Ni los aires festivos de las fiestas de fin de año, ni siquiera el entretenidísimo asunto de alto impacto y atracción social sobre el mentado cuento del fin del mundo que vaticinó para hoy el calendario maya, logran desviar la atención del inconsciente colectivo, basado en cierto grado de desesperanza frente a lo que viene en clave política para el año entrante.

Hay motivos para cierto desasosiego: la marcada incongruencia de un gobierno que asumió como guerra santa su enfrentamiento contra todos a causa de la no aplicación de una ley que regula el funcionamiento de los medios, se complementa con los desvaríos opositores, cada vez más alejados de los temas centrales, por incapacidad propia.

En Mendoza, el gobierno de Francisco Pérez ha optado por descansar en lo que, cree, fueron triunfos contundentes que le darían para el 2013 el envión necesario, suficiente y, por ende, tan alentador de encarar el tiempo de las elecciones sin mayores riesgos. Sin embargo, la provincia, como pudo resultar en alguna época, no pudo abstraerse de la inevitable influencia negativa a la que ha sido sometida por todo lo que se ha hecho y deshecho desde la Nación.

Pérez, un gerente exitoso –se podría llegar a concluir– tuvo el mérito de conducir a puerto los mojones que marcaron su primer año y que son vistos por el mandatario como los triunfos de una administración pensada para industrializar la provincia y transformarla no sólo desde lo económico, sino también desde el propio sistema de su ordenamiento institucional y político y que no logró hacer prender por medio de la reforma constitucional.

La caída de la Promoción Industrial y las dos o tres inauguraciones de obras de cierto fuste, a las que les puso el moño tras años de desarrollo, no alcanzan para cambiar el ánimo colectivo dominado por los asuntos de sentido común y que han provocado un cierto grado de incertidumbre porque no permiten planificar ni proyectarse.

La inflación, la inseguridad y el latente temor sobre el futuro laboral encabezan, por lejos, el lote de los asuntos trascendentes para la corpo social, si se quiere y para estar a tono de tanta corpo dando vuelta, como la mediática, la corpo judicial, la sindical o la corpo de los caranchos y buitres.

La Provincia no ha podido elaborar, desde el Gobierno, claro está, su propio plan de acción para su desarrollo regional. Las leyes de Avalúo, Impositiva y de Presupuest o env iada s al Legislativo por Pérez son la muestra más acabada de este callejón sin salida al que la condujo la política de ajuste nacional. Un ajuste que recayó en las administraciones nacionales por la decisión única, inmodificable y unilateral de un gobierno central que dejó para su uso exclusivo las herramientas de financiamiento interno, las únicas a las que pudieron apelar la Nación y las provincias, por otra parte, ante el cierre de los salvatajes externos.

Pérez y su elenco no han tenido otra opción que virar hacia los bolsillos de los mendocinos para sostener las políticas de Estado básicas para el próximo año y poco hicieron para eficientizar el sistema de recaudación impositiva, carente de control efectivo por sobre los grandes y poderosos de verdad. Recién ahora, sobre el cierre del año, el Gobierno contará con una llave que lo pueda conducir a mejorar el sistema de recaudación y tornarlo más justo, con el alumbramiento de la Agencia de Recaudación, un viejo anhelo de muchos para ganar en calidad y en cantidad en el combate contra la evasión. Pero se verá más adelante cómo hace funcionar tal mecanismo. Para el ahora debió recurrir a la presión fiscal que tanto fastidio y revuelo provocó en cuentapropistas y actividades económicas con alto impacto de movilidad económica.

Mendoza tiene actitudes que todavía la definen en algún punto racional y que la diferencian de que se está viendo desde la conducción política nacional. Todavía hay armonía entre el Ejecutivo y la Justicia, pese a que, días atrás, el gobernador haya deslizado una crítica sobre los jueces garantistas a quienes apuntó como responsables del estado de inseguridad. Pérez no siguió en esa línea y por eso no causó un enfrentamiento del que no podría salir, en caso de agravarse, con el Poder Judicial. Pero sí lo ha hecho la administración de Cristina, dejando ver, junto con las medidas de naturaleza fiscal y económicas que obliga a tomar en las provincias, un sorprendente giro hacia los discursos de las derechas, siendo que su origen ha estado en las antípodas de tales ideologías, incluso, combatiéndolas con ahínco y rabiosa persistencia.

Tales decisiones políticas sorprenden, y hasta organismos afines al Gobierno, como el famoso CELS, de Horacio Verbitsky, han observado. Resultan incoherentes esos ataques al Poder Judicial cuando sus decisiones no tienen la rapidez que espera el Ejecutivo, pero que se dan en la línea en la que va el mismo Gobierno, como es el caso de la Ley de Medios. En otro orden, en el puramente económico y fiscal, la administración avanza por senderos ya transitados en épocas demonizadas por la misma gestión nacional. La inflación incontenida, la persistente intención de no introducir cambios al regresivo impuesto al trabajo en que se transformó Ganancias para los asalariados, recuerda recetas que destruyeron y enfermaron a muchos en beneficio de pocos. Eso es lo que Moyano, un líder contradictorio y especulativo, pero con una gran capacidad para interpretar el ánimo social aunque no para conducirlo, ha usado para diferenciarse, remarcando lo que ya denomina “un ajuste encubierto del Fondo Monetario Internacional”. Un país del revés.

Ni Mendoza ni mucho menos Pérez y su gobierno pueden tomar distancia de ese clima hostil instalado en medio de las festividades del fin de año. Por eso, su responsabilidad y misión pasa más por revincularse con las preocupaciones mundanas, si quiere llamarlas así, que por las otras que comienzan a aparecer en la interna de su partido y que ya han deteriorado al principal partido opositor. La gestión de Pérez no debe perder la razón de su objetivo mayor: cuanto más cerca esté de las preocupaciones de la gente, más fácil le será hacerse entender y comprender. Pero si entra en la espiral de incongruencias que domina la escena nacional, que lo encandila, hay que decirlo, el paso de bendito a maldito le llegará sin que se dé cuenta.