Lo que nos pasa es resultado de lo que sentimos y lo que pensamos porque eso nos empuja a lo que hacemos. Al vivir en una democracia, eso que nos gobierna es el reflejo de las mayorías, o mejor dicho, es el reflejo de sentimientos y pensamientos de las mayorías puesto en acción a lo largo de los años. Es el fruto de la cultura, la diversión, la tristeza, la reflexión, el humor, el amor y otros dispositivos que han formateado el alma argentina. Esa esencia argentina se transparenta cada dos años en las elecciones. La boleta que ponemos en la urna es más que un pedacito de papel, es el granito de arena que forma la playa en la que tomaremos sol por cuatro años. Ni más ni menos.

Todas las boletas juntas deciden el destino del país y de nosotros dentro el país.

La pareja de Fabiola no está ahí sólo porque la Megamechera Intergaláctica aceptó por una vez que no es la Madre de Dragones amada por todos y eligió a uno como testaferro, un sustituto descafeinado que no hiciera temblar de temor al círculo rojo; un petimetre que permitió un atajo un poco menos vergonzante a quienes no les preocupó nunca el autoritarismo mientras le mantuviera la promesa de que “la tuya está”; un currutaco menor y sin vergüenza con mandato de mantener los privilegios.

La pareja de Fabiola está ahí porque ganó la voluntad de más argentinos que cualquier otro postulante a ese cargo.

Quienes lo votaron ejercieron una ceguera voluntaria que les permitió no ver que en la boleta había dos fotos, un hombre, una mujer, un solo apellido. No fueron sólo “planeros”, gente cuyo futuro se compone únicamente de bolsones de productos tristes comprados con sobreprecio y obligación de marchar cuando el puntero lo ordena.

Hubo muchos otros responsables por años del formateo del alma nacional. Los distintos círculos rojos de las ciencias, las artes, la economía, la religión, el pensamiento; “los planeros sobreeducados” como tan bien los caracterizó Pola Oloixarac.
Miles de intelectuales que de un día para otro decidieron que la educación no era importante; que las escuelas podían estar cerradas; que la tortura, la desaparición y la muerte en manos del Estado podían soslayarse y hasta justificarse. Ellos hicieron campaña, votaron y sostienen a la pareja de Fabiola. No les preguntes quién es Mauro Ledesma. No les interesa.

También lo hicieron miles de artistas que alegan superioridad moral, dedito en alto para decidir cuándo la patria está en peligro o no. Claro, ¿cómo no se van a sentir capacitados para proclamar esas sentencias si una vez hicieron de abogados, repitiendo todos los párrafos que un guionista les escribió a las apuradas para una novela de Pol-ka o, mejor, de Underground? Ellos hicieron campaña, votaron y sostienen a la pareja de Fabiola. Artistas consagrados y no tanto, siempre hablando en inclusivo, quienes con una mano cobraron todos los subsidios que generosamente repartió el ministerio de cultura de la ciudad y con la otra armaron la campaña “Emergencia Cultural Buenos Aires”. No les preguntes quién es Luis Espinoza. No les interesa.

También estuvo y está el apoyo del progresismo urbano, aquellos privilegiados que leyeron a Bordieu y a Foucault; los que enganchan curros estatales de “observatorios” y “conversatorios” que son eficaces para observar pajas en ojos ajenos más no vigas en los propios y conversar sobre el rol de los medios y la década del ’70, siempre ubicándose como mártires y héroes al mismo tiempo; los que le explican al ingeniero venezolano que llega con la pizza caliente en la noche fría que no, que Maduro no es un dictador y que, uy, no te dejo propina porque me quedé sin cambio; las Marías Seonaes de la vida que pasan de escribir loas al CEO de Clarín mientras trabajan en esa empresa –“Héctor Magnetto, Toda una vida dedicada a la comunicación”, una nota en donde Seoane comentaba elogiosamente el libro sobre el empresario de medios, Suplemento Ñ, 7/6/08- a defenestrar al multimedios y todo lo que representa mientras elogia sin cortapisas cada uno de los desaguisados de sus nuevos patrones; los tuiteros oficialistas siempre dispuestos a masacrar a quien ose revelar que el rey está desnudo, con eterna sonrisa semicanchera, palabrita sobradora, gesto de “correte, boludo, que yo te explico aunque no lo merezcas”; los aplaudidores de aviones que vuelven semivacíos de viajes carísimos, carancheando las vacunas que Putin descartó, llorando de emoción porque la línea de bandera agujerea cualquier presupuesto nacional pero qué orgullo Aerolíneas Argentinas que no atiende el teléfono. Como ANSES. Como PAMI. Nadie atiende. No les preguntes quién es Magalí Morales. No les interesa.

Miles de periodistas, desde medios hegemónicos hasta radios barriales, envalentonados siempre con la oposición, a la que le exigen autocrítica sin parar. Claro que tanta sed de autocrítica se frena si el entrevistado es por ejemplo Sergio Massa al que no se le pregunta sobre su familia vacunada o sobre lo que decía en el 2015 (“El kirchnerismo es una máquina de creer que la gente tiene precio. Yo no tengo precio y por eso les gané y les voy a volver ganar”, tuiteó el 4 de junio del 2015) pero sí se lo nombra y se agrega su foto ante cada mención de “baja del impuesto a las ganancias”. ¿Alguien pide autocrítica a la pareja de Fabiola por todas y cada una de las expresiones sobre su vicepresidenta hasta el día de la epifanía, el día en que la Megamechera lo llamó y le dijo “te elegí”? ¿Cuánta autocrítica se le pide a Sergio Berni por los presos sueltos y sin paradero conocido? Y a Filomena Vizzotti, ¿cuántas autocríticas se le piden por el plan de vacunación, por elogiar y ascender a Alejandro Costa, el que fue con la valijita a vacunar a los Duhalde? Por la mentira de la Megamechera diciendo por condena nacional que nada tiene que ver con la deuda externa argentina ¿qué autocrítica se le pidió? Más aún ¿cuántos colegas remarcaron que eso era mentira? Colegas para los cuales es lo mismo asociarse a Maduro o denunciarlo en todos los foros internacionales; es lo mismo largar presos sin tener cómo ubicarlos que fortalecer a las fuerzas que deben cuidar a los ciudadanos; es lo mismo impulsar el emprendedorismo que ahogarlo; es lo mismo que exista en Argentina una Subsecretaría de lucha contra el narcotráfico como ocurrió hasta diciembre del ’19 a que se cierre, como hizo la ministra de seguridad Sabina Frederic, otra funcionaria a la que no se le pide autocrítica.

Aquella subsecretaría, por ejemplo, investigaba los barcos que amarraban en el puerto de Buenos Aires bajo el programa internacional Seacop. Nunca se encontró droga en esas embarcaciones ya que los narcotraficantes, sabiendo que esto ocurría preferían hacerlo una vez que, salidos de Argentina, llegaran al puerto de Santos. Sin embargo, ahora ya sin esas eventuales inspecciones, se supo por las autoridades de Alemania y Bélgica, que el carguero de bandera panameña “San Artemissao” llegó a Europa con 23 mil kilos de cocaína. El recorrido, según informó Federico Fashbender en Infobae, comenzó el 28 de diciembre cuando llegó al puerto de Buenos Aires una barcaza con un contenedor con 16 toneladas de cocaína que quedó en el puerto dos semanas, sin ser inspeccionado por ser considerado “mercadería en tránsito”. El 11 de enero ese contenedor se cargó en el “San Artemissao” que había llegado a Buenos Aires un día antes, y sin que nadie lo revise 48 horas después partió hacia Europa tocando antes los puertos de Paranagua, Itapoa, Santos y Tanguer. Hay fuertes sospechas de que la droga es del cartel de presos de San Pablo, Primeiro Comando da Capital. ¿Por qué decidieron los brasileños operar desde Argentina, corriendo el riesgo del traslado por toda la hidrovía del Paraná, en lugar de hacerlo desde un puerto de Brasil? La primera y obvia respuesta es porque pueden.

Volviendo a los colegas que sutilmente igualan lo diferente para sacar responsabilidad a la pareja de Fabiola y su corte de los milagros, es bueno recordar que muchos de ellos fueron claramente perjudicados por la sustancial baja de publicidad oficial en los años 15/19. Parece que todo bien con la democracia, las libertades públicas y eso, pero si “la mía no está” me pongo muy crítico. No les preguntes por Abigail Jiménez. No les importa.

También fueron de vital apoyo las revoltosas feministas que se dieron por satisfechas con las palabras del dueño de Dylan, cuando dijo en enero “Estoy muy feliz poniéndole fin al patriarcado”. Por eso, que 86 chicas wichís se deban esconder en el monte de la metodología “El cuento de las criadas” que impone el estado formoseño no las conmueve. Ocho postadolescentes son encarceladas después de una jornada de violencia en Formosa. La empleada de la funcionaria que debe velar para que no haya discriminación en el país denuncia que la funcionaria la negreó y la discriminó y que para que no hable, le quiso meter un plan estatal o ser ñoqui del Estado. De estos temas no habla la mayoría de las feministas argentinas, dedicadas a decretar límites del deseo sexual en twiter y a felicitarse y recomendarse. No les preguntes por Solange Musse. No les importa.

Cientos de empresarios de cámaras desinfladas sostuvieron la candidatura, votaron y felicitaron a la pareja de Fabiola. Son el empresariado nacional, ese chimichurri de acomodados, esa salsa tan criolla de sometidos a la pesca en pecera; temerosos de pelearle al mundo el lugar que podrían ocupar, resignados a la licitación amañada que hoy hacen pucheritos en voz baja, por miedo a que se le enoje el peronismo. No les preguntes por Facundo Astudillo. No les importa.

La iglesia argentina, con su Papa a la cabeza, llegaron a violar el octavo mandamiento y mintieron con el número de pobreza para ayudar a la pareja de Fabiola.

Así, con intelectuales, artistas, iglesia, sindicalistas, periodistas, empresarios machacando durante años una ideología en donde las libertades personales no son importantes, donde el que es pobre lo que es porque hay alguien que es rico, donde el Estado es el mejor lugar para el curro y es bueno no levantar la cabeza para que no te la corten, este país es el que conseguimos.

Ellos nos hicieron así.

El problema que ahora tienen es que nos dimos cuenta.

Y no nos conformamos.

Somos los que sabemos que hay un futuro posible y mejor; que no perdimos esperanzas ni sueños; que no creemos que la resignación sea la única posibilidad. Porque también hay intelectuales, artistas, religiosos, sindicalistas, periodistas y empresarios que ya estamos cansados del curro, la impunidad y el desamparo. Que no creemos que seamos víctimas eternas de un mundo cruel que se empeña en pisotear a Argentina porque bueno, imperialismo y coso. Millones de argentinos sabemos que hay un futuro ahí, cruzando el umbral de los acomodados.

Durante años la ideología de pan para hoy, hambre para mañana fue muy cómoda para millones de connacionales. El tema es que de tanto no trabajar para el futuro llegó el día en que no ya no hay ni pan para hoy. No hay. Gastar más de lo que ganamos, durante años, nos hizo creer que éramos los más vivos de la cuadra. Hoy, los vecinos acomodan sus casas, pintan los frentes, modernizan el mobiliario y nos miran con lástima.

No hay pan para hoy.

Sí hay hambre para mañana.

Es hora, ya, de pensar en pasado mañana. Cambiar todo, empezando por nuestra cabeza, nuestra alma. Lo que aprendimos, no sirve y quedó demostrado. Las grandes líneas de pensamiento nacional sólo dibujaron este garabato invivible.

Nadie nos va a regalar nada más de la enorme cantidad de regalos que ya tuvimos; el suelo, los climas, la gente, todos los lugares comunes que nos hicieron creer que con eso alcanzaba.

Sabemos que no somos eso que dicen que somos. Que nos tildan de egoístas porque no queremos seguir pagando la cuenta de la fiesta de la corte peronista. Quieren seguir sicopateándonos con el verso de que son buenos, patriagrande, solidarios y coso. Fue. Ya sabemos que la plata que aparece en bolsos de una televisión pública inútil es la que falta en energía, en agua, en cloacas, en autopistas, en la infraestructura que este país debe y puede tener. Es más, ya todos sabemos que todos sabemos.

A quienes formatearon esta Argentina decadente, a quienes nos quieren hacer creer que la única razón de que existan los pobres es que existen los ricos; a quienes nos quieren hacer creer que como las cosas siempre fueron así, siempre seguirán así; que el mundo de hoy es el mismo al de hace 50 años; que pensar otra Argentina es imposible hay que decirles que vayan a plantar perejiles con el proyecto Artigas y buena suerte.

Lo que nos pasa es resultado de lo que somos y lo que sentimos.

Por eso este país triste y atrasado es nuestro espejo.

Ante ese espejo sólo quedan dos caminos. O lo rompemos o nos rompemos.

Depende de la persona que termina de leer esta nota.