Mucho se ha dicho de cómo Jorge Bergoglio en el 2005, por entonces arzobispo de Buenos Aires y cardenal con derecho a ser elegido papa, había terminado segundo en aquella elección en la que el cónclave de cardenales tomaría posición en favor de Joseph Ratzinger. El alemán, su vencedor en la contienda y amigo, gobernaría la iglesia católica hasta febrero del 2013, cuando sorprendió al mundo renunciando al papado. Bergoglio, ya como el papa Francisco, deslizaría en varias entrevistas el afecto común que los había unido, pese a las profundas diferencias ideológicas y dogmáticas que los identificaba a cada uno y a la vez distinguía. Diría, además, a modo de confirmación de esa afinidad de ida y vuelta, que a Benedicto XVI lo había visitado regularmente animando largas tertulias en una cumbre de líderes espirituales que llamaba la atención de los católicos del mundo por ser único en su historia, y sobresaliente.
Las mismas crónicas biográficas del papa recientemente muerto dan cuenta que en el 2013, cuando accede al poder, había una conjunción de hechos políticos dentro de la iglesia que terminarían jugando a su favor. A lo ya conocido, como una iglesia en ebullición golpeada por la corrupción financiera enquistada en el Vaticano, se le sumaba una fuerte crítica y condena mundial por los abusos sexuales de menores cometidos por curas de todo tipo de jerarquías y de toda laya en varios continentes. Pero por sobre todo, hacia adentro de la institución, se cuenta que había crecido un sentimiento anti italiano que le cerraba las puertas a los eternos candidatos a ocupar el sillón papal.
La sucesión de Francisco, el papa argentino, no estará ajena a los lobbies políticos de alto vuelo, como cualquiera se podría imaginar por lo que rodea a semejante elección sobre un liderazgo de impacto mundial. Pero tampoco de aquellos considerados de baja estofa.
El cónclave, por ser secreto y confidencial, llega envuelto de un sinnúmero de conjeturas. Y con interrogantes de intriga sobre el futuro de la iglesia respecto de ese camino que le hizo trazar Bergoglio, plagado de reformas, de cambio de hábitos y de gestos que buscaron –según los propios deseos confesados por el papa fallecido–, un reencuentro con los fieles que la fueron dejando por considerar que ya no los representaba.
Entonces se cree que el cónclave, lejos de un clima dominado por cuestiones puramente religiosas o por la presencia e influjo dominante del espíritu santo, se moverá a un lado y otro de las fuerzas que entrarán en pugna en la lucha por el poder. ¿Volverá la iglesia al conservadurismo más tradicional? ¿buscará elementos y motivos de inspiración en el liberalismo? ¿decidirá refugiarse en una suerte de gueto por elección propia para aislarse de un mundo convulsionado, moverse al margen de las nuevas fuerzas y configuración que amenazan el equilibrio precario del planeta? ¿profundizará el rol que le quiso imprimir Bergoglio haciéndola jugar, con resultados dudosos, en ese ajedrez geopolítico mundial que la requiere como tal y como par del resto de los estados influyentes? Son preguntas que se irán develando, aunque no para el público en general, cuando arranquen las deliberaciones de los 133 cardenales llamados a elegir el sucesor del papa argentino.
Y todo indica que el proceso de selección se moverá en medio de una coalición de intereses diversos, en el que la especulación, la negociación, las intrigas, las versiones, los rumores, los antecedentes y hasta los denominados en Argentina “carpetazos”, podrían hacerse presente a lo largo de las rondas de votación secreta.
Quizás las meras razones del destino o el azar, muchas veces inesperadas, han dado lugar por estos días a la llegada de Cónclave –la película que dirige Edward Berger–, a una de las plataformas de streaming más populares acercando al hombre común, con una presentación y puesta en escena muy realista, a los debates internos entre los cardenales que deben elegir a un nuevo papa tras la muerte de uno muy querido. La película arranca con la muerte de un papa y sigue con el cumplimiento de los ritos que por estas horas se están llevando adelante en el Vaticano tras el fallecimiento de Bergoglio. Por ejemplo, la destrucción del anillo para evitar falsificaciones y el sellado y clausura de la habitación personal del pontífice se pueden apreciar en la película tal como sucede en la vida real.
Pero si algo trascendente aporta el film como elemento clave para entender y comprender, de la manera más cercana posible lo que se sobrevendrá en días cuando arranque el nuevo cónclave o para traernos una idea de lo que ocurrió cuando Bergoglio resultó electo, es la característica eminentemente terrenal y de toques puramente mundanos de la selección: la corrupción, los abusos, el racismo, la ambición, los secretos y los miedos puede que afloren en las negociaciones ocultas que se librarán dentro de los cuartos individuales, en los pasillos, en los descansos de las escaleras y hasta en el comedor de la residencia y hotel de Santa Marta, el sitio en donde los cardenales merodearán antes y después de votar en la capilla Sixtina y mientras no alcancen la mayoría especial para el elegido.
Un ámbito de discusión política y estrategia para alcanzar el poder, en donde los grupos y las figuras de amigos y enemigos o adversarios, enfrentados o unidos detrás de una ideología, comenzarán a moverse y a darle vida a un tipo de encuentros y de debate tan comunes como los que existen alrededor de la política partidaria, la empresaria, la económica, la cultural o deportiva. Tan humana, con tantos vicios, miserias y hasta virtudes, como los de cualquier grupo humano, lejos, muy lejos del mito espiritual y de trance religioso.
