Primero en Davos, en enero pasado, y ahora ante la Asamblea de las Naciones Unidas (ONU), la Argentina le ha revelado al mundo que las crisis económicas sistemáticamente dañinas y degradantes extendidas a lo largo del tiempo, además de ser capaces de provocar estallidos y cracs institucionales, sociales y culturales en una democracia como ocurrió a fines del 2001, también pueden alumbrar un presidente como Javier Milei, tan indescifrable como imprevisible; histriónico y sorprendentemente provocador y crítico de un mundo al que el país que conduce necesita como nadie para tomar vuelo y escaparle definitivamente a la debacle y a la eterna mediocridad.
¿Cuánto durará el encanto de tamaña aventura colectiva dominada por un clima de incertidumbre, de un peligro permanente y de ese miedo a la explosión final que para muchos significa Milei, es una incógnita? Ayer, durante su discurso en la ONU, dijo las verdades que no pocos desconocen y que tapan la corrección política al extremo; o eso que se conoce como la cultura woke, montada sobre el cuestionamiento y la condena de las posiciones y actitudes que discriminan a las minorías en todo sentido, o que castigan a los países más vulnerables que sobreviven en la marginalidad, terminan valiéndose de tal lucha y noble empresa, sacando provecho y beneficiándose de ella sin soluciones y menos resoluciones favorables. La Agenda 2030 está contaminada por el socialismo, dijo Milei y acusó al organismo –del que Milei y algunos otros creen que opera para China y sus socios, para oriente más que para occidente–, de haberse convertido en un “leviatán (un monstruo bíblico) con múltiples tentáculos que le dice al mundo lo que tiene que hacer”, además de acusarlo de haber mutado al escenario de los típicos burócratas socialistas que han alumbrado eso de “la cumbre del futuro” que, para el presidente, no es más que un rumbo trágico para el planeta.
A nivel internacional al presidente argentino se lo sigue como ese bicho raro, colorido, folclórico, que va contra el mundo recostado sobre una nueva cultura nacida desde la Argentina. Ese “pacto del futuro de la ONU” al que Milei se opone, hay que decir, ha conseguido el apoyo de la enorme mayoría de países que lo avalan y Argentina ha terminado oponiéndose a los EEUU y a todos los países europeos, quedando en la misma línea de otros tan polémicos, incluso por Milei, como Afganistán, Brunei, Burkina Faso, Haití y Venezuela. No ha votado junto a Rusia, Irán y Nicaragua, pero ha estado cerca. Se trata de una postura extraña, quizás un exceso de rosca en eso de la crítica a una organización, como la ONU, de la que es cierto que se ha trasformado en un ente que no tiene capacidad de reacción, ni mucho menos de resolución de un conflicto de tal magnitud como el que provocó Rusia casi dos años atrás cuando invadió salvajemente a Ucrania. Quizás el presidente argentino le hablaba mucho más a su amigo Donald Trump, el ex jefe de Estado norteamericano que pugna por volver a gobernar y bastante de acuerdo con la posición del argentino. Se sabrá más adelante.
Ese es el Milei que el mundo comenzó a conocer en Davos en enero pasado y que ayer ha dado algo de alimento a las columnas sobre geopolítica internacional, particularmente por lo que fue Argentina en algún momento de historia y lo que potencialmente estaría capacitada para brindar en condiciones de estabilidad y favorables para su crecimiento. Hacia adentro del país, es el Milei que le ha dado una lucha cerrada a la inflación, el mismo que ofrece señales de poder sofocarla a costa de una más aguda recesión y que ha encarado una profunda transformación y desregulación del Estado como nunca se vio. Ahora bien, es también ese Milei que desde Nueva York le pudo haber dado el aval a ese puñado de diputados que le responden a buscar un acuerdo con la CGT y el kirchnerismo para bloquear, por segunda vez, un mecanismo de democratización y transparencia sindical que, cuando irrumpió en el viejo proyecto de la Ley Bases, prometía convertirse en una reforma de envergadura, pero que se diluye sin mayores explicaciones.
Ese mismo Milei que permite en su proyecto de presupuesto para el 2025 la continuidad sin cambios, ni modificaciones, de los famosos gastos tributarios que benefician a un grupo de empresas, sectores, organizaciones y a un reducido grupo de privilegiados manteniendo beneficios fiscales y económicos, pero que bloquea una mísera actualización de sus haberes a jubilados y pensionados; el mismo que paraliza la obra pública estratégica, como la infraestructura vial del corredor bioceánico, pero que a la vez invita a los privados a ser libres y a competir con el mundo, sin trabas y proveyéndose de los medios, como las rutas por ejemplo, como puedan y quieran.
El mismo Milei que cuando regrese de Nueva York probablemente lo primero que haga sea el veto al nuevo financiamiento educativo universitario bajo el argumento del equilibrio fiscal inquebrantable sin buscar alternativas, posiciones intermedias.
El mismo Milei que dice enfrentar a los gremios K que colonizaron Aerolíneas Argentinas, sin tomar nota –o quizás sí, lo que sería sorprendente más llamativo–, que es posible que consiga la destrucción total de una empresa que podría ser recuperada por medio de una buena gestión y utilizada como medio de promoción nacional en el exterior.
Un Milei que sigue sorprendiendo, desde ya. Y del que se espera en algún momento, un dejo de sentido común y mucho menos de histrionismo y de show. Un poco de mesura y no la imposición de una política pendular que lo único que ha logrado es la buena salud de ese pantano que ha inmovilizado y asfixiado a tantas generaciones de argentinos.
Milei, la política del péndulo y el nulo sentido común
Por Marcelo Torrez
Primero en Davos, en enero pasado, y ahora ante la Asamblea de las Naciones Unidas (ONU), la Argentina le ha revelado al mundo que las crisis económicas sistemáticamente dañinas y degradantes extendidas a lo largo del tiempo, además de ser capaces de provocar estallidos y cracs institucionales, sociales y culturales en una democracia como ocurrió a fines del 2001, también pueden alumbrar un presidente como Javier Milei, tan indescifrable como imprevisible; histriónico y sorprendentemente provocador y crítico de un mundo al que el país que conduce necesita como nadie para tomar vuelo y escaparle definitivamente a la debacle y a la eterna mediocridad.
¿Cuánto durará el encanto de tamaña aventura colectiva dominada por un clima de incertidumbre, de un peligro permanente y de ese miedo a la explosión final que para muchos significa Milei, es una incógnita? Ayer, durante su discurso en la ONU, dijo las verdades que no pocos desconocen y que tapan la corrección política al extremo; o eso que se conoce como la cultura woke, montada sobre el cuestionamiento y la condena de las posiciones y actitudes que discriminan a las minorías en todo sentido, o que castigan a los países más vulnerables que sobreviven en la marginalidad, terminan valiéndose de tal lucha y noble empresa, sacando provecho y beneficiándose de ella sin soluciones y menos resoluciones favorables. La Agenda 2030 está contaminada por el socialismo, dijo Milei y acusó al organismo –del que Milei y algunos otros creen que opera para China y sus socios, para oriente más que para occidente–, de haberse convertido en un “leviatán (un monstruo bíblico) con múltiples tentáculos que le dice al mundo lo que tiene que hacer”, además de acusarlo de haber mutado al escenario de los típicos burócratas socialistas que han alumbrado eso de “la cumbre del futuro” que, para el presidente, no es más que un rumbo trágico para el planeta.
A nivel internacional al presidente argentino se lo sigue como ese bicho raro, colorido, folclórico, que va contra el mundo recostado sobre una nueva cultura nacida desde la Argentina. Ese “pacto del futuro de la ONU” al que Milei se opone, hay que decir, ha conseguido el apoyo de la enorme mayoría de países que lo avalan y Argentina ha terminado oponiéndose a los EEUU y a todos los países europeos, quedando en la misma línea de otros tan polémicos, incluso por Milei, como Afganistán, Brunei, Burkina Faso, Haití y Venezuela. No ha votado junto a Rusia, Irán y Nicaragua, pero ha estado cerca. Se trata de una postura extraña, quizás un exceso de rosca en eso de la crítica a una organización, como la ONU, de la que es cierto que se ha trasformado en un ente que no tiene capacidad de reacción, ni mucho menos de resolución de un conflicto de tal magnitud como el que provocó Rusia casi dos años atrás cuando invadió salvajemente a Ucrania. Quizás el presidente argentino le hablaba mucho más a su amigo Donald Trump, el ex jefe de Estado norteamericano que pugna por volver a gobernar y bastante de acuerdo con la posición del argentino. Se sabrá más adelante.
Ese es el Milei que el mundo comenzó a conocer en Davos en enero pasado y que ayer ha dado algo de alimento a las columnas sobre geopolítica internacional, particularmente por lo que fue Argentina en algún momento de historia y lo que potencialmente estaría capacitada para brindar en condiciones de estabilidad y favorables para su crecimiento. Hacia adentro del país, es el Milei que le ha dado una lucha cerrada a la inflación, el mismo que ofrece señales de poder sofocarla a costa de una más aguda recesión y que ha encarado una profunda transformación y desregulación del Estado como nunca se vio. Ahora bien, es también ese Milei que desde Nueva York le pudo haber dado el aval a ese puñado de diputados que le responden a buscar un acuerdo con la CGT y el kirchnerismo para bloquear, por segunda vez, un mecanismo de democratización y transparencia sindical que, cuando irrumpió en el viejo proyecto de la Ley Bases, prometía convertirse en una reforma de envergadura, pero que se diluye sin mayores explicaciones.
Ese mismo Milei que permite en su proyecto de presupuesto para el 2025 la continuidad sin cambios, ni modificaciones, de los famosos gastos tributarios que benefician a un grupo de empresas, sectores, organizaciones y a un reducido grupo de privilegiados manteniendo beneficios fiscales y económicos, pero que bloquea una mísera actualización de sus haberes a jubilados y pensionados; el mismo que paraliza la obra pública estratégica, como la infraestructura vial del corredor bioceánico, pero que a la vez invita a los privados a ser libres y a competir con el mundo, sin trabas y proveyéndose de los medios, como las rutas por ejemplo, como puedan y quieran.
El mismo Milei que cuando regrese de Nueva York probablemente lo primero que haga sea el veto al nuevo financiamiento educativo universitario bajo el argumento del equilibrio fiscal inquebrantable sin buscar alternativas, posiciones intermedias.
El mismo Milei que dice enfrentar a los gremios K que colonizaron Aerolíneas Argentinas, sin tomar nota –o quizás sí, lo que sería sorprendente más llamativo–, que es posible que consiga la destrucción total de una empresa que podría ser recuperada por medio de una buena gestión y utilizada como medio de promoción nacional en el exterior.
Un Milei que sigue sorprendiendo, desde ya. Y del que se espera en algún momento, un dejo de sentido común y mucho menos de histrionismo y de show. Un poco de mesura y no la imposición de una política pendular que lo único que ha logrado es la buena salud de ese pantano que ha inmovilizado y asfixiado a tantas generaciones de argentinos.
