El cambio de época, o el fin de ciclo, que parece haberse instalado con mucha fuerza en el país en base a lo que viene reflejando el proceso electoral, con las PASO nacionales y el de muchas de las provincias que decidieron un viraje en su dirección, en Mendoza se ha visto reflejado por la vuelta de Alfredo Cornejo a la conducción de la provincia. Lo que emerge, en principio, como una contradicción o una paradoja, en verdad hay que entenderlo por el recuerdo y la imagen que dejó quien recibió el favor de 4 de cada 10 electores, y por lo que cree que puede llegar a hacer el elegido, éste elegido, con la administración de recursos extras y un cúmulo de oportunidades a mano que se le presentan a Mendoza desde el próximo año. En la paleta que dividió entre cinco la oferta electoral, se ha optado por la seguridad de contar con lo que se tiene en mano más que por un salto que bien se pudo haber interpretado como hacia algo más que desconocido, imprevisible en muchos aspectos.
Lo que tiene por delante Cornejo es mucho más complejo que lo que dejó atrás en su primera incursión de gobierno. En casi tres meses deberá comenzar a administrar lo que dejó en el recuerdo: por supuesto que lo bueno que le permitió ser ratificado, pero también lo malo que claramente se le pudo manifestar –como expresión–, en el caudal de votos que recibió su principal nuevo/viejo contrincante Omar de Marchi, un De Marchi que ha venido a encauzar lo que hasta ahora se conocía o se intuía, más bien, como el “anticornejismo” que se le pondrá enfrente en la Legislatura, en principio con un encono que se no avizora para nada nada forzado, ni dramatizado, ni mucho menos teatralizado.
Pero para el mayor desafío que se le mostrará, para el que Cornejo ha dado señales de conocerlo y considerarlo, tiene que ver con el salto necesariamente obligado que tiene dar la provincia en todas sus variables. Alguna vez, cuando todavía no había tomado la decisión de apostar por la vuelta, llegó a esbozar para algunos cercanos que de estar otra vez al frente de la provincia –lo que no le ha sucedido con ningún gobernador en 40 años de democracia– intentaría cambiar el orden establecido de las cosas, algo así como dar vuelta a la provincia como se hace con una media”.
Eso supone, claramente, la toma de riesgos, pero a los que obligadamente deberá enfrentar. Para ello puede que tenga enfrente decisiones difíciles en apariencia no deseadas por una provincia aferrada, se cree, a algunos mitos. Para crecer y fabricar nuevas expectativas y oportunidades, Cornejo contará con recursos, empezando por los 1000 millones acumulados para la fallida construcción de Portezuelo del Viento y el acuerdo firmado que le queda como herencia de Rodolfo Suarez, con la empresa que deberá operar la mina de sales de potasio en el sur provincial.
La plata de Portezuelo casi representa el total de la deuda pública que tiene la provincia, pero también fondos para dinamizar la obra pública en asocio con los privados para que sumen lo mismo, con inversiones que casi necesariamente deberán repartirse en todos los oasis para conseguir al menos en la expectativa un crecimiento y desarrollo equilibrado.
El resultado va en sintonía con otra interpretación extendida: ya fuese por la pandemia o por la evidente discriminación nacional que sufrió Suarez durante su gestión, se entiende que se trató de una administración que no consiguió encadenar algunos de los objetivos estratégicos que había dejado, para futuras ejecuciones y concreciones, su primer gobierno. Cuatro años atrás se mencionaba que al Estado se le debía terminar esa serie de intervenciones que se le habían comenzado a realizar para dejarlo al servicio de los privados. Otra vez: ya fuese por los imponderables que afectaron a Suarez, la discriminación o por la falta de visión y decisión, en otra de las escalas que explican el fenómeno, las tareas inconclusas no permitieron ni lo uno ni lo otro, con lo que el Estado volvió a sufrir algunos de los síntomas del pasado y los privados nunca estuvieron a la altura de lo que se pensó; o bien porque no se los dejó, o porque nunca arriesgaron porque vieron riesgos demasiado osados y sin garantías.
Por eso es más complejo lo que Cornejo, como destinatario de ese fin de ciclo que se evidencia en el ambiente, tiene por delante. Posiblemente con la mecha más corta en mano de los ciudadanos, es que quizás se encuentre con menos tolerancia a las referencias nacionales en caso de que no se produzcan importantes y trascendentes giros en la economía nacional, independientemente de quien gobierne la nación desde el año que viene. Por supuesto que anoche mismo Cornejo puso a disposición de Juntos por el Cambio y de Patricia Bullrich, su triunfo, como aporte a la campaña nacional. Cornejo ha dicho que sin un “cambio seguro”, alejado de las estrambóticas intervenciones del libertario Javier Milei que pueden hacer volver al populismo en breve en caso de ganar, sería imposible conseguir que Mendoza vuele o salga del ostracismo. Es probable que tenga razón y es absolutamente respetable su opinión.
¿Pero quién garantiza que, de no responder a las expectativas a poco de andar, se le siga aceptando y comprendiendo que buena parte de la culpa está en la macroeconomía? Cornejo dice: “No solo con bronca se saca adelante al país”. Lo dice en referencia a la exitosa estrategia de campaña electoral de Milei, por supuesto; también por los atributos institucionales que supo tener Mendoza, y que ha logrado poseer en gran parte hasta el presente, de los que hizo gala en su discurso de triunfador.
Los mendocinos también lo saben y es a lo que el nuevo gobernador debe prestarle atención. La bronca y el antisistema, lo exótico y lo imprevisible, Cornejo los tenía enfrente. Por eso mismo, con más razón, este presente que vive, pero por sobre todas las cosas el futuro inmediato que se le avecina, lo obligan a más.
