Como hacía años no se escuchaba, la Navidad 2024 en Mendoza fue un festival del estruendo, el ruido ensordecedor, el estampido metálico del petardo contra el portón.

Con el brindis de medianoche, el Gran Mendoza se convirtió en esos largos primeros minutos del 25 de diciembre en una zona liberada para las explosiones. En algunos departamentos, las quejas fueron porque las detonaciones siguieron al menos hasta las 3, lo que marca la pauta además de que hubo mucho poder de fuego disponible en los días recientes, en un mercado que es ilegal.


En 2020, todos los municipios de la provincia aprobaron en sus respectivos departamentos una ordenanza que daba un paso adelante, cuando se prohibió la comercialización de elementos pirotécnicos.

Esto permitió que se redujeran considerablemente la cantidad de heridos por quemaduras, sobre todo, niños, y que las fiestas no se transformen en una urgencia para llegar corriendo con el corazón en la boca a la guardia del Notti.

El espectáculo como oyente que nadie pidió fue ensordecedor y hasta exasperante. Definitivamente, lo que para algunos es alegría, para otros es más que una molestia.

Es harto sabido que este tipo de productos afecta a muchos. Empezando por las mascotas, pero también por personas que se encuentran en el espectro autista. Hay mucho que se ha escrito sobre esto, pero el polvorín de anoche tapó cualquier gesto voluntarioso para evitar que sufran.

El objetivo de “Pirotecnia 0” ha quedado lejos. Prohibida su comercialización, la pregunta es dónde se consigue y si los entes de control están al tanto. Es evidente que los controles se han relajado. Tanto los municipales como los de Provincia. De hecho, fue apenas una mención que se deslizó en los comunicados oficiales respecto a la prohibición vigente.

Somos hijos del rigor, lamentablemente.