El nuevo contrato social que en la Argentina se debe alumbrar aprovechando el inicio de un nuevo gobierno y el final de una época, que todo indica se está reclamando, tendría que arrancar por dejar de lado la perversión y el cinismo de las que hace uso la dirigencia política, además de acordar serias sanciones y condenas al uso del Estado y de sus recursos para alimentar prebendas, pagos de voluntades en beneficio de los burócratas que lo administran y le sacan el jugo y el sostenimiento de un sistema y modelos de administración de la cosa pública que lo único que garantizó fue la ruina de generaciones tras generaciones a lo largo de varias décadas.
“Vos cuestionás la ayuda de los 10 mil o 20 mil pesos que nos están dando porque tenés la panza llena”, descerrajó un oyente de la radio con voz dura, cargada de bronca, prejuicios y mucho de resentimiento. Sucedió en la mañana de ayer cuando en el programa periodístico de la mañana se comentaba con tono claro, crítico y a la vez descriptivo la andanada de anuncios vinculados con el tercer plan platita lanzado por Sergio Massa, en su rol de ministro y candidato a la presidencia, buscando ganar adeptos y voluntades que le permitan estar cuanto menos en la segunda vuelta electoral de la carrera presidencial.
No sólo había bronca, resentimiento y algo más en el tono del muchacho que se había tomado la molestia de llamar al programa, como uno de sus oyentes habituales. Se podía percibir un dejo de tristeza también, el que se notaba y mucho.
Eso es lo que ha logrado con creces una política de gobierno que, si no ha sido perversa, se ha parecido mucho. Tristeza, resentimiento e irritabilidad en vastos sectores de una sociedad que va camino a hundirse en su mayoría en la pobreza dejando fuera a unos pocos que no sólo lograron mantenerse a flote, sino que le sacaron varios cuerpos de ventaja a los pobres, marcando una brecha y una diferencia entre unos y otros que sólo se veía en algunos países de la región hasta algunos años atrás, como Chile por caso. Un Chile que tiene menos de 7 por ciento de pobres contra más del 40 por ciento de la Argentina, el país que lo tiene todo, incluso las peores políticas de administración del Estado que se hayan aplicado en la región.
Quién puede negar u oponerse a que todo lo que se ha venido haciendo al frente de un modelo de gestión populista basado en la supuesta distribución justa del ingreso del país, ha conducido al fracaso total en todas las variables e índices, ya no sólo de la economía que es la que domina, con su pésimo comportamiento, el ánimo de los argentinos.
El salvataje de los sectores más vulnerables de la sociedad –los que son cada vez más, en número y en diversidad–, bajo la figura y forma de ese festival de bonos, descuentos o postergaciones impositivas, sumas o incentivos no reembolsables es, insistentemente presentado y anunciado con una malicia pocas veces vista, como si se tratase de, en efecto, los mayores actos de justicia social que el Estado puede hacer con quienes sobreviven en las afueras del sistema. La pregunta obvia, gastada, de ordinario sentido común, va por el lado de por qué razón o razones una filosofía política de aparente identificación con los eslabones más débiles de la estructura social que persigue, supuestamente, la justicia en la distribución y la realización colectiva –más que individual– de las personas objeto de sus medidas y d sus acciones, han conducido a exactamente lo contrario: más pobres, más desencanto, menos trabajo, menos formación, educación y capacitación, cero oportunidades y a un achatamiento escalofriante de todas las variables que sostienen la estructura social. No hay incentivos para quienes pretenden progresar, ni mucho menos para los emprendedores; las pymes, claras y objetivas productoras del empleo en el país navegan no en la intrascendencia, sino en un mar bravío que las ahoga continuamente, ya fuese por la imposibilidad de proyectar y de planificar sus negocios y/o por la constante inestabilidad de sus esquemas de costos, sin poder calcular una renta mínima y más o menos previsible. En ese universo de selva, son dos o tres las grandes compañías que dominan la vida de los sectores fabriles más movilizadores, como el de la indumentaria por caso. Es sólo un ejemplo: poca variedad, nula competencia, escasísimo ingreso de productos del exterior porque su presencia en el mercado va en contra de la otrora industria nacional oronda, orgullosa y potente.
Una nueva configuración de todas las cosas reclama la Argentina. Sin embargo, la fábrica de pobres, vía una súper altísima inflación camino a convertirse en híper, no deja de esquilmar los bolsillos maltrechos de los millones de personas que viajan en el tobogán hacia una peor situación que la que ya padecen. Que más de 6 chicos de cada 10 estén bajo la línea de pobreza describe el “éxito” del pobrismo. Y el cinismo es tal, que sin que se le mueva un pelo al oficialismo, se manifiesta en plena campaña electoral que ahora sí mejorarán las cosas, que hay que esperar el arranque de la nueva gestión en manos de los mismos que hoy la tienen, pero que por h o por b, están impedidos de aplicar las medidas que se necesitan. La crítica de un dispendio irresponsable que podría conducir con más velocidad al abismo, es entendida como una defensa de los privilegiados de siempre, como la voz del sector más acomodado de la sociedad que no pretende compartir beneficios. Así de mal se está en el país.
Por eso lo que viene, antes que nada, obliga a un nuevo contrato, fundacional, de un nuevo país: en donde todos, o cuanto menos una mayoría fuerte y sólida, reclame y exija menos histrionismo, menos perversidad, menos de esa dirigencia de lúmpenes al frente del país, y mucha más responsabilidad y mucha más seriedad, para que Argentina vaya camino a ser, entre otras cosas, con el tiempo, previsible y aburrido.
