La pobreza, la inflación, la recesión y el empleo –éste último atado a la calidad del mismo, que tiene que ver con la formalidad y un pago digno por la prestación–, debiesen ser los objetivos centrales a perseguir de parte de un gobierno nacional que, ante la ausencia de resultados contundentes ante tales fenómenos heredados claramente del populismo, ha encontrado extraordinarios atajos de distracción popular que le estiran la vida, le dan aire y a la vez parecen ampliar la enorme capacidad de paciencia que ha demostrado tener la gente. No sólo eso; mientras el propio gobierno vaya descubriendo y desmontando cada vez más esos bolsones de improductividad que se escondieron detrás de las instituciones que sostenían ese Estado depredador que alimentó la corrupción sistémica y que fabricó pobres inequívocamente, seguirá manteniendo esos altos niveles de apoyo que todavía posee y que sorprenden a una oposición confundida que no admite ni comprende en el desfase en el que se mueve.
La restructuración de la AFIP y su remplazo por una agencia más pequeña, anuncio hecho con gozo y felicidad como así fue transmitido por el vocero Manuel Adorni el lunes a la tarde, parece reunir dos factores en uno: el económico y financiero por un lado, y que tiene que ver con el plan de ajuste y la reducción del gasto público para alcanzar la meta del equilibrio fiscal que debería conducir al ordenamiento de la macro y el crecimiento en algún momento; el otro, por el del gozo y la felicidad particularmente que expresa el gobierno de Javier Milei en cada una de esas medidas similares, sería una respuesta –o así se asemeja–, a tantos años de desprecio y cancelaciones a las visiones distintas que creía ver el populismo cuando reinó dividiendo, agrietando socialmente el país, reinventando y acomodando la historia al relato que iba construyendo, buscando y persiguiendo la exterminación de las miradas diferentes, incómodas y punzantes. Era su forma de consolidar la hegemonía, el monocolor y de tapar la ineficiencia en eso de entronizar al país en un estadio mucho más decente y civilizado que por en donde lo hizo transitar.
Milei podrá contar con un anuncio de esas características, como el de la supresión de la AFIP, la eliminación de los registros del automotor, los cambios a la política y estrategia que le imprime al comercio exterior, la reducción y/o fusión de reparticiones en el organigrama público y mantener y hasta ampliar y extender su buena relación con la mayoría de los ciudadanos mientras consiga, a la vez, triunfos en la dimensión real de los problemas de los propios argentinos y de la misma sociedad. Y allí, en ese plano, hay una deuda enorme a todas luces sin saldar y a la que se enfrenta con promesas de pago sostenidas por algo de fe y mucho de esperanza.
A la vez, Milei matiza los atajos que va desmalezando –necesaria y obligatoriamente desmalezando se aclara– como la decisión sobre la AFIP, con dosis extraordinarias de euforia y algarabía, mucho fuego de artificio y esa sobreabundancia de ataques a los medios y al periodismo independiente, tal como lo hicieron los gobiernos populistas y arbitrarios que lo precedieron. Una característica que a esta altura del juego ya no tendría por qué extrañar ni sorprender, sino obligar a pensar si no se está frente a otro intento de gobierno autocrático, aunque en este caso con una debilidad de origen sorprendente, que pone en riesgo los valores de la república y de las instituciones que el libertario desdeña y subestima, como buena parte de los seguidores de su religión.
Está claro, por supuesto, que el ordenamiento de la economía depende indefectiblemente del tamaño del Estado y del peso el mismo sobre la actividad privada. Milei está reduciendo esa presión ominosa bajando el gasto, una condición necesaria, aunque no la única, según se entiende, en base al comportamiento del mercado y de los propietarios de las potenciales inversiones que se anuncian.
El crecimiento económico, lo que haría bajar la pobreza, también espera una reforma impositiva de fondo y el fin de los privilegios de los grandes de verdad. “No pidan bajar impuestos, pídannos que bajemos el gasto”, dice cada tanto Federico Sturzenegger. En verdad, se necesitan las dos cosas. Por supuesto que el gobierno lo sabe, y lo que dilata es la modificación a las fuentes de financiamiento altamente regresivas que han acompañado la actividad económica, mucha o poca, por tantos años en la Argentina de andar enfermo y tambaleante.
No se sabe muy bien cuál será el comportamiento del gobierno una vez que avance en la reformulación del organismo recaudador y se encuentre con la liberación de recursos que sucederá y que alimentaban el funcionamiento de esa súper estructura de más de 20 mil trabajadores, sueldos exorbitantes, edificios ociosos y ámbito propicio para la proliferación de prácticas corruptas. La AFIP contaba para su funcionamiento con 2,5 billones de pesos, casi una provincia de Mendoza en relación a su coparticipación federal de impuestos la que recibe 2,2 billones de pesos por año, de acuerdo con el presupuesto del próximo año.
No sería extraño que lo que esperan en las provincias, más recursos para sí por el ahorro alcanzando, no les llegue nunca, y se active un frente más de conflicto con un gobierno nacional que decidió retirarse de muchas de sus obligaciones detrás del déficit cero. La obra pública, ha sido un caso emblemático. Lo propio sucedió cuando eliminó las partidas que subsidiaban el transporte público: siguió cobrando, sin bajarlo, el impuesto a los combustibles que había sido creado para tal subsidio y o sólo eso, se siguió quedando con tales fondos sin coparticiparlos.
