Más que un ajuste clásico, lo que se necesita es un ordenamiento integral del Estado y del sector público; más que esa profunda división social y política que desangra y debilita al país conocida como la “grieta”, lo que ha provocado la decadencia argentina ha sido el consenso mayoritario y extendido en creencias que nunca nadie puso en dudas ni enfrentó.

Tanto la derecha como la izquierda aceptaron gobernar, cuando les tocó, con un déficit fiscal que siempre se creyó temporario, por un breve lapso de tiempo, hasta acomodar variables más sensibles, como la asistencia y la inclusión. Superposiciones de funciones, duplicidad de gastos, multiplicidad de impuestos, sistema de reparto y distribución de recursos sostenidos por parches, roles indefinidos configuran sólo una pequeña parte de los acuerdos o “consensos” que alcanzó la política y, por ende, la sociedad para sostener su vida institucional. Si todos estos elementos de consensos, los que nadie discute, se abordaran, todos, a fondo, con decisión política, convencimiento pleno y, por sobre todas las cosas, bajo un programa de gestión entendido como una política de estado inalterable, quizás los argentinos podríamos encontrar de una buena vez “una vacuna contra la decadencia”.

Una vacuna contra la decadencia, cuestionando consensos sobre el funcionamiento del sector público argentino, es el título del libro escrito por los cordobeses Osvaldo Giordano y Carlos Seggiaro y el jujeño Jorge Colina. Se trata de una tesis que parece elaborada desde el diagnóstico exhaustivo del mal funcionamiento del Estado durante los últimos 60 años. De toda esa cantidad de años, dicen los expertos, todos economistas, y Giordano y Colina creadores, además, del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa), durante 54 años se gobernó con déficit fiscal. Durante esos años se toleró la indisciplina fiscal y se gastó más de lo que se recaudó. Durante esos años, el 45 por ciento los gobernó el peronismo; el 34 por ciento la UCR en coaliciones y el 21 por ciento restante fueron regímenes no democráticos. Todos, sin excepción, coincidieron en mantener las mismas taras básicas que explican la decadencia argentina, en gran medida.

Un fenómeno llamativo se ha dado con este trabajo: fue presentado por los economistas en abril en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Córdoba y desde ese momento el libro circula como un reguero de pólvora en varios formatos, particularmente en PDF, entre la dirigencia política argentina. El libro, afirman, ha causado un gran impacto en dirigentes de la oposición, empezando por Mauricio Macri, Patricia Bullrich y otros. En Mendoza, Alfredo Cornejo, parte de su equipo de asesores y Lisandro Nieri, son los más entusiastas en su análisis. Colina, es, además, ministro de Finanzas de la provincia de Córdoba y entre ese equipo y el que lideró Nieri en Mendoza existe una mirada común en cuanto a las políticas impositivas y, por sobre todo, el gasto y las transformaciones que se le deben aplicar al funcionamiento del Estado.

Los autores confiesan que podrían haber encarado el problema argentino, como tantos otros lo hacen y bien, por qué no, desde algún punto extremo de la grieta. Seguramente hubiesen tenido adeptos que habrían cosechado rápidamente debido a la violencia y el fanatismo con el que se defienden las opiniones absolutas, no importa desde qué extremo partan, desde ya. Pero, al hallar que los extremos han mantenido vigentes las mismas posibles causas de la crisis que nos agobia, decidieron ponerlas al descubierto, a la luz de todo el mundo. “La causa de la decadencia está en los acuerdos y consensos, no en los disensos”, sostienen y es lo que intentan comprobar a lo largo de un libro que, hay que decir, lejos de los tecnicismos, está escrito con lenguaje llano y claro para todo el mundo. De ahí el valor, más que nada, teniendo en cuenta la formación economicista de los autores.

Cuando mencionan los principales acuerdos que condujeron a la decadencia nacional, –en este caso de la económica y financiera, porque la decadencia en la Argentina bien se puede coincidir que es generalizada, de todos los frentes–, los autores le apuntan al sistema previsional, en el cual prevalece el inmovilismo (el no hacer nada de nada con los problemas que tiene y que están a la vista porque de hacerlos se pierde la base electoral y el supuesto apoyo ciudadano) y el desfase que tiene. Allí se habla de cómo se fue dejando de lado la base virtuosa de un sistema que se implementó en la Argentina apenas unos pocos años después de que el canciller alemán Bismark lo ideara y se implementara hacia fines del siglo XIX. Una vacuna… sugiere que, de haberse continuado y extendido de forma universal, mejorado desde ya y más eficiente, esa prestación no contributiva que reciben los adultos que no pudieron aportar por las razones que fuesen, quizás otra sería la situación de un sistema que, por lejos, explica buena parte del déficit y el desequilibrio: el 40 por ciento del gasto público hoy es el previsional, recuerdan. Y dicen que, por cada 100 pesos de jubilación, 55 tienen origen en el aporte salarial; 30 pesos en otros impuestos varios y 15 pesos provienen del Tesoro. Claramente, inviable.

El repaso de los consensos de la decadencia va hacia el sistema impositivo, a todas luces desordenado, regresivo y de lo más variado, pero, por sobre todas las cosas, superpuesto en los tres niveles de organización: el nacional, el provincial y el municipal. Los autores intentan convencer de la necesidad de suprimir unos cuantos y dejar un puñado de gravámenes delimitados. Las reformas gradualistas, critican, que se implementaron, sólo extendieron la agonía de otro modelo que no sólo no camina, sino que agobia.

La coparticipación federal de impuestos, los recursos humanos que emplea el Estado y el desgaste de que en las tres jurisdicciones (nación, provincias y municipios) se haga lo mismo superponiéndose las funciones y que los servicios que se prestan no dejan conforme a nadie, son asuntos analizados a fondo por los economistas. Como así también la corrupción en la Argentina, la que tuvo un origen intrínseco al del país, desde la época de la Colonia, es abordado en todo un capítulo en el que se describe al detalle la concepción naturalizada del “roba, pero hace”.

“Aunque la ‘grieta’ acapara una alta centralidad en los debates sobre políticas públicas, nuestro diagnóstico básico es que no sirve para explicar nuestros fracasos. Muy por el contrario, nuestra tesis es que la médula del problema son los acuerdos que sostienen el mal funcionamiento del Estado”, afirman.

Y entre otras cuestiones, sugieren volver a la Constitución para reencontrarnos con lo que se perdió de virtuosismo en la administración del Estado, de los recursos y de nuestra vida en sociedad. Lo dicen, por caso, con las funciones y atribuciones que se enumeran en el sistema republicano: la Nación tiene roles taxativamente delimitados. Es responsable de la política exterior, la política macroeconómica, la justicia y la seguridad sólo en el limitado campo de las relaciones interprovinciales, en las vías de comunicaciones, la producción y el transporte de energía, la seguridad social, la educación universitaria y la defensa, dicen. Sobre las provincias y los municipios destacan el desarrollo y mantenimiento urbano, las viviendas sociales, la salud pública, y la asistencia social.

“Una vacuna contra la decadencia consiste en preparar al sector público para que funcione mejor”, concluyen y amplían: “Se trata de valorar en su justa importancia el contar con un sector público más ágil, más eficiente, más profesional, más transparente, más sustentable. Que tenga capacidad y poder de transformar la realidad. Que sea más empático con el interés general y menos permeable a los intereses espurios. Que sea capaz de incorporar y explotar las nuevas tecnologías. Que tenga la inteligencia y la ejecutividad para llevar a la práctica las políticas que a través del proceso democrático la población defina”.