La tormenta que este viernes azotó la naciente noche mendocina fue providencial en dos sentidos, como alivio real y como elemento de reflexión. Respecto al primero, sobran las explicaciones, habida cuenta de los días pasados y los ruegos unísonos de la flora y la fauna (raza humana incluida) pidiendo agua.

Respecto a lo segundo, la reflexión, la providencia de la tormenta viene por otros rumbos. Y es que esta acaeció el día de la conmemoración de la sanción de la Ley General de Aguas para la Provincia de Mendoza, dada un 16 de diciembre de 1884.

La misma, tomando las experiencias de la ancestral práctica, debió tener en cuenta un hecho que este viernes ha evidenciado como ejemplo vivo nuestra provincia: acá el agua falta o de repente, en sus avenidas intempestivas, y en contraste con su cotidiana escasez, estorba.

Y es que desde épocas remotas nuestro terruño lucha, en lo que a aguas refiere, con dos situaciones: administrarla en épocas de escasez y dominarla en ocasión de su irrefrenable avance.

Esto es viejo como la ciudad misma. Las actas del cabildo dan cuenta de dichos extremos. Castigar el robo o indebido uso del escaso y preciado elemento, y, en su antítesis, frenar el avance desmesurado de las aguas durante los aluviones.

Lo mismo, con cambios de nóminas, pasando de los alcaldes a los jueces y superintendentes, sucederá en época independiente, pero siempre bajo los mismos puntos básicos. Cuidar el líquido escaso, y contener sus arremetidas imprevistas.

La ley de aguas de Mendoza, ha sido el ensayo final en estos sentidos, y, a 138 años de su entrada en vigencia, la naturaleza nos presentó toda su fenomenología trayéndonos el aguacero de la reflexión.

Por Matías Edgardo Pascualotto. Máster en Historia de las ideas políticas. Autor de “Las políticas hídricas y el proceso constitucional de Mendoza”.