigilante!- le gritó a su compañero, entre risas.

Desde que en junio el TOC 1 de San Martín sentenció a cuatro agentes, él quedó detenido en el Hospital Penitenciario Central de Ezeiza para terminar de cumplir el tiempo que le queda. Allí es el único lugar en el que hay cámaras las 24 horas, como pidió el juez. Pero la medida de resguardo se convirtió en un arma de doble filo: con esa excusa, hace un mes que no lo dejan salir ni a estudiar ni a trabajar ni a conversar con otros al patio.

– Yo no soy un cachivache, necesito charlar con alguien, tener una rutina: levantarme, ir a trabajar, volver, pegarme una ducha. Puedo fabricar carpetas como antes o puedo fajinar, hacer mantenimiento, ir al taller de bolsita – dijo Brian.

Cada mañana, cuando abre los ojos, lo primero que ve es una bandera que cuelga del techo y que dice “Gracias a todos”. La pintó para agradecer a quienes lo ayudaron a llegar a la condena: la  Defensoría General de la Nación, la Procuvin, el Centro de Asistencia a Víctimas de Violaciones de DDHH Ulloa, la Procuración Penitenciaria y la Campaña. Entre las banderas, las imágenes de San La Muerte y la mesita del mate, el azúcar, la sal y el rollo de servilletas, Brian pasa las 24 horas de los siete días de la semana.

El único momento en el que conversa es cuando los otros presos salen al patio. Él se sube a una silla dentro de su celda para alcanzar la ventana y los pibes se le acercan. “Me conocen, saben del juicio, lo vieron por la tele. Me felicitan, me agradecen. Yo tengo la esperanza de que haya cambiado algo, de que la próxima vez que unos penitenciarios estén por pegarle a un pibe, recuerden que en este caso se hizo justicia. Voy a seguir luchando siempre”, dijo.

La tortura

“Ese día jugaba Argentina-Uruguay y nos habían dejado verlo. Pero fueron a mi celda y me dijeron que me quede tranqui, con la Playstation. Al rato me vinieron a buscar entre cinco y me dieron una trompada en la boca para que reaccione. Y reaccioné. Me llevaron en el aire, me pusieron contra la pared y me hicieron el famoso pata-pata. Estaban todos en pedo porque era el día del penitenciario y habían tomado. Me pegaron en la planta de los pies. Se secaban la frente, tomaban tereré y seguían. Me engancharon los pies con las manos en posición de chanchito. Se acercó uno y me puso un encendedor. ‘Esto es para vos’, me dijo mientras mantenía la llama prendida. Me dieron palazos. Yo no sentía las piernas. Solamente trataba de seguir respirando.

Después me alentaban para que me parara y me abuzone. Tenía que caminar un trayecto de casi dos cuadras. Lo llaman la carrera del toro: me pusieron la frente contra el piso y me llevaban así, para que me dolieran más las piernas. La primera vez que lo intenté me caí de cara al piso. La segunda, también. ‘¡Dale, Núñez!’, me gritaban. Yo no podía. Me llevaron arrastrando a los buzones. Los chicos empezaron a gritar ‘dejen de pegarle’, ‘déjenlo’, ‘vamos a quemar todo’. Y tuvieron que parar un poco.

Me desvistieron y me mandaron a duchar. ‘¿Cómo hago?’, pensé. Me empecé a arrastrar sentado y haciendo con las manos como si fueran un remo hasta que llegué a la ducha. Para disimular los moretones, me metieron dos horas bajo el agua fría. Después me ordenaron que salga y me seque. Todos los pibes de los buzones me alcanzaban toallas. Me miraban y ponían caras de ‘¿Qué te hicieron?’. Cuando logré secarme los penitenciarios me mandaron a bañar de vuelta y, más tarde, me tiraron en una celda con vidrios rotos en el piso. Me tiraron como una bolsa de basura. Yo seguía sin sentir las piernas. Insulté, grité y me puse en posición fetal bajo la ventana. Traté de no enfriarme el pecho y estar bien.

Me volvieron a buscar, me hicieron bañar de nuevo. Cuando me vio la doctora puso cara de ‘no lo puedo creer’. También me vio un encargado del pabellón que me preguntaba sin parar ‘Núñez,¿sos vos?’. No me reconocía. Yo le decía que sí”

Así relató Brian a Cosecha Roja las torturas del 16 de junio de 2011. Liliana contó que ella tampoco lo reconocía.

– Soy yo, mami- decía él.

Liliana lo miraba. No lo podía creer: el joven de la silla de ruedas, la cara desfigurada, los ojos ensangrentados y la boca rota era su hijo. Le daba miedo tocarlo, no quería que le doliera. Pero no aguantó y lo abrazó. “¿Qué pasó, hijo?”, le dijo al oído. Brian bajó la mirada. No podía decir nada porque un agente del servicio penitenciario controlaba la conversación.

Ella hizo la denuncia y Brian logró llevar a juicio a los oficiales que lo torturaron. Contó todo y las fotos de las heridas lo comprobaron. “Los abogados de la Procuración me hicieron entender lo que me había pasado. Me dijeron ‘esto es tortura’, ‘esto otro, tortura psicológica’. Yo no era consciente, uno lo tiene naturalizado”, contó.

El 15 de junio de este año los jueces condenaron Juan Pablo Martínez, Roberto Fernando Cóceres y Víctor Guillermo Meza a penas de entre 8 y 9 años. A Juan José Mancel le dieron dos de prisión en suspenso por encubrimiento. También los inhabilitó a ejercer cargos públicos.A Martín Vallejos, Javier Enrique Andrada y Juan Fernando Moriñigo los absolvieron.

En los fundamentos, el Tribunal afirmó: “No es relevante determinar, con precisión de relojero, cuántas fueron las lesiones constatadas, resulta suficiente ver las imágenes para darse cuenta de que Núñez no miente y que Martínez, Cóceres y Meza, por alrededor de tres horas, lo torturaron”.  Durante la defensa, los penitenciarios habían dicho que Brian se había “autolesionado. “¿A quien se le puede ocurrir semejante idea? Nadie en su sano juicio puede provocarse tamañas lesiones”, escribieron los jueces. 

Aunque él no está del todo conforme con la sentencia -pide que condenen a Mancel, que era Jefe de Día y está acusado de adulterar el libro de registros- sabe que fue un gran paso. No hay día en que no piense en la tortura, todo se lo recuerda: los dolores en las piernas, sentir los pasos de un penitenciario o escuchar los gritos desde otras celdas