Una semana atrás, la administración de Celso Jaque se quedaba sin ministro de Gobierno con la renuncia intempestiva, aunque no sorprendente, de un componedor pero falto de reflejos Juan Marchena. Y todavía, la cartera política se encuentra vacante, sin que se haya anunciado el ocupante del cargo. Jaque puede gestionar sin un secretario político, lo que es en verdad un ministro de Gobierno.

    Pero no en las actuales circunstancias y por varias razones a analizar. El mismo día en que Marchena se decidió a dar el portazo, en esta columna decíamos: “Uno o dos funcionarios no pueden sacar a flote el barco que se hunde. Jaque adolece de un motor político en su gabinete que pivotee en la relación con los municipios, con los gremios, con los partidos políticos. Alguien que explique el rumbo del gobierno y que logre de los propios, aportes y de los extraños, compañía.

    Ese eslabón clave hoy no existe. Tampoco tiene funcionarios que descuellen desde lo técnico en las áreas más específicas y, como si fuera poco, se ha ratificado a lo largo del año ese déficit comunicacional que se visualizó al comienzo de la gestión. Pero, la falencia de comunicación no es sólo del equipo que hoy está a cargo. La tienen los propios funcionarios al desconocer muchas veces de lo que hablan”.

    Esa carencia, esa falta de acción política se nota mucho más cuando la gestión tiene dificultades para mostrarse, para salir a la luz, desplegando hechos por efecto del movimiento y de las decisiones. La gestión no acompaña los esfuerzos que puede estar haciendo el gobernador, en especial por su característica tan particular y notable que es la falta de delegación y distribución de tareas, lo que repercute directamente en la imagen del primer mandatario.

    Julio Cobos, cuando gobernaba la provincia, era la antítesis del actual gobernador, en especial por el método que utilizaba para desentenderse de los asuntos sin que estos, que golpeaban su gestión por varios costados, lo salpicaran. Cuando surgía un escándalo en Seguridad,Cobos miraba hacia atrás, hacia el ministro, y lo señalaba. Lo propio parecía ocurrir en Salud, en Educación.

    Se desentendía y la ciudadanía, incluso, asumía una actitud piadosa hacia el gobernador: “Pobre Cobos, ¿qué puede hacer con esos ministros?”, solía escucharse e interpretarse.Con Jaque pasa lo contrario. Todos los problemas, que son muchos pero no más graves que los que padeció su antecesor, lo golpean en la cara y van decrepitando su imagen con pocas chances de que eso se revierta.

    Con razón, también podrá decirse que la gestión de Cobos fue castigada porque su candidato perdió la elección. Es cierto. Pero la imagen del actual vicepresidente siempre fue alta y considerada. Lo que no ocurre hoy con Jaque, un mandatario que llegó a la primera magistratura insinuando un perfil de político sólido, audaz, ejecutivo y pragmático que le permitió, para sorpresa de muchos, imponerse.

   Jaque necesita rápidamente un ministro de Gobierno que sea capaz de desactivarle las bombas que tiene por delante y que amortigüe el desgaste de la falta de un acuerdo cualquiera con los intendentes, con los gremios, con los partidos políticos. Necesita un secretario que milite la Legislatura, que acuerde y alcance el consenso que hoy le cuesta tanto conseguir. Las demoras en la designación alimentan esa sensación de que el gobernador no sólo está solo, sino también de que le cuesta armar un equipo convincente, como ocurrió al comienzo de la gestión, durante ese mes en el que se hicieron especulaciones inimaginables sobre la conformación de su gabinete.

    El gobernador tiene por delante, el desafío de revertir indicadores negativos con los que carga desde el comienzo mismo del mandato, lo que explica, también hay que decirlo, un comportamiento gataflorístico de la sociedad en gran medida: porque no se sabe muy bien por qué Jaque se impuso en las elecciones con un pueblo dispuesto a no dejarlo respirar o a marcarlo de cerca, sin contemplaciones, lo que terminó por signar definitivamente la administración del malargüino.

    O, quizás, explica que Jaque se encontró con un triunfo que había que leerlo más como un castigo al bueno de Cobos que como una opción verdadera por algo mejor. Pero, lo cierto es que, puesto a andar, el Gobierno no ha mejorado su dirección. Todos los sondeos coinciden en que las imágenes del Gobierno y del gobernador son muy negativas.

   En promedio, seis de diez mendocinos ven mal al Gobierno, aunque, para aliciente del elenco gobernante, la interpretación extrema de esa visión ha descendido, es decir que el porcentaje que ve extremadamente mal o pésima la gestión da señales, débiles es cierto, de que puede ceder. Como ha sucedido históricamente en los gobiernos peronistas, estos se han apuntalado en las administraciones comunales del PJ.

    Los caciques justicialistas son los que habitualmente sacan a flote a una gestión provincial por la tracción y penetración que tienen en el territorio. Jaque no tiene otra salida que caminar en conjunto con esas comunas para reencauzar el rumbo. Los sondeos le indican que debería afianzar sus lazos con Las Heras, Maipú y San Martín y no abandonar Guaymallén.

    En los tres primeros departamentos es donde mejor le va a la gestión provincial y a la imagen de Jaque, y en el cuarto se da una particularidad interesante: Alejandro Abraham, su intendente, es quien más bajo mide respecto de la imagen positiva que tienen sus colegas peronistas, pero es quien más ha crecido desde el arranque mismo de la gestión.

    Lejos de abandonarlos, el Gobierno provincial está urgido de acordar con los caciques una acción política común que los beneficie a todos. De lo contrario, es muy posible que cada uno de los mandatarios comunales del PJ, que sí tienen ambiciones y quieren ganar las elecciones del 2009, comiencen a tomar distancia del Ejecutivo, como hace unos días lo ensayó Rubén Miranda, de Las Heras, quien, más que un exabrupto (el que existió, sin dudas), mediante la crítica y el ataque a Jaque logró también una toma de distancia para diferenciarse ante cierto inmovilismo y quietud de la gestión provincial que, entienden, puede perjudicarlos.