Si hay algo que dejó en claro la irrupción semanal de Cristina Fernández para el acto del Día de la Memoria es que tanto Mauricio Macri como el ministro de Economía, Martín Guzmán, se han convertido en los ejes de su proyecto político y personal, claves para su presente e indispensables para su futuro.

La vicepresidenta visitó Las Flores acompañada de su hijo Máximo y del gobernador Axel Kicillof, los otros hombres en quienes se apoya y que forman parte de su construcción de poder. A los otros los necesita como instrumentos.

Podría haber dedicado su mensaje del 24 de marzo a las víctimas de la última dictadura militar, pero Cristina Fernández eligió ese acto para hablar de la deuda. Aunque, es cierto, edulcoró el mensaje con una acusación pensada para darle cierta centralidad a su principal adversario, a quien vinculó con los sectores que instigaron el golpe del ‘76. “Son los que llegaron al poder con los votos en 2015”, dijo.

La vicepresidenta empuja a Macri al escenario con la ilusión de reflotar aquella estrategia que ideó en 2007 junto a Néstor Kirchner cuando impulsaron la deslucida candidatura de Daniel Filmus para competir por la Jefatura de Gobierno porteña con la finalidad de darle al presidente de Boca una victoria territorial. Se inventaron un vecino de la Casa Rosada, al otro lado de la Plaza de Mayo. Un enemigo con quien rivalizar.

Aunque ahora responsabilice al lawfare por la derrota, fue la caída de Daniel Scioli en 2015 y la victoria de su Golem la que facilitó su regreso al poder en 2019. Está claro: una buena gestión del motonauta le hubiera valido al ahora embajador la reelección; una mala administración hubiese hecho implosionar al PJ y abierto paso a un gobierno opositor.

Macri le ordena el escenario electoral a Cristina. Con él lleva el juego hacia los extremos y desorienta a los que corren por el medio, ese terreno donde Sergio Massa se confunde con Horacio Rodríguez Larreta. El territorio que pretendió conquistar Alberto Fernández con su “gobierno de unidad”.

Para la vicepresidenta la unidad es tan solo un gobierno de transición. Un puente entre el ostracismo de la era macrista y la ilusión de regresar a la Casa Rosada de la mano de la estructura que teje su hijo en Buenos Aires detrás de la figura de Kicillof.

Cristina delegó en el jefe de Estado la administración de la pandemia. A eso lo redujo. Incluso le negó cualquier mérito en las gestiones para conseguir vacunas contra el coronavirus, el bien más codiciado y demandando del planeta. “Quién diría que las únicas vacunas con que contamos son rusas y chinas”, dijo en Las Flores antes de sugerir que la compra de las Sputnik V y de las dosis provenientes del laboratorio Sinopharm eran fruto de la estrategia geopolítica que inició durante los 2000 junto a Kirchner. La vicepresidenta no abandona las viejas mañas kirchneristas: insiste con relatar que la historia empieza y termina con ella.

Con la tranquilidad de quien ya fue vacunado, la vicepresidenta está más preocupada por la economía que por la pandemia. En definitiva, si la segunda ola golpea, no será ella quien salga lastimada, como no se vio afectada en la primera fase de la pandemia. No era su trabajo. Tampoco lo es ahora.

Sí en cambio opera para condicionar las decisiones económicas de Martín Guzmán. La vicepresidenta está decidida, por caso, a poner un techo a las negociaciones del ministro con las distribuidoras de servicios que operan en el AMBA. Mientras la Secretaría de Energía trabaja en un rango que llega hasta 15 por ciento de aumento, Kicillof se anticipó con una suba que recorta esa expectativa a la mitad.

Cristina Fernández da por descontado que en el primer semestre habrá vacunas suficientes como para cubrir a toda la población de riesgo. Tampoco puede hacer mucho para que eso suceda. No tiene la máquina de hacer vacunas, como tampoco la de hacer dólares. Pero sí posee el poder de persuasión para que Guzmán coloque todos los torniquetes que sean necesarios para que la inflación no se dispare. Si no son precios cuidados, serán mimados o vacunados y con tarifas acariciadas y perfumadas. De las dos variables que definirán el año electoral, los precios y la inmunización, Cristina quiere asegurarse el control de aquella que tiene chances de domar.

¿Más fácil los precios que las vacunas en la Argentina? Sí. Sino, basta con preguntarle a la poderosa Angela Merkel, que lidera una nación de 82 millones de habitantes, por qué recibió tan solo 13 millones de dosis de las más de 310 millones que compró.

De Guzmán, Cristina no sólo necesita que se ocupe del presente, como complemento de Macri para componer la estrategia electoral. El otro tramo del discurso de Las Flores mostró la preocupación a futuro que tiene la vicepresidenta y que también involucra al ministro de Economía.

Cristina le está pidiendo a Guzmán que traiga de un día para el otro vacunas para todos del FMI. Su rechazo a la negociación del Plan de Facilidades Extendidas a diez años, resumido en la frase “no tenemos la plata para pagar”, no se trata de una impostura de corte electoral. Cristina necesita un acuerdo mejor, aunque no esté contemplado en el estatuto del Fondo. El plan probable que negocia Guzmán ahogará con vencimientos de deuda al gobierno que se inicia el 10 de diciembre de 2023: su gobierno.

La segunda presidencia de Cristina Fernández estuvo atravesada por el cepo y por las renegociaciones de deuda de Kicillof y la persecución de los fondos buitre hasta por las lejanas costas de Ghana. Ella quiere un futuro diferente para Axel y eso depende de la capacidad de Guzman. Cuando Cristina embarra el clima de la negociación con el Fondo no le está marcando la cancha al Presidente, sino facilitando la vida que le imagina para el porvenir a su gobernador.

El rol futuro que cumple Macri en el armado de la vicepresidenta es más complejo y está ligado a su experiencia penal. Así como hizo del ingeniero el adversario electoral, el socio para cavar la grieta, necesita que su sucesor sea un espejo judicial. Lo resumió esta semana el propio Macri en una frase: “Cristina me quiere ver preso”.

La meta va más allá de la celda. Su primer objetivo es conseguir la inhibición general de bienes del ex presidente. Que atraviese las mismas penurias económicas que ella, que se ve obligada a pedirle autorización a un juez para pagar la tarjeta de crédito. Lo mismo le pasa a Máximo y a Florencia. La denuncia sobre la deuda contraída con el FMI apunta en esa dirección. Lo piensa el kirchnerismo en voz alta: el ex presidente del PJ, el sanjuanino José Luis Gioja, presentó un proyecto para que Macri responda con su patrimonio por el préstamo. Macri suele repetir en privado que sabe que “Cristina también va por sus hijos”. También dice que ese es su límite.

Cristina Fernández sumó a Mauricio Macri a su estrategia de defensa penal. Si no es en los Tribunales, quiere provocar que sea la política la que la libere de culpas y cargos. En la oposición empiezan a pensar que ese puede ser un camino que pueda sacar a la Argentina del profundo pozo de la grieta. Lo piensan cerca de Macri y también entre sus aliados.

Pensando en las trabas que tiene una eventual reforma judicial, suele decir la diputada Graciela Camaño, que la frenan las causas que tienen la vicepresidenta y su sucesor en la primera magistratura. Y es evidente que no sólo obstaculizan los intentos por mejorar el servicio de justicia.

Un aliado de Macri lo resume en estas palabras: “Esto se termina con una condena o absolución y la jubilación de ambos. Lo peor que nos puede pasar es un pacto de impunidad porque nunca sanaríamos como sociedad”.

La batalla permanente alarga la enfermedad que, a esta altura, ya es parte de la estrategia.

El plan de Cristina Fernández no sólo condiciona la gestión de Guzmán y el proyecto político de Macri. Necesita de ellos para construir el futuro que anhela. La marcha de la economía y el clima político están atados a esa necesidad. Una necesidad individual que puede convertirse en un problema colectivo.