El país da miedo. Da miedo como nunca antes desde el retorno de la democracia. Da miedo no saber quién gobierna o quién quiere gobernar. Da miedo vivir en una red de mentiras, donde quienes suelen operar en la oscuridad tienen un protagonismo absoluto. Da miedo acostumbrarse a vivir en la sombra. Temor a que nada salga nunca a la luz. Es el miedo y la angustia que provoca la incertidumbre. Ver que no hay destino. Porque no lo hay ni se puede vislumbrar. Un país imposible de planificar, porque la corrupción está en todos lados. En todos. No hay rincón que no esté contaminado. Porque la vida, en este país, no vale nada. No por la muerte de Nisman ni la de las otras 85 víctimas fatales de la AMIA. No vale porque, en este país, la vida y la muerte se convirtieron en moneda de cambio; en devolución de favores. Este país está devaluado. Mucho más que el peso. Unos se oponen sólo para molestar. Otros gobiernan sólo para enriquecerse. El resto se empobrece y muere de a poco. Cada uno a su turno. La AMIA es la metáfora de la desgracia argentina. Alguien escribió entre las miles de ironías, humoradas y estupideces que pululan en las redes sociales, una gran verdad: es una causa en la que habría que pedir perdón a las víctimas y luego cerrar el expediente. Menem, De La Rúa, Duhalde, Kirchner, Cristina, la ex SIDE, la Policía Federal, la Bonaerense; jueces y fiscales. Todos fueron cómplices o encubridores. Veinte años para nada. Para tener como resultado un memorándum incoloro, inodoro e insípido. Con gusto a nada. Porque no sirvió para nada. O sí . Sirvió para destapar algo. Tal vez no lo que Nisman estaba denunciando. Quizá algo diferente. O sí. O peor. Tal vez su muerte demostró que las mafias se disputan el poder. Y eso, en este país y en cualquier otro, da miedo.
Un país que da miedo: #Nisman
Por Jorge Hirschbrand.
