El mendocino, en líneas generales y sin hacer distinción de género, es un buen tipo. Es perseverante, paciente y módico. Algo parsimonioso y poco adepto a las reacciones populares. Pone una mejilla, y la otra y la otra. Es la única manera que existe para explicar que durante las noches del 24 y el 25 de diciembre en la provincia no se haya desatado una pueblada y que miles de personas no se hayan agolpado en las puertas de las prestadoras de energía eléctrica y de agua para reclamar soluciones inmediatas ante la desidia de quienes comandan esas empresas.

Penalmente, esas personas hubiesen gozado del atenuante de actuar bajo estado de emoción violenta. Porque cualquier reacción desmedida hubiese sido justificada. Pues bien: ese mendocino bueno, amable y poco conventillero por miedo al qué dirán quiere creer, a pesar de saber que es víctima de una cadena de mentiras. Le mienten de manera sistemática. En la cara. Se le ríen, con carcajadas camufladas en declaraciones altisonantes y de tono adusto pronunciadas por funcionarios cuando se prenden las cámaras y los grabadores de los medios de comunicación.

Nadie parece pensar en él. No trabajan para él. No hacen esfuerzos desmedidos para brindarle día tras día una mejor calidad de vida. Es todo parte de una gran pantalla, enorme, donde el concepto de vocación de servicio parece olvidado. Todo es por dinero, hasta la militancia. Salvo los bomberos voluntarios, todos buscan su rédito económico. O peor que eso: buscan salvarse porque saben que en la novela en la que participan hoy son poder y mañana serán oposición. Reparten cargos e influencias. Pero del tipo que vota, que sufre cada uno de los desatinos de sus supuestos representantes, nadie se acuerda.

“Gracias por comunicarse con Edemsa. En este momento, todas las líneas se encuentran ocupadas”. Mentira y mentirosos. No había nadie del otro lado del teléfono. Fue un vil engaño a quienes estaban desesperados porque se les arruinaba, tal vez, el único momento del año para estar en familia y olvidarse por un rato de que viven en un país y en una provincia donde el robo, la muerte, la corrupción y la venta de espejitos de colores forman parte de la vida cotidiana.

Nadie dio la cara. Ni los responsables de comunicación ni los gerentes de las empresas. Sólo atendieron al periodismo para buscar algún dejo de complicidad con el viejo cuento: “Esto que estoy diciendo es en off “. Y lo cierto es que, en off o en on, fue la misma mentira. No hubo previsión, a pesar de estar alertados de que el clima sería adverso. Sabían que se podían producir inconvenientes y no se anticiparon. Ni ellos ni quienes deben controlarlos. Y cuando eso sucede, todo sale mal.

“Están los operarios trabajando en la zona”, respondió una operadora de Aysam frente a un enésimo reclamo por falta de agua. No había necesidad de mentir, y aún así lo hizo. No había nadie. Los barrios estaban desiertos y sólo se veían camiones cisterna llenando tanques para evitar un mal mayor. Tampoco hubo número de reclamo. Y si el cliente no lo pide, mejor. Un motivo menos para iniciar una demanda.

Ocurre lo mismo con todos los servicios: luz, agua, teléfono, transporte, seguridad, educación, salud. Ninguno tiene un alto nivel de prestación como para imaginar un futuro mejor. Son la resultante de un Estado ausente, porque, por más que sean firmas estatales o privadas, la presencia de los órganos de control debe ser permanente. Es el residual nunca resuelto de la historia argentina; de empresas nacionales utilizadas como bolsones de clientelismo y corrupción y privatizadas bajo la promesa de mejorar la calidad del servicio. Nunca funcionaron, sobre todo, porque nunca se las controló. El paquete de negociación incluyó impunidad. Y ni este ni el anterior ni el anterior ni el anterior hicieron algo para revertir esa situación.

¿Quién es el dueño de Edemsa? ¿Quién está a cargo de la mayor empresa prestadora de servicio eléctrico en Mendoza? Nadie lo sabe. O sí, y no se animan a decirlo. El Gobierno de la Provincia da señales difusas permanentemente. Que sí, que no, que parece, que no está seguro. La empresa la controla el grupo Vila-Manzano. Eso es vox populi. Pero en qué proporción, cuánto los socios y cuánto las compañías involucradas y cómo está compuesto el paquete accionario; todo esto parece ser un tema menor para el Poder Ejecutivo. Así, con esa transparencia suceden las cosas en la provincia.

¿Cómo es posible que el titular de Aysam, Luis Böhm, haya esgrimido que los inconvenientes con el agua fueron por “una mala combinación” de factores, e incluyó el viento Zonda y los cortes de luz en el cóctel explosivo? Es imposible creerle si varios días antes ya existían reclamos de diferentes puntos del Gran Mendoza por los mismos motivos y no fueron resueltos.

¿Cómo no se van caer árboles con el viento Zonda sin hay municipios que hace años que no hacen campañas de poda? Ocurre cuando los algunos intendentes están más preocupados en aparecer en fotos sociales que en solucionar los problemas de las comunas. Entonces se convierten en el ingrediente detonante de una serie de infortunios.

El transporte público es un festival de subsidios. El Estado, prácticamente, se hace cargo de sueldos y del combustible para evitar una suba de tarifa. Es el único beneficio para el usuario. Y el negocio sigue siendo de los privados, sin riesgo. Las respuestas del Gobierno son idénticas a las que reciben miles de usuarios por día cuando reclaman por alguna falla en la prestación de los servicio básicos. Popularmente, se conoce como “chamuyo”. Académicamente, se trata de una serie de frases que suenan lindo y que buscan impresionar y convencer. Pragmáticamente, el problema rara vez se resuelve en tiempo y forma.

El problema es estructural. Es el modelo alimentado en la década del 90, que llegó para quedarse. Grandes rentas, pocas inversiones, servicios deficitarios y controles inexistentes. El resto es pura retórica. En el mejor de los casos, cambian los dueños, pero el negocio continúa. Por eso es normal abonar a la teoría de la conspiración. Hay quienes aseguran que este modelo se reproduce en aquellos lugares que tienen un bajo nivel de institucionalidad, donde la corrupción y la desidia están tan enquistadas que ya nadie confía. Pensar que todos forman parte de una gran corporación y eventualmente reparten roles. Empresarios, funcionarios, oficialismo y oposición. Cada uno, a su turno, interpreta el papel que le toca. Que todos se mueven en un grupo de elite y que complotan contra los que están afuera. Y afuera, por lo general, está el tipo que llama al 0800 porque se le corta la luz o el agua y todavía sigue creyendo.