Un poco más de tres chicos de cada diez decidieron este lunes –día del reinicio de las clases en Mendoza tras la finalización de las vacaciones de invierno– no asistir y extender el receso hasta el miércoles, porque este martes (25 de julio) es feriado provincial, de inactividad total, por celebrarse el día del Santo Patrono Santiago, en homenaje a Santiago Apóstol, el protector del pueblo mendocino frente a los temblores.

O fueron los chicos o sus padres o tutores, o todos a la vez y al mismo tiempo, los que decidieron pegar un faltazo que, en cierta manera, era previsible, aunque, como ocurre siempre con todas las cosas, existían aquellos que imaginaron otro panorama, quizás con más conciencia de lo que significa como consecuencia a futuro el impacto de un día sin clases para los chicos o un día menos de clases en la sumatoria final del año.

El ausentismo del día, de acuerdo con los datos oficiales que proporcionó oficialmente la Dirección General de Escuelas (DGE) sufrió un incremento de 20 por ciento respecto del que se registra habitualmente al momento de reanudarse las clases tras un período de vacaciones como el de medio término, el invernal. Y fue calificado como “preocupante”, en la voz del director José Thomas.

Para algunos, el fenómeno pudo haber pasado desapercibido; para otros, bien podría tratarse de un asunto intrascendente y hasta están los que lo ubicarían en el plano de lo obvio, de lo común y esperable de cara a un nuevo feriado, como el del 25, inamovible y justo en medio de la semana. Las razones de cada familia o núcleo más íntimo sobre la justificación por las que el chico faltó podrían ser varias y descansarán en ese plano de decisiones; pero no viene mal analizar el hecho de manera un poco más general, con una mirada más alejada, como parte de un aspecto de conducta social que llama la atención por las expectativas a futuro y por el valor y la importancia que se le podría estar dando a un día de clases. Y no se trata de un aspecto simbólico, porque, en la suma de los días sin clases que van acumulando los chicos por las razones que fueran, se encuentran, a la larga, las explicaciones a ciertos fracasos que se hicieron visibles.

Luego de todo lo que la pandemia dejó a la vista, esos claros y manifiestos efectos negativos en el aspecto educativo de los chicos en el país y en todo el mundo –como en Mendoza, donde se pudo detectar con nombre y apellido cerca de 15.000 alumnos sin conectividad ni posibilidad de seguir el ritmo de clases virtuales–, expresados en retrocesos notables y tiempo que se perdió por la ausencia de clases presenciales que, difícilmente podrán ser recuperados, el hecho de que se disponga, sin que medie un paro gremial o una catástrofe o cualquier efecto meteorológico que impida las clases, que no se asista a la escuela, cuanto menos convoca a todos a una suerte de interpelación colectiva.

Y sin que suponga una dramatización que conlleve exageraciones, el día sin asistencia a la escuela no sólo supone un día menos de conocimiento, información clave y todo lo concierne al hecho educativo; sino también a una postura determinada, una suerte de dejar hacer o de ejemplo que con el tiempo pide su pago por ventanilla. Y cuando el faltazo es importante, como el de este lunes, y quizás reiterativo, la factura a pagar en términos sociales y colectivos conduce a la ruina generalizada.

El país sufre una decadencia sostenida a lo largo del tiempo y está claro que tiene que ver, en parte, con la debacle formativa de las generaciones que en su momento lo han conducido. Porque, si no es por una notable falencia en la capacitación y formación de nuestros dirigentes –empezando por ahí, de entre 50 y 60 años, a los que les ha tocado en gracia conducir el país y la provincia– no se explica el declive, la ausencia de temple y de ideas de las que se adolece para poder hallar un camino que conduzca a escenarios más auspiciosos. La decadencia es general y de nada sirve, o sirve de poco, identificar el día, el momento, el año o la época en la que los argentinos comenzamos a jodernos formativa y culturalmente. Un día sin clases para más de 30 por ciento de los chicos mendocinos porque sus padres o quienes fuesen decidieron que no se justifica volver al aula luego de dos semanas de vacaciones y cuando se está frente a un feriado, tiene que ver en parte, ínfima se dirá, con el fracaso colectivo.

Cuando promediaba la pandemia y el encierro eterno en el país, el grupo conocido como “padres organizados” a nivel nacional, preocupados por el impacto de las escuelas cerradas, sacó a relucir un viejo estudio de dos investigadores norteamericanos que habían hecho un seguimiento de los días sin clases en Argentina, y sus consecuencias, durante un período de más de 40 años, entre 1971 y 2014, para la Universidad de La Plata. Y siempre viene bien tener presente el resultado que los especialistas, David Jaume y Alexander Willén, en ese momento, trabajando desde la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, hallaron.

Descubrieron, por caso, que los paros durante esos años les habían arrebatado a los chicos de la escuela primaria, a lo largo del ciclo, 88 días de clases, a razón de 11 días por año. Y que con el paso del tiempo, las consecuencias aparecerían: esos chicos, a los 30 años, en pleno auge de su vida laboral perdieron 2,99 por ciento de ingresos y otro 2,22 por ciento hacia los 40 años y que, por grupo etario, el quebranto medido en dólares, por ingresos, fue de 712 millones. Los días sin clases o con formación deficiente, escasa, insuficiente y de baja calidad, desembocaron en una declinación del salario por hora; en un aumento del desempleo; en menos posibilidades de encontrar trabajo y en menos habilidades para las ocupaciones elegidas, un combo que se resume en empleos menos calificados y menos remunerados. Y más todavía: las mujeres, dice el informe de los expertos norteamericanos, marcaron una tendencia hacia el alumbramiento de más hijos, un menor nivel de ocupación como en el caso de los varones e ingreso laborales más bajos.

Un día sin clases no es gratis.