Olivera Castillo, autor del homicidio ocurrido en 2016.

El asesinato de la adolescente Micaela Martinelli en Las Heras no quedó impune. Terminó por esclarecerse este lunes por la tarde luego de una larga batalla en los Tribunales provinciales.

Parecía una de esas causas que quedan en el olvido de los pesquisas pero un trabajo minucioso en la fiscalía de Homicidios de Andrea Lazo y la lucha de la madre de la víctima permitieron encaminarla hacia una condena contra el único detenido que tenía la causa, Eduardo Gabriel Olivera Castillo, de 24 años y apodado Fatmagul.

Luego de una semana de debate y de una declaración en la que el ahora culpable intentó desligarse del ataque contra la chica de 15 años la noche del 8 de junio del 2016, el juez Gonzalo Guiñazú sentenció al Fatmagul Olivera a 27 años de cárcel por homicidio agravado por el uso de arma de fuego, agravado por la participación de un menor en concurso real con lesiones. 

Además, le declaró la reincidencia: dato no menor, debido a que este sujeto deberá cumplir la totalidad de la pena en la prisión.

Este lunes se realizaron los alegatos de las partes y la fiscal Lazo solicitó esa pena para el detenido. La querella, en representación de la mamá de la víctima y a cargo de Sebastián Leonardi, entendió que 28 eran los años que debía pasar en la cárcel.

En cambio, la defensa pidió la absolución o, en su defecto, 3 años y siete meses de encierro com partícipe secundario del citado delito. Sin embargo, las pruebas obtenidos en los últimos años terminaron de confirmar su culpabilidad y continuará en la cárcel.

El hecho de sangre que terminó con la joven sin vida ocurrió en el medio de una guerra de bandas de la zona del barrio El Jarillal.

De acuerdo con la instrucción que culminó Lazo (actuaron previamente otros tres fiscales), Martinelli no vivía en ese complejo y sólo se dirigió hasta el lugar para hacer unas compras.

En un momento, se acercó para pedirle un cigarrillo a un grupo de jóvenes que conocía cuando se escucharon una serie de detonaciones de arma de fuego. Hubo corridas, gritos y temor en los presentes.

Todos escaparon menos la joven: recibió un plomo que le quitó la vida prácticamente en el acto.

Desde los primeros días de investigación, los testigos marcaron al “Fatmagul” como autor de los disparos. También señalaron al Cachete, su hermano menor edad. A pesar de esto, confirmar su participación en el hecho no fue una tarea sencilla.

Los detectives policiales y judiciales sabían que Olivera y su hermano integraban una banda dedicada a cometer robos con base en calles Formosa, San Miguel y Pellegrini, en el distrito Panquehua, y fueron tras ellos.

Al parecer, se enfrentaban con un sujeto de la zona (actualmente se encuentra preso y fue uno de los testigos del proceso oral) y llegaron hasta el barrio Jarillal para terminar con esos conflictos.

Así fue que el 8 de junio del 2016 el Fatmagul comenzó a disparar mientras circulaba en una moto de baja cilindrada con otro agresor. Pensaban que su rival se encontraba allí pero el dato no era bueno: fallaron y terminaron matando a una joven inocente que sólo había pedido un cigarrillo a unos amigos.

El plomo impactó en la clavícula de la joven y lastimó su arteria aorta, matándola en el acto. En noviembre de ese mismo año, el Fatmagul fue detenido por orden del fiscal Darío Nora.

Sin embargo, el sospechoso zafó de la imputación por homicidio por falta de pruebas. Sí lo acusaron por una serie de robos y permaneció en la cárcel.

El expediente pasó a manos de otros fiscales hasta que terminó en el despacho de Andrea Lazo. Se reactivó la instrucción y lograron dar con los testigos que marcaron al Fatmagul.

Entre ellos se encontraban el enemigo al que buscaban matar y los jóvenes que estaba con Micaela cuando se produjeron los disparos.

Ver también: La lucha de una madre para que condenen al presunto asesino de su hija: “Me arruinó la vida”

De esta forma, Lazo pudo acusar al Fatmagul por homicidio agravado. La madre de la víctima, Alida Esquivel, habló con este diario los días previos a la sentencia y fue contundente con respecto al homicida: “Arruinó mi vida, la de mis hijos, de los padrinos de mi hija y sus abuelos”.

La lucha de la mujer no fue sencilla. A tal punto que, en los últimos tiempos, cuando estaba por iniciar el debate, fue blanco de amenazas de parte de familiares del condenado. 

Esto provocó que los abuelos de Micaela vivan tengan que vivir con la presencia de un policía en la puerta de su casa.